En nuestro planeta hay solo catorce montañas que se elevan por encima de los 8000 metros de altitud. Reinos de eterna soledad, bañados por el sol y cubiertos de nieve, que han observado, durante años, como algunos pocos valientes luchaban contra su cuerpo y su mente por acariciar el cielo desde su cumbre. Hasta que todo cambió. Hasta que la montaña se ha convertido en un parque de atracciones a la que subir a golpe de talonario. Si desde hace años el Everest se convirtió en el principal eje de un negocio millonario, ahora es el K2, la segunda montaña más alta del planeta. Y, más allá de la enorme contaminación medio ambiental de la zona, por el enorme tráfico de aspirantes a escalarlo, es más preocupante la osadía de llevar a personas inexpertas a una de las cumbres más complejas, a nivel técnico, de la Tierra. Y es que parece que todo vale. Las laderas se han convertido en autopistas sobre las que subir a hacerse una foto en el techo del mundo. El oxígeno, ese bien tan escaso a grandes altitudes, se respira a través de botellas. Y las huellas de los héroes que pagaron un gran precio por subir a los reinos más altos, seguirán ahí, en la memoria de la montaña. Esperemos que no se pierdan para siempre.