«La pornografía tiene una influencia muy negativa en la conducta de los jóvenes, altera su visión y valoración especialmente sobre las mujeres y las personas vulnerables y tiene un impacto en la habilidad empática hacia otras personas». Son palabras de Kieran McGrath, experto en delitos sexuales y precursor desde 2008 de uno de los pocos programas de tratamiento para agresores menores de edad en España, desarrollado en Baleares a través del «Programa Atura’t». El especialista, que reside ahora en València donde trabaja como consultor, se pronuncia tras la presunta violación de cinco menores a dos chicas de 12 y 13 años hace unos días en Burjassot tal y como adelantó Levante-EMV y la primera pregunta que formula este periódico tiene que ver en el por qué. «Hay varios factores que hacen que un chico joven cometa una agresión», dice McGrath.

A parte del machismo que impera en una sociedad del todo patriarcal, «que es uno de las claves pero no la única, porque muchos hombres adolescentes tienen actitudes machistas pero no agreden sexualmente» existen varios desencadenantes que el experto desgrana para este diario. «No sorprende que los jóvenes tengan interés en el sexo ni tampoco que sean impulsivos y la mayoría tiene conciencia sobre lo que es un abuso y la importancia de respetar y cuidar a los demás». Sin embargo, los adolescentes que agreden sexualmente tienen falta de una habilidad: la empatía. «Hay tres tipologías de abusadores que he podido reconocer en mi experiencia: los que tienen una discapacidad intelectual o un amplio abanico de déficits psicológicos; los que tienen su propia historia de abuso (no necesariamente sexual, también físico o emocional) por lo que también son víctimas porque su conducta es una réplica de sus experiencia y los ‘delincuentes’ que, entre otras muchas conductas antisociales, una de ellas es abusar sexualmente».

Cuando los agresores actúan en grupo, continúa el especialista, en un mismo conjunto hay perfiles distintos. Normalmente, añade, hay un líder y varios seguidores. Como factor clave para el fomento de las agresiones, McGrath señala la pornografía y la falta de educación afectivo sexual, así como la poca percepción del riesgo de la tecnología y todo el contenido al que se puede acceder. «Un smartphone es potencialmente un arma para las víctimas y para los agresores». Y la pornografía son las balas.

Cambio en las relaciones

Un contexto en el que las formas de relacionarse han cambiado. La pandemia ha traído, entre otras muchas cosas, un cambio en la forma en que se establecen vínculos de amistad y los adolescentes han crecido como «videollamadores nativos». Es decir, han aprendido en la la normalidad de relacionarse a través de las redes y quedar por las redes. Para los jóvenes, es normal socializar a través del móvil. Con los riesgos que todo eso implica.

«El porno al que tienen acceso es extremo», explica el experto. Son precisamente esas dinámicas «violentas y extremas», señala McGrath, lo que agrava «la confusión o la errónea identificación de lo que es el consentimiento». La pornografía tiene muchos impactos en el aprendizaje sobre las relaciones sexuales, pero el primero y más grave es la falta de empatía. «En el mundo pornográfico a las mujeres les interesa el sexo, no existe ninguna gestión del consentimiento y si son víctimas de violación es porque ‘les gusta’. Estas son las situaciones que se ven, totalmente desproporcionadas y que tienen gran impacto en las actitudes de los jóvenes». ¿Qué urge? «Educación sexual que aborde los peligros de las conexiones y que defina el consentimiento y qué significa tener una sexualidad sana. La educación sexual no es solo ponerse un condón. Es compleja, sensible y delicada y tiene que tratarse con rigor». McGrath detalla que con programas de tratamiento, estos jóvenes pueden dejar de tener conductas de violadores. «Todo el mundo piensa que los agresores sexuales van a reincidir durante toda su vida, pero eso es no verdad», dice, y apunta a la necesidad de aumentar los programas de tratamiento a agresores en España. «Hay que distinguir los diferentes estadios del riesgo, pero en algunos casos, con tratamientos adecuados a cada caso se puede revertir la conducta de una persona que ha sido autora de una agresión sexual», concluye.

«El impacto es enorme para los padres, no se imaginan que esto pueda pasar»

La principal víctima es la persona violada, que probablemente arrastrará secuelas traumáticas durante toda su vida. Pero, además, Kieran McGrath, asegura que en una situación tan horrible como una agresión sexual, también el entorno es damnificado. En este sentido, el especialista cuenta que los padres no tienen la percepción del peligro y el riesgo que hay conectado a un teléfono móvil con internet y «el impacto cuando saben lo que ha llegado a hacer su hijo es enorme porque no se imaginan que esto pueda pasar», dice McGrath. «Los padres son ajenos a la bomba que suponen ciertos contenidos». En Irlanda, explica, la edad legal para comprar un teléfono inteligente es de 16 años, pero la edad promedio para obtenerlo es de 7 años. «No se da cuenta de sus peligros tanto para las victimas potenciales que son explotadas como para sus hijos, que pueden ser condenados por lo penal por un delito sexual y dañar gravemente sus vidas».