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Pobreza

Sobrevivir a la ola de calor en un barrio empobrecido: "Solo podemos llevar a los niños a la piscina una vez al mes"

Ni fuentes, ni bancos en la calle, ni piscinas hinchables permitidas. Los vecinos del barrio de la Fuensanta, en València, reclaman al ayuntamiento servicios públicos que le ayuden a combatir el calor en el barrio

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Sobrevivir al calor extremo en un barrio empobrecido: "Solo podemos llevar a los niños a la piscina una vez al mes" Fernando Bustamante

Todo, hasta el calor que uno pasa en verano, gira en torno a un código postal. Lo saben Trini, Teresa, María, y los chiquillos del barrio de la Fuensanta (València), uno de los más empobrecidos de la capital. En sus calles no hay fuentes, no hay parques, no hay ni bancos para sentarse. Hay mangueras, abanicos y trozos de cartón. Hay vecinas que se sientan a la fresca bajo un porche por las tardes, porque en los pisos no se puede estar. Alguien saca una manguera por la ventana de su casa y con eso llenan una piscina hinchable para los niños. Es fácil escapar del calor si vives en la calle Colón, pero difícil si eres un chaval de bloque y periferia.

"La policía no para de quitarnos las piscinas de los niños, el otro día le rajaron una a la vecina. Dicen que no se pueden poner en la calle ¿Qué quieren que hagamos? No creo que estemos molestando a nadie", lamenta Trini, una vecina y madre del barrio. No tiene muchas más alternativas para que sus hijos escapen del bochorno y las temperaturas récord. La piscina más cercana es la del Barrio de la Luz, y aunque es la más barata de València cuesta 2,8 euros por persona y día, un precio inasumible para una familia humilde como la suya. "Vamos a la piscina una vez al mes con los niños, no podemos gastar más", cuenta.

Para refrescarse, a la ducha, con un abanico o en su defecto un trozo cartón. "Y aún así tengo miedo del recibo del agua que me pueda llegar, pero esque no tenemos otra", cuenta Trini. En su pequeño piso del barrio que se construyó para dar casa a las personas que perdieron su vivienda por la riada siempre están las persianas bajadas y las ventanas abiertas para ventilar. El ventilador se enciende en muy contadas ocasiones; un ratito por las noches para ella y su marido, mientras sus hijos migran a colchones tirados en el suelo del comedor, donde entra más aire y se está un poco más fresco. El aire acondicionado suena a ciencia ficción.

Y en el barrio, en realidad, no hay muchas más alternativas. "No hay fuentes en el barrio, ni una, búscalas. La única que queda la han tapado y no sale agua", se queja un vecino. Tampoco hay nada para que los niños puedan entretenerse. "Ahora hemos pedido al ayuntamiento que nos pongan una fuente o algo para refrescarnos, pero no sabemos cuándo llegará ni cuántos años tardarán en hacernos casos", denuncia María, otra vecina. Por eso, mientras tanto, piden al consistorio "que nos dejen tener las piscinas de los niños en lugares que no molesten, necesitamos refrescarnos de alguna manera", reclaman.

Marginalizados

"Nos dicen constantemente que no quieren chabolas, pero tú entra a cualquier piso del barrio, son casi peores. Hay hasta ratas y otras plagas por aquí porque el ayuntamiento no fumiga", denuncia un vecino. Teresa, sentada a la fresca en su hamaca, cuenta que "no tenemos ni bancos en la calle para sentarnos, ni eso nos ponen. Y cuando sacamos las sillas de nuestra casa para estar a la fresca también viene la policía diciendo que no podemos estar ahí en la calle", denuncia.

Ella es vecina de toda la vida del barrio, nació allí. Y recuerda cómo en su infancia el distrito tenía una piscina municipal, gratuita para la gente del barrio "estaba en la misericordia, y la podíamos usar los vecinos, pero un chiquillo se ahogo (antes no había socorrista) y ya la cerraron y ahora no existe. Nos gustaría recuperar eso o tener algo parecido, no nos podemos permitir pagar una piscina todos los días, es imposible", critica.

"No hay fuentes en el barrio, ni una, búscalas. La única que queda la han tapado y no sale agua", denuncia un vecino

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Para subir al primer piso de Teresa hay que pasar por unas escaleras minúsculas por las que a penas cabe una persona en fila y mucho menos un ascensor o elevador. Tiene la puerta rascada pero el piso muy bien cuidado al entrar. En el centro de la estancia reina un 'pingüino' (aparato de aire acondicionado portátil) que rescató de la basura y vio que funcionaba. Aunque su presencia es casi decorativa, ya que casi ni lo puede encender. Sigue la misma receta que sus vecinas; ducha y abanico.

Gentrificación

"Somos un barrio de gente humilde, trabajadora, que se busca las castañas como puede", explica Teresa rodeada de sus vecinas. Si no hay trabajo se intenta salir adelante pese a las dificultades. "El otro día la policía obligó a una vecina a subir todos los melones que vendía a su casa a pie. Le decían que no podía vender eso allí. Esque nos tenemos que ganar la vida de alguna manera, nos gustaría que también entendieran eso en vez de ser tan duros", denuncia María.

"La policía no para de quitarnos las piscinas de los niños ¿Qué quieren que hagamos? No creo que estemos molestando a nadie", denuncia una vecina

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La exvicepresidenta y consellera de Igualdad, Mónica Oltra, dijo durante la presentación de la Ley de Barrios que, entre una calle y otra puede haber "hasta diez años de esperanza de vida". Es lo que tiene nacer en un código postal y otro. Esa es la variable que más influye en las oportunidades que se presentan durante la vida, desde el trabajo al que accedes hasta lo bien o mal que se duerme en una noche tórrida o una madrugada de enero o la temperatura a la que puedes permitirte mantener la casa.

El barrio se construyó en los estertores del franquismo para dar hogar a la gente más humilde de València, la que había perdido sus infraviviendas al desbordarse el río que entonces atravesaba la ciudad. Hoy está en el proceso contrario. Hace menos de dos años que un nombre empezó a sobrevolar el barrio: Promontoria Coliseum, filial del fondo buitre Cerberus. Malas noticias para Trini, María, Teresa, y en general la gente humilde y trabajadora de sus calles.

Empezaron las cartas, las amenazas, las demandas, los ofrecimientos de dinero por dejar sus casas de alquiler que pagan religiosamente. Una presión asfixiante. Han comprado la mitad de las fincas del barrio y no quieren pobres en ellas. Saben que pueden sacar mucha más rentabilidad a una zona a 20 minutos del centro. "Vamos a hablar claro, lo que quieren es marginalizar el barrio, dejarlo lo peor posible para que el fondo buitre nos eche de nuestras casas y puedan meter a gente con dinero", denuncia María.

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