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"¿Quién va a querer matarme?"

La Generalitat conmemora al catedrático con un encuentro en el Palau sobre su figura

Ximo Puig y Pablo Broseta, a ambos lados de la periodista Ana Matamales, ayer. | EFE/ANA ESCOBAR

Era la Nochebuena de 1991, en una de esas tantas cenas familiares que trae tan señalada fecha. Los Broseta celebraban las fiestas navideñas en casa de Manuel, conocido profesor universitario, catedrático de Derecho Mercantil, miembro entonces del Consejo de Estado, con antiguas responsabilidades políticas durante la Transición, desde senador hasta secretario de Estado de las Comunidades Autónomas en el gobierno de la UCD, y posible aspirante al cartel electoral de la derecha valenciana, entonces en la oposición.

El cuerpo sin vida de Manuel Broseta yace en el lugar donde fue abatido el 15 de enero de 1992. | LEVANTE-EMV

En un momento de la velada, la hermana de Manuel Broseta, Julia, le pregunta preocupada a su hermano por qué no lleva escolta. ETA había matado ese año a 46 personas, las dos últimas, dos agentes de la Policía Nacional 11 días atrás. «¿A mí quién va a querer venir a matarme?», respondió el docente universitario, quien añadió que si de verdad alguien quería, «que vengan y me maten, porque con lo que yo nunca podría vivir es salir con vida del atentado y que hayan matado a dos funcionarios públicos que tenían que protegerme».

«¿Quién va a querer matarme?»

La conversación la relató ayer Pablo Broseta durante un encuentro Diàlegs al Palau con el president de la Generalitat, Ximo Puig, en un acto que sirvió para rendir homenaje a la figura del político y profesor cuando se cumplen treinta años de sus asesinato a manos de dos terroristas etarras. Esa historia refleja, en palabras del hoy máximo responsable de la Asociación de Amigos de la Fundación Profesor Manuel Broseta, su hijo, «su forma de ser» porque aunque desconoce si su padre sabía que era objetivo de la banda, «tenía muy claro que si le tenían que ir a matar lo iban a matar igualmente».

Aquel 15 de enero de 1992 del que hoy se cumplen 30 años, a Ximo Puig le pilló a pocos metros del Salón de Corts desde el que ayer intervenía. «Me acuerdo perfectamente de ese día, estaba aquí, en un despacho de Palau y fue un impacto terrible cuando me lo comunicó el presidente Lerma», desgranó ayer el que fuera por aquel entonces su jefe de gabinete. «Eran tiempos en los que un día sí, un día no, el telediario se abría con un atentado, desgraciadamente vivíamos una situación en la que se rompía todo con el mayor de los sinsentidos», añadió Puig.

A Manuel Broseta le arrebataron aquel día la vida de un disparo en la nuca. «Nos lo han asesinado a todos los valencianos», decía el editorial de Levante-EMV en su edición del 16 de enero. Treinta años después, su hijo recuerda de su padre que una de sus características «y principales virtudes es que era un profundo escuchador». «Uno no puede concebir llegar a acuerdos si no escuchas», desgranó el presidente de la Asociación de Amigos de la fundación que lleva el nombre del catedrático.

Su figura como padre, dice, «era indisoluble de la del personaje público». Le veían poco, admite, «con poca oportunidad de disfrutarlo en cantidad temporal, pero sí en calidad». Uno de los huecos habituales era quedar a comer los miércoles. Una hora en la que media se guardaba un escrupuloso silencio porque era el momento en el que el informativo televisivo ganaba el protagonismo. «Ahí era cuando veíamos el horror del terrorismo con toda su crueldad», explica Pablo Broseta.

Ante una de aquellas imágenes terribles de un atentado, ante un coche acribillado a balas o desintegrado por una explosión, a alguien en la mesa se le escapó que qué fácil sería acabar con el terrorismo, que habría que hacer lo mismo que hacían ellos: ir y matarlos. «Si hiciésemos eso seríamos como ellos y nosotros no queremos ser así», contestó Manuel Broseta quien añadió que, de todas formas, ese planteamiento era un error: «Nunca acabaríamos con ellos».

Trabajar en la memoria

Treinta años después, más de diez después del fin de la actividad armada de ETA, un anuncio que en la familia Broseta se recibió «con una razonable satisfacción y un lógico escepticismo», su verdadera derrota, coincidieron tanto Puig como Broseta, pasa por la memoria y la conciencia colectiva. «Trabajar con los jóvenes es la única posibilidad de minimizar los daños de la violencia que es el resultado de los extremismos», detalló Pablo Broseta, quien recordó que desde la fundación está acudiendo a institutos a dar charlas sobre el tema.

Por su parte, Puig incidió que la huella del terrorismo de ETA «está presente y debe estarlo en la conciencia colectiva, porque de lo contrario, estaríamos traicionando la memoria de quienes han sido asesinados y nuestra propia dignidad». Por ello, habló de la necesidad de «articular el relato histórico de lo que pasó» durante los años en los que ETA estuvo activa para que no pueda ser nunca olvidado por las futuras generaciones.

«Ha actuado coherentemente, con una dosis inusual de moderación, sentido común, inteligencia y sobre todo, voluntad de construir una visión de los problemas centrada, de concordia, dialogante». El legado de Manuel Broseta que describía el editorial de Levante-EMV el 16 de enero sigue vivo.

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