«Se aceptan mascotas, pero no niños». «Lamentablemente no se aceptan menores». «No hay ambiente de niños». «Solo se alquila para una mujer de mediana edad». Esas son solo algunas de las respuestas con las que se ha topado María Antonieta, una madre venezolana que busca hogar para ella y su hijo de dos años, sea piso compartido o propio. En las aplicaciones de búsqueda de piso no quieren niños. 

El acceso a la vivienda, los avales, y los requisitos leoninos para alquilar un piso son uno de los mayores obstáculos para las madres solteras (por elección o no), empezando por la discriminación que sufren muchas de ellas.

Superado ese obstáculo entra otro de los grandes problemas, el de la conciliación laboral complicadísima cuando se tiene un niño pequeño y una red familiar o de amigos mínima. 

Es el caso de Victoria, madre soltera víctima de violencia de género. Vive en un piso de una familiar con su niño de 3 años y sus únicos ingresos son las ayudas de 450 euros. Actualmente su maltratador tiene una orden de alejamiento. Su niño está en la escuela de 09 a 17 horas, lo que limita enormemente sus posibilidades de encontrar un empleo y conciliar, «estoy mirando la posibilidad de que entre a una escuela matinera para poder entrar a trabajar a las 8. Ya he tenido que rechazar varios trabajos porque no me cuadraban en el horario», cuenta. Sus posibilidades son escasas, pero afirma que una bastante deseable pasa por encontrar un teletrabajo, donde no influiría tanto el horario. 

"Ya he tenido que rechazar varios trabajos porque no me cuadraban con el horario", asegura Victoria

En las mismas está Manoli, que suspira cuando escucha hablar del tema de la vivienda. Ella tiene un hijo mucho más mayor, que ha tenido que renunciar a la pensión para mantenerse en su vivienda 18 meses más, en un acuerdo con su expareja. Pero por su condición de madre soltera, falta de ingresos y de avales, encontrar un piso es muy complicado para ella. «Me da muchísima ansiedad pensar que puedo llegar a ser un peso para mi hijo, que cuando empiece a trabajar quizá me tenga que cuidar también a mi», explica. 

Otros de los problemas de las familias monomarentales suelen ser con la administración. María Antonieta, por ejemplo, no puede empadronar a su hijo en ningún lado, una condición básica para poder empezar a pedir ayudas y ganar independencia económica. Su padre, que desapareció y bloqueó su número de teléfono, tiene que firmar su conformidad «¿Cómo la va a firmar si se fue y dejó abandonado al niño?» se lamenta. 

Tanto para las mujeres migrantes como para las autóctonas, una de las principales preocupaciones es que su situación de precariedad sirva para que los servicios sociales asuman la tutela de sus hijos. Victoria, con 450 euros de pensión y Manoli con un poco menos así lo sienten. "Es una ansiedad brutal que tienes todos los días, porque no es nada fácil sacar adelante a un niño tú sola", cuenta Victoria mientras asiente Manoli.

Victoria, una madre soltera Fernando Bustamante

Madre soltera por elección

Pero hay otros casos y otras maternidades. Como la de Inma, madre sin pareja (como le gusta llamarse a ella) por elección. A sus 40 años se separó y no quiso esperar a nadie. Es autónoma y vive en un piso junto a su niño, donde se beneficia de las ayudas al alquiler de la Generalitat. La conciliación es el principal reto, pero también lo es (al igual que el de muchas familias) qué hacer cuando su niño se contagia de covid. 

Por este motivo, aunque tiene a los abuelos para ayudar, Inma se ha planteado formar un club de crianza, donde más madres en su situación puedan ayudarse mutuamente y quedarse con las criaturas para facilitar la conciliación de todas ellas. Aunque todavía se encuentra en un estado inicial, dice que "hay muchas maneras de criar, y esta puede ser una más".

María Antonieta es una mujer migrante que vino sola de Venezuela. Es tan difícil para ella encontrar una vivienda que ahora mismo está en una casa de acogida junto a su chiquillo, y los trabajos que salen se mecen entre la precariedad y la difícil conciliación. "Suelo tener contratos de limpieza de poquitas horas y cuando es posible acomodar al niño", explica.

El alquiler de su último piso subió tanto que tuvo que irse del barrio donde el niño tiene la guardería. Ahora las administraciones tampoco le están facilitando la vida; «cuando llegamos nadie nos preguntó nuestra historia ni los planes que tenemos, y la niña tiene una guardería a muchísima distancia». Cada día tiene de 1:40 a dos horas de transporte ida y vuelta para dejarle. «Es imposible poder trabajar de nada así y sin red de apoyo», denuncia.