A Emilio Cervera (València, 73 años) se le llena la boca de orgullo cuando habla de Enrique, el voluntario que le acompaña una mañana a la semana desde hace tres años para paliar su soledad. «Me ha cambiado la vida», asegura entre carraspeo y carraspeo detrás de su mascarilla. Al otro lado de la mesa, la emoción de Enrique Climente (Rafelbunyol, 53 años) no es menor. «Acompañar a Emilio me carga las pilas. Cada sonrisa que le saco es un premio extra que me llevo a casa», explica este altruista al que una prejubilación anticipada por una operación en la espalda le trasladó, con solo 48 años, a otra órbita vital.

Enrique es voluntario por vocación y, como cada miércoles de cada semana, alegra el corazón de Emilio. Ambos han conectado a la perfección pese al salto generacional que les separa. Desde hace tres años, con un paréntesis de comunicación exclusivamente telefónica entre marzo de 2020 y junio de 2021 por la pandemia, son fieles a una cita que cada uno vive con su propia emoción. Enrique es voluntario de Amics de la Gent Major, una fundación valenciana que acompaña gratuitamente a personas mayores, especialmente a aquellas con pobres recursos económicos. No es la única.

Hay un abanico de asociaciones en la Comunitat Valenciana con este fin. «Hay un vacío gigante con las personas mayores que las asociaciones cubrimos en parte. Mucha gente mayor está sola y te transmite que ya no sirve para nada. Es terrible. El impacto que tienen las visitas de voluntarios y voluntarias cada semana es la ilusión de su semana. Se crea tal complicidad que te llaman para ver cómo estás tú, si te ha dado tiempo a coger el metro o si tu familia está bien», explica Sara Martínez, coordinadora de la Fundación Dasyc.

La soledad de las personas mayores va camino de convertirse en una emergencia nacional. Casi uno de cada cuatro mayores de 65 años vive sin ninguna compañía en la Comunitat Valenciana. En total son más de 215.000 ancianos solos. En la ciudad de València, según el padrón municipal de enero 2021, 45.343 personas de más de 65 años viven solas, de las que un 76 % son mujeres.

Para Emilio, la compañía de Enrique significa un soplo de vida. De conexión con el exterior. De la conciencia colectiva perdida que ni la televisión puede paliar. «Hablamos de todo: de su huerta de Meliana, de sus padres, de la cosas de la vida, de todo», afirma este exempresario de máquinas tragaperras que ha vivido como un vagón de una montaña rusa. «Llegué a ganar un millón de pesetas al mes, y ahora tengo una pensión mínima de 600 y pico euros. ¿Y qué? Lo importante es vivir», añade en su piso de Torrefiel, a donde se mudó hace 11 años acosado por la crisis económica de 2008. Cuesta cuadrar las cuentas de Emilio para llegar a fin de mes. Dos préstamos que en su día pidió para la cama y otros muebles de la casa lastran su raquítica paga.

Un regalo maravilloso

En el estante del mueble castellano que ocupa parte del salón hay fotos de sus padres, de su hermano, y de su hija, con la que perdió el contacto. Su vida no ha sido, precisamente, un modelo de estabilidad. «Me divorcié tres veces y ahora estoy solo. Pero es la vida. Me tocó vivir una cosa y ahora otra, y tengo que seguir viviendo, que esto son 4 días», explica resignado, pero con la cabeza alta.

A Emilio le contactó Amics de la Gent Major en 2019, durante su largo ingreso hospitalario por dos operaciones, una de la zona abdominal -se apunta hacia la zona del hígado, pero no sabe precisar por donde entró el bisturí- y otra «de las arterias del corazón».

«Emilio es un tipo que se adapta a todo. Es un ejemplo de resiliencia, diría yo. Y es un bonachón, que te lo da todo», apostilla Enrique, un tipo lleno de vida.

«Cuando estás con una persona a la que puedes ayudar es el regalo más maravilloso que puedes tener. Al principio, nuestras conversaciones eran muy volátiles, pero una vez fuimos conociéndonos y cogiendo confianza, se va creando una relación de complicidad muy estrecha. Es importante tener claro que no estás para intentar cambiar a nadie, sino para escucharle y atenderle. Resulta que la solución la tiene él muchas veces y llegas a ella hablándolo. Yo le digo que los problemas no son problemas, sino situaciones a resolver», explica Enrique desde la humildad de su vocación altruista.

«Él se cree que yo le doy mucho, pero a mí él me da mucho también. Me voy a casa con las pilas cargadas. Hombre, yo no puedo arreglarle la vida, eso es imposible, yo no soy Dios, ni tú ni nadie. Pero darle conservación, arrancarle una sonrisa, que salga a ‘hacerse’ un tallaet, es muy bonito. Yo no tengo hijos y me gustaría que algún día a mí también me cuidasen. La gente mayor nos lo ha dado todo, no podemos mirar hacia otro lado», amplía el voluntario de Amics de la Gent Major.

Suena el timbre. Es Julia, de servicios sociales del ayuntamiento. El informe médico de Emilio, como el de una gran parte de personas mayores que viven solas, pone en marcha los mecanismos oficiales para que reciben asistencia domiciliaria una hora todos los días. «Les limpiamos la casa, les ayudamos con la higiene, la compra, la medicación...», explica Julia, un servicio esencial, como lo es el del voluntario, la parte humana que ayuda a paliar la soledad existencial.