En esta ocasión se ha intentado vender como un logro la creación de un fondo económico para ayudar a los países en desarrollo a activar medidas de lucha contra el cambio climático. Una cuestión prevista en el Acuerdo de París que hasta ahora no se había implementado. Y lo peor es que lo acordado en la COP 27 de Egipto va a quedar en papel mojado hasta el próximo mes de junio, cuando se celebre la reunión del Fondo Monetario Internacional, donde tendrá que concretarse el mecanismo de aportación de los 100.000 millones de dólares anuales que los países ricos deben llevar a cabo. 

Una cantidad que nace pequeña ante los impactos que el cambio climático ya está generando en los países menos avanzados. Lo peor es que el necesario recorte de emisiones a nivel mundial ni se ha tratado en el documento final de la cumbre. 

No hay esperanza para que el proceso de calentamiento climático planetario pueda reducirse en los próximos años. Al contrario, va a ir a más. El llamamiento final a que se mantenga el objetivo del 1,5 ºC de aumento de temperatura hacia final de siglo suena, en este contexto, como una broma. 

El programa Copernicus-Climate ha señalado que en 2033 habremos alcanzado ya ese umbral previsto para 2100. La cuestión es preocupante. No se ha avanzado en incentivación de políticas de adaptación, de educación en cambio climático. A este ritmo van a conseguir que la sociedad se desencante totalmente de este tipo de eventos mundiales y, lo peor, pierda interés por el proceso preocupante de cambio climático de causa humana que vivimos. 

Un ruego: si el año que viene el resultado de la próxima COP en Dubái va a ser similar a la de este año, por favor, que se haga telemática, así se evitará el lamentable espectáculo de vuelos públicos y privados emitiendo gases para poder llegar a tiempo a las reuniones. O más allá: que no se vuelvan a celebrar COP hasta que no se consiga una reducción efectiva de gases de efecto invernadero por parte de todos los países emisores, de todos.