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Cuatro generaciones para recorrer los 40 años de autogobierno

Julia Sevilla vivió la aprobación del Estatut como experta en Derecho mientras que a David Barbancho le faltaba más de una década para nacer

El sociólogo Francesc Hernández; la responsable de UGT Serveis Públics, Mayte Montaner; la jurista, Julia Sevilla; y el representante del CVJ, David Barbancho, en la puerta de Corts. | FERNANDO BUSTAMANTE

Cuatro décadas de Estatut se cumplen esta semana y cuatro valencianos ante ellas. Son cuatro voces de generaciones distintas que ven la Carta Magna de la autonomía valenciana con diferentes ojos, al fin y al cabo, cada quien es fruto de su tiempo y la biografía de cada quien conforma el esquema de lo posible. Así, si por edad, para Julia Sevilla el texto autonómico podría ser un hijo, para David Barbancho estaría más cerca de ser un padre. Entre medias, Francesc Hernández y Mayte Montaner pueden ver el documento del autogobierno como el hermano pequeño que crece y madura junto a ellos.

Pasado, presente y futuro se cruzan en las explicaciones sobre el texto sin que quienes acumulan más años sobre su DNI se olviden de mirar hacia adelante y quienes estrenan los años todavía como una novedad dejen de recordar a los que les antecedieron. «Mi generación ha nacido en democracia, pero sabemos que ha habido quienes han estado luchando por ella, no llega sola», explica David Barbancho, de 26 años, natural de Riba-roja del Turia e integrante en el Consell Valencià de la Joventut.

El calendario se retrotrae cuatro décadas atrás, a los años 80. Tiempos de cambio, de efervescencia, de debates. En la Comunitat Valenciana, en aquel tiempo, las expresiones «vía rápida» y «vía lenta» no tienen nada que ver con carreteras sino que van aparejadas al autogobierno. «Me acuerdo perfectamente de aquellos días», rememora Mayte Montaner, en un tiempo en el que era adolescente, mucho antes de entrar en UGT y, por supuesto, antes de ser nombrada secretaria general de la Federación de Serveis Públics. «Recuerdo que mis padres estaban fastidiados porque la Comunitat Valenciana iba por la vía lenta», añade. Llegarían las manifestaciones, luego las leyes de transferencia, que le pillaron en la facultad, «años de modernización a un ritmo de vértigo, de mucha agitación».

En primerísima persona lo vivió Julia Sevilla, que ya era profesora de Derecho Constitucional en la Universitat de Valencia. «La única mujer», puntualiza. Fue un año antes de entrar a formar parte del equipo de letrados de las Corts, la institución que haría de representación y voz del pueblo valenciano tras el estatuto autonómico. «Fue una época vibrante», reflexiona Sevilla cuarenta años después quien lamenta la falta de representación femenina en la elaboración del texto. «Era una fotografía del poder real de ese momento y todavía no hemos conseguido esa igualdad real», señala la jurista ya jubilada.

No obstante, esa ausencia de mujeres no le impide destacar con la perspectiva del tiempo el logro que supuso la aprobación del documento autonómico. «Fue lo mejor que pudo ser en ese momento, permitió pasar definitivamente de un régimen dictatorial a uno democrático, fue un paso de gigante», expresa. Para llegar a él, considera que influyó el impulso que le dio la ciudadanía a partir de manifestaciones y también cree importante el «miedo» que hubo tras el golpe de Estado. «Se vio que había que avanzar, que el camino era el estado autonómico y que la otra alternativa era volver atrás», agrega.

«Antes era una entelequia»

La relatividad del tiempo se posa sobre los palacios levantados 600 años atrás. Cinco siglos existiendo y un documento les cambia su contenido, quienes habitan sus entrañas y por ende sus significado. Le ocurre al Palau de Benicarló, el de los Borgia, hoy sede de las Corts o al de la Generalitat, residencia del poder ejecutivo, a menos de 300 metros el uno del otro y convertidos en símbolos del autogobierno valenciano contemporáneo. Cambia, todo cambia, dice la canción.

«¡Y tanto que ha cambiado!», expresa Francesc Hernández a quien el día en que se aprueba el Estatut le pilla ingresando en el Campamento de Rabasa en Alicante para hacer el servicio militar obligatorio. «Hace 40 años el autogobierno valenciano era una entelequia; la educación, la cultura y la sanidad se decidían a Madrid; no había más leyes que las hechas en la Carrera de San Jerónimo y las políticas activas de empleo, de innovación o medioambientales ni existían», explica el doctor en Sociología de la Universitat de València.

Compara a su generación y a la de sus padres, en si su nivel de vida ha sido mejor que el de sus antecesores, y la equiparación no deja lugar a dudas. «Mis padres vivieron una guerra, tenían menos de 10 años cuando empezó la dictadura y más de 50 cuando se aprobó el Estatut, fueron una generación anulada por el miedo y la represión», señala. De la suya, en cambio, dice que pudo «disfrutar desde la juventud de una sociedad democrática en la que se han consolidado algunos derechos impensables años atrás» durante el franquismo.

Ese paralelismo entre la situación de los progenitores y la que viven sus hijos cuando años atrás disfrutaban de su edad es una apelación habitual y constante para la generación de David Barbacho. El responsable de Educación Integral del Consell Valencià de la Joventut rehúye las comparaciones alegando que son «situaciones distintas». Sí que admite que para su generación, la de los llamados millenials, las crisis han formado parte de sus vidas desde que el acné apareció sobre sus rostros y que precariedad laboral y problemas de emancipación se han convertido en parte del menú de sus conversaciones.

También tiene otra confesión, esta de carácter más optimista respecto a lo vivido por sus padres. «Nosotros hemos crecido en democracia, con unos derechos y unas libertades dadas y tenemos muchas más herramientas legales, administrativas y tecnológicas para poder participar en el mundo que nos rodea, para poder expresarnos y reivindicar nuestra voz», asegura mientras valora una legislación, bajo el amparo estatutario, que apueste por la descentralización y por adaptarse a la «realidad de cada territorio».

Es bajo esa premisa sobre la que se divisa el futuro. ¿Está todo hecho? «Está claro que no, que hay movimientos que abogan por retroceder en valores que nos han costado mucho conseguir que sean derechos», explica el joven del grupo. «Tenemos que hacer pedagogía», insiste como forma de acción. Participar, añade, y pone de ejemplo a la juventud y los 40.000 voluntarios de entidades vinculadas a la organización de representación joven.

Un futuro de derechos

«Los derechos siempre hay que pelearlos, son una conquista que hay que mantener», constata la representante de la generación con más experiencia. Hace el símil con una flor, que después de que esté plantada y haya crecido hay que cuidarla, regarla, protegerla. «La historia de la ciudadanía es una historia de mantenerse alerta», sentencia Julia Sevilla que pone como ejemplo la situación de las mujeres: «Todavía tenemos que seguir avanzando para lograr la igualdad».

Más optimistas se muestran las generaciones intermedias. Mayte Montaner cree que el sistema autonómico «ha funcionado, es una historia de éxito» y que por ello es «muy difícil que aunque haya amenazas se desmantele» lo conseguido. No obstante, en esa mirada al futuro, desglosa retos como la necesidad de fijar un mínimo de gasto social, abordar la digitalización y el cambio de modelo productivo y, sobre todo, que la Comunitat Valenciana disponga de una financiación justa. «Para garantizar el estado del bienestar es necesario redistribuir los fondos», expresa.

Por su parte, Francesc Hernández ve la asunción de derechos como un «proceso de aprendizaje colectivo y que este es hoy en día irreversible». Que querer es diverso, que hay más violencia de género de la que somos conscientes, que es inhumano que las personas se desgarren la carne para pasar una valla fronteriza o que la eutanasia evita sufrimiento son cosas que, indica, «hace 40 años solo una minoría de personas era consciente» y sobre las que hoy «solo una minoría quiere volver al pasado», concluye el sociólogo.

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