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Cambio climático

El efecto isla de calor eleva la temperatura en las ciudades hasta cinco grados respecto al campo

El asfalto, la falta de vegetación y los edificios altos absorben el calor y aumentan el estrés térmico especialmente durante las noches

La plaza Mayor de Mislata sin árboles contribuye a acentuar el efecto isla de calor urbana.

La plaza Mayor de Mislata sin árboles contribuye a acentuar el efecto isla de calor urbana. / Germán Caballero

Lluís Pérez

Lluís Pérez

València

La reurbanización de los espacios urbanos se está convirtiendo en un asunto polémico entre quienes defienden la peatonalización y apuestan por la presencia de vegetación y aquellos negacionistas que siguen defendiendo el asfalto y la libre circulación de coches y vehículos. Ha ocurrido recientemente con la reforma de la Puerta del Sol de Madrid, pero València no ha quedado al margen de este asunto con las propuestas para la plaza de la Reina, la futura plaza del Ayuntamiento o el Corredor Verde Sur. Más allá del debate ideológico, este tipo de decisiones, sobre todo sus resultados, son determinantes para mitigar el calentamiento de las ciudades en una era en la que los fenómenos extremos, como las olas de calor, son cada vez más frecuentes y más agresivos. Varios estudios internacionales, entre ellos uno del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM) de la Generalitat Valenciana, muestran una evidencia: la temperatura acumulada en las grandes ciudades puede ser hasta cinco grados superior al de las zonas rurales. Es lo que se conoce como el fenómeno isla de calor urbana.

"Las urbes se convierten en zonas más cálidas, sobre todo en situaciones extremas como las olas de calor, por sus propias características", explica la coordinadora del área de Meteorología y Climatología del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM), Samira Khodayar, a Levante-EMV. Entre las variables determinantes, cita elementos urbanísticos -la geometría de las calles, las edificaciones, los materiales de las viviendas y edificios o la falta de vegetación-, pero también factores de su actividad diaria, como el calor residual de la actividad humana -trabajo en las fábricas o uso de aires acondicionados- o la contaminación; el ejemplo más claro es el tránsito de vehículos. El efecto se exacerba de noche, cuando todos estos materiales y elementos urbanos, que acumulan y retienen el calor por el día, lo liberan.

La avenida Pérez Galdós sin árboles ni espacios de sombra.

La avenida Pérez Galdós sin árboles ni espacios de sombra. / Germán Caballero

Los trazados urbanos con una gran cantidad de superficies impermeables -techos, asfaltos o zonas de césped artificial-, poca vegetación -sin árboles que generen sombra en avenidas o grandes plazas, como en la Puerta del Sol o la plaza Mayor de Mislata- o barrios con edificios altos y antiguos y con calles estrechas y menos espacios abiertos, como ocurre en el barrio de Nou Moles de València; contribuyen a generar espacios "menos habitables, sostenibles y con menor calidad de vida para la ciudadanía". Al final, el diseño de las ciudades y el efecto isla de calor urbana tienen su impacto en la salud de la ciudadanía con consecuencias mortales. Solo este verano, la Comunitat Valenciana suma tres fallecimientos por golpe de calor, dos varones de 53 años y una mujer de 52, y la mortalidad atribuible al calor se ha disparado a 141 personas según el Instituto de Salud Carlos III. Son tantas como la suma de los cinco años anterior, lo que da una perspectiva de la gravedad del problema. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 23 % de la mortalidad del planeta se debe a "factores medioambientales".

Problema de "primer orden"

La cuestión de las islas de calor urbanas no es baladí porque el escenario climático, especialmente en el Mediterráneo, avanza hacia episodios con "temperaturas de 42 o 43 grados" de forma "muy recurrente", como alerta Eric Gielen, profesor del departamento de Urbanismo de la Universitat Politècnica de València (UPV), quien dirige varias investigaciones en la cátedra Planeta y Desarrollo Sostenible relacionadas con el impacto del calor en las ciudades y sus consecuencias dentro del proyecto europeo The Hut. "Se está acelerando la tendencia de manera muy, muy agresiva", añade. La recurrencia de los fenómenos extremos es un hecho probado. En la actualidad, aproximadamente una veintena de días al año transcurren bajo los efectos de una ola de calor. Representan el 6 % de las cuadrículas del calendario, aunque la cifra por sí sola puede resultar anodina, el contexto es el que ofrece una dimensión acurada de su gravedad porque estos días de temperaturas extremas se han multiplicado por seis en solo seis décadas; entonces solo había tres al año.

Otro de los elementos a tener en cuenta es el crecimiento continuado de las ciudades; Naciones Unidas estima que el 70 % de la población de la cuenca mediterránea vivirá en grandes ciudades a mitad del presente siglo. En la autonomía valenciana, por ejemplo, el 45 % de la población -2,2 millones de personas- residen en ciudades de más de 50.000 habitantes. Por eso, para Khodayar, el calentamiento de las ciudades se convierte en "una problemática de primer orden" que se debe solventar "mediante la aplicación o implementación de medidas de adaptación eficaces".

Cómo adaptar las ciudades

Detectado el problema, llega el momento de actuar. ¿Cómo se puede mitigar el efecto isla de calor? Ejemplos hay. Está el de París y su plan "50 grados", cuyas principales medidas son tres: pintar los techos de blanco, para reducir la absorción de calor, limitar el tráfico y aumentar los espacios verdes; tres medidas que buscan reducir las emisiones de efecto invernadero a la mitad para 2030 y un 35 % el consumo de energía. "No hay un plan homogéneo en la Unión Europea -, explica Gielen-, aunque, por ejemplo, en València fuimos Capital Verde Europea". No entiende el cambio, entre otros, de la prolongación del Parque Central cuestionado por el Ayuntamiento de València. "Estamos desaprovechando la oportunidad de generar otro gran corredor verde en la parte sur como funciona el Jardín del Túria", asegura a la vez que aboga por tener en cuenta también los diferentes usos del espacio público.

Ambos expertos indican varias medidas para adaptar las zonas ya urbanizadas: aumentar los espacios con agua, utilización de materiales reflectantes, aumento de la vegetación o la reducción de las emisiones. En el tema de la reverdificación de las ciudades, Gielen ha participado en la elaboración de una guía de "Urbanización Sostenible en el marco del cambio climático", en la que enmarca la regla del 330-300, que apuesta porque siempre haya tres árboles a la vista, el 30 % de un barrio sea verde y la población tenga un parque a un mínimo de 300 metros. Si hay que diseñar un nuevo barrio, se recomienda crear zonas verdes, avenidas anchas para dejar circular el aire y viviendas preparadas para combatir los efectos del calor.

Edificios de viviendas junto al jardín del Túria de València

Edificios de viviendas junto al jardín del Túria de València / JM López

Vulnerabilidad ante el calor

"Normalmente, los barrios periféricos tienen menos parques y árboles -, apunta la del CEAM-. Además, esta población no suele tener recursos para adaptar sus viviendas al impacto de las altas temperaturas". En esta línea, otro de los estudios de la Cátedra en los que está implicado Gielen, realizado por Nicolás Dosil, concluye que las zonas con mayor riesgo frente al calor en València coinciden con "los barrios de menor renta, mayor proporción de población envejecida y escasa presencia de zonas verdes". Entre los puntos más calientes se encuentran el polígono de Vara de Quart y barrios como Benicalap, El Calvari, Torrefiel, Els Orriols, Benimaclet, Russafa o Nou Moles. Las diferencias de calor acumulado son de hasta cinco grados con el jardín de Viveros, la zona más fresca del 'cap i casal'.

Calor de València ciudad por barrios.

Calor de València ciudad por barrios. / UPV

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