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Cambio de hora: ¿Un mundo aún lejano?

Atardecer en una playa.

Atardecer en una playa. / Pixabay

Gonzalo Aupí

Un año más se reabre el debate sobre el cambio de hora, especialmente por el drástico impacto anímico que provoca, durante las primeras semanas, en parte de la sociedad. Tras retrasar los relojes de nuestro país a finales del pasado mes, comienza a predominar una melancolía colectiva: el día termina antes y el Sol se esconde, evidentemente, a una hora más temprana que en verano.

Independientemente del continuo (y necesario) debate sobre mantener o no este cambio, quizá deberíamos tomar ejemplo de otros países de nuestro continente con el objetivo de experimentar la diferencia entre adaptarnos o no a las horas solares. Poseemos ritmos de vida profundamente distintos a los de nuestros vecinos europeos y, aunque disfrutamos de una gran calidad de vida, nunca hemos adaptado nuestras costumbres al astro rey.

Quizá ha llegado el momento de analizar en conjunto la posibilidad de modificar levemente nuestros horarios, adaptándolos a las horas de luz: comenzar antes nuestras actividades y terminarlas también antes. Vamos a contracorriente y mantenemos nuestros horarios veraniegos durante todo el año, lo cual, sin duda, afecta a nuestro ánimo.

En el resto de Europa se vive en sintonía con el Sol, y muchos se sorprenden al descubrir la forma en que lo hacemos en España. Quizá sea hora de intentar algo nuevo. Tal vez, al hacerlo, encontremos una curiosa solución a la melancolía otoñal que nos acompaña estas primeras semanas de cambio. O, de una vez por todas, tomemos una decisión firme sobre este eterno debate.

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