Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

20N: 50 años de la muerte de Franco

España 2025: Una, grande y sin memoria

El 20 % de los jóvenes entre 18 y 24 años creen que el franquismo fue “bueno o muy bueno” y uno de cada cuatro votaría hoy a la extrema derecha. Detrás de la estadística emergen razones culturales, tecnológicas y materiales. Ninguna explica por sí misma la ola ‘retroconservadora’ pero entre todas perfilan una realidad preocupante 50 años después de la muerte del dictador. Hoy lo antisistema y 'punk' es “ser facha"

El agitador ultra Vito Quiles en la Universidad de Alicante.

El agitador ultra Vito Quiles en la Universidad de Alicante. / Rafa Arjones

València

Una línea policial se despliega en la avenida Blasco Ibáñez, símbolo de la efervescencia universitaria por las libertades. Los agentes no van de gris, sino de negro. Y nadie corre, de momento. Tampoco hay chaquetas de pana, sino banderas palestinas y algunos insultos cruzados. De repente, unos chavales que apenas alcanzan la edad de votar despliegan banderas franquistas mientras alzan como a una especie de mesías, en medio de una nube de móviles, a un joven que responde al nombre de Vito Quiles. No es 1975, es un fresco de la España de 2025.

“Si a la juventud no le das futuro, compra pasado”. El argumento no es de ningún politólogo ni tertuliano de moda. Es de Julia Calvet, diputada de Vox en Cataluña y una de las voces jóvenes más brillantes de la formación de extrema derecha. En un 20N como este, redondo y en medio de un clima volcánico, cobra especial sentido: tras cinco décadas de efervescencia en libertad, cambios, ruptura y futuro, el pasado y la nostalgia vuelven a ser sexis.

Según un estudio reciente del CIS, uno de cada cinco ciudadanos opina que los años de dictadura franquista fueron “buenos o muy buenos”. El 16 % piensa que la democracia está siendo peor que la dictadura. Por género, un 27 % de los hombres piensa que la dictadura fue buena frente al 16 % de las mujeres. Entre los más jóvenes, un 32,8 % (es decir, uno de cada 3) menores de 18 años ve con buenos ojos a Francisco Franco y uno de cada 4 chavales de 18 a 24 votaría hoy a Vox, la misma cantidad de votos que PP y PSOE juntos. 

Mitin, Vito Quiles,. en la UA,, policía, cargas poliicales. Universidad

Concentración en la Universidad de Alicante convocada por Vito Quiles. / Rafa Arjones

Una ola conservadora global

El proceso de seducción es evidente. En los últimos 5 años, los hombres menores de 25 años han pasado de ubicarse en un 4,39, siendo el 0 la extrema izquierda, a un 5,15 en la escala ideológica de 2023, más cerca de la extrema derecha. Sin embargo, la ola no ha llegado para quedarse sino que se trata de "un momento político concreto", expone Miquel Ramos, periodista experto en movimientos ultras. Tras casi 8 años de gobierno progresista en España, se ha convencido a muchos adolescentes de que "impera el comunismo", por tanto la rebeldía contra el sistema es eso, “ser facha”, resume. Es un argumento en el que coinciden todos los expertos: hoy, lo antisistema, lo punk, es ser de derechas. 

Javier Carbonell, director adjunto del think tank Future Policy Lab, amplía el foco. “Estamos viviendo una ola socialmente conservadora en todos los aspectos”, hasta en lo más inocuo: el disco de Rosalía, señalado por su espiritualidad, es un buen ejemplo, incluso aunque su texto no sea especialmente conservador, la propia portada sí lo es, señala como caso disruptivo.

El retroceso de la izquierda a nivel global es evidente, pese a algún despertar en Europa, como el Partido Verde en Reino Unido, Die Linke en Alemania, o la Francia Insumisa. Desde el otro lado del Atlántico, el nuevo alcalde Mamdani emerge como símbolo en Nueva York.

Mitin, Vito Quiles,. en la UA,, policía, cargas poliicales. Universidad

Mitin de Vito Quiles en la Universidad de Alicante. / Rafa Arjones

En España, sin embargo, la izquierda es ‘sistema’ desde hace siete años. “Es el establishment, y por tanto lo contracultural, lo que parece más opuesto, es la extrema derecha, porque además el PP está en muchos gobiernos regionales. En el resto de Europa la izquierda no está en los gobiernos, pero sí prende la percepción de que sus ideas sí lo están, como el cambio climático, la idea de igualdad de género”, añade Carbonell.

Aunque no es mayoritario, ese giro ‘retroconservador’ también se viste de nostalgia. Basta asomarse a las redes para comprobar cómo seducen argumentos como que 'nuestros abuelos podían mantener a su familia con un sueldo… e irse de vacaciones'. Hace un año, el diputado de Vox Manuel Mariscal hacía abiertamente apología del franquismo como un pasado idílico, “una etapa de reconstrucción, de progreso y de reconciliación”. “Gracias a las redes sociales muchos jóvenes lo están descubriendo”, remataba.

¿Qué ha pasado? “Influye, a mi juicio, una educación muy deficiente en términos de conocimiento del pasado y del contexto histórico, algo absolutamente necesario para poder contrapesar el adanismo y presentismo que suele caracterizar a las generaciones jóvenes, y a los que en buena medida hemos deseducado al fomentar la idea de que cualquier expectativa o deseo que tengan es un derecho, un derecho individual que ven que se les niega, lo que potencia la frustración”, opina el catedrático de Filosofía del Derecho Javier de Lucas.

Valencia VLC el agitador ultra Vito Quiles en la universitat de Filologia convocando a ultraderechistas con la respuesta de los estudiantes antifascistas

Concentración ultra en Blasco Ibáñez. / Francisco Calabuig / LEV

Aunque, sobre el papel, la historia del franquismo y de movimientos terroristas como ETA figura en el currículum de Bachillerato desde 2022, la realidad es que rara vez se llegan a dar esos contenidos en el aula. En Secundaria, directamente no se habla de los años oscuros de la dictadura. El resultado es que hoy muy pocos jóvenes saben quién fue Miguel Ángel Blanco o conocen las atrocidades de Franco y el yugo con el que sometía a la sociedad española. 

Sobre esta idea, una especie de crisis de valores, abunda también el historiador Antonio Laguna. Frente a un modelo democrático que utiliza la educación como medio de socialización y formación preferente, y que plantea “disciplina, esfuerzo y sacrificio, que les habla de historias que tienen que memorizar, de lenguas que tienes que aprender y de problemas que tienen que abordar en un mundo cada vez más complejo”, muchos jóvenes “se hacen de extrema derecha, entre otras motivaciones, porque sus promotores les ofrecen un mundo tan simple como atrayente con tan solo conectarse a las redes sociales como TikTok. Un mundo tan falso como simple en el que pueden declararse ‘machos sin reparo’, españoles sin disimulo, franquistas con orgullo… Un mundo imaginado en forma de cuento”.

Las redes no son neutrales

Ese es el contexto. El ‘canal’ abre otro debate. “La gran herramienta de la extrema derecha son las redes sociales, que han conseguido inundar con sus relatos alternativos de la realidad, llenos de fake news y desinformación, lo que hace que los chavales compren un producto muy controlado por la ultraderecha: soluciones fáciles a problemas complejos”, cuenta Ramos.

Y las redes sociales, el árbitro del partido en que hoy se disputa la política, no son neutrales. “Los propietarios son millonarios con intereses muy claros, el mejor ejemplo es X con Elon Musk. Someten sus algoritmos con un sesgo a la derecha ya que les interesa que así sea. Además, la extrema derecha ha sabido adaptar sus mensajes muy bien desde hace mucho tiempo, con mensajes sencillos, llenos de emocionalidad y provocación, que hacen más fácil que se hagan virales. La emoción sustituye a la razón, la imagen impactante y el mensaje claro priman antes que la reflexión calmada. Muchas veces es la izquierda, mediante esa provocación, la que les hace viral una consigna y se la promociona, cayendo en la trampa desde hace tiempo”, añade el periodista.

Las redes se han convertido en el terreno de juego de activistas que, además, ponen rostro a esas ideas, “influencers -muchos disfrazados de periodistas- indirectamente financiados para divulgar su argumentario”, señala Ramos. 

Valencia VLC el agitador ultra Vito Quiles en la universitat de Filologia convocando a ultraderechistas con la respuesta de los estudiantes antifascistas

El agitador ultra Vito Quiles en la Facultat de Filologia. / Francisco Calabuig / LEV

En medio del ecosistema digital, ideas retrógradas o un pensamiento que remite al nacionalcatolicismo (la esposa tradicional, el hombre proveedor) han encontrado un potente amplificador. Según el CIS, el 33 % de los menores de 18 piensa que en el franquismo se vivía bien. “El dato no es casual: es la combinación de memoria histórica manipulada y saturación digital. Además, se alimenta de nostalgia y espectacularización. Los y las jóvenes ven en esas narrativas una sensación de pertenencia y claridad moral que el presente no siempre ofrece. Lo que hace la ultraderecha es traducir conceptos complejos —identidad, patriotismo, crisis social— en símbolos y mensajes fáciles de digerir, que circulan en TikTok, Instagram o YouTube. Y funcionan especialmente bien porque los adolescentes buscan referentes y certezas, aunque sean erróneas”, señala la politóloga Anna López, autora de ‘La extrema derecha en Europa. “El discurso ultra funciona sobre todo apelando a la emoción más que a la razón. Los jóvenes reciben mensajes simplificados que glorifican el pasado, construyen enemigos y ofrecen certezas rápidas frente a un mundo percibido como caótico. La escuela, los videojuegos, los memes y los vídeos virales terminan siendo vectores de una narrativa que convierte el franquismo en algo ‘positivo’, mientras invisibiliza sus crímenes y desigualdades”, añade.

López añade una reflexión preocupante, un impacto a largo plazo: “La adolescencia marca los esquemas mentales que luego son muy difíciles de cambiar. Si interiorizan una visión del mundo basada en el miedo, la hostilidad y la nostalgia autoritaria, tendremos un electorado adulto que ya viene condicionado. Es un problema de futuro político y social. Los jóvenes adoptan identidades políticas muy cerradas antes de tener experiencia de vida, lo que genera polarización permanente. Se trata de un fenómeno que puede condicionar debates y elecciones durante décadas. Y lo más peligroso es que se presenta como ‘normal’. Creen que sus ideas son propias, pero han sido cuidadosamente moldeadas por un ecosistema digital que combina marketing, propaganda y memes. El riesgo es de arraigo cultural, no solo electoral”.

“Nos han arrebatado todo”

Aunque la izquierda también está dando la batalla digital, parece que, en estos momentos, la extrema derecha está ganando esta partida. Hace unos días, el ‘chiste del día’ del ministro Óscar López en X fue colgar un viejo cartel de los que había en los edificios de protección oficial franquista con el yugo y las flechas falangistas, junto a este mensaje: “El Ministerio de Vivienda de Vox”.

La broma se giró en contra. Desde hace semanas, la vivienda se ha convertido en el tema de la extrema derecha, su salvoconducto para ir más allá de las batallas culturales (nación, identidad, inmigración) y penetrar en la agenda social que moviliza a jóvenes y clases desfavorecidas. Una nueva ‘ultraderecha social’, alejada de la caricatura de aquel spot electoral de Abascal en 2018, a caballo, como salido de una montería que evocaba a la vieja España de clases y castas. El ariete de este giro social es el joven portavoz de vivienda de Vox, Carlos H. Quero, un experto en movimientos obreros, que acerca a Vox al modelo francés de Le Pen en busca de las clases trabajadoras desencantadas. Quero, con barba y un pendiente, habla de ‘plazas’ y de ‘los hijos de la clase obrera’; de la ‘oligarquía’ y de ‘los fondos buitre’. Es un proceso similar al de otros partidos, como Aliança Catalana, que se ha mimetizado con la estética, la narrativa o los referentes de la extrema izquierda, en busca de su éxito de una década atrás.

“Nos han arrebatado todo”. Basta poner este o cualquier otro eslogan de la ultraderecha en una red social para comprobar la ola de nostalgia que atraviesa a varias generaciones. La cuestión es que hay combustible de sobra para alimentar esas hogueras. Tras la nostalgia, emerge un problema evidente de condiciones materiales que ni los mercados ni los poderes públicos han sido capaces de resolver. “La nostalgia no funciona porque presente una visión certera del pasado o porque quieras realmente volver al pasado. La nostalgia funciona para mostrar una carencia del presente”, expone Javier Carbonell.

Ese futuro cancelado, la falta de un guion de vida para muchos jóvenes, tiene hoy en el centro el problema de la vivienda. “Es el indicador más importante que define hoy el estatus social para las nuevas generaciones, y también define sus posibilidades de acudir a la movilidad social ascendente. Y el panorama es desolador”, añade De Lucas, muy crítico con el Gobierno y también con el PP.

“El asco ya es un rasgo generacional”, canta el grupo punk Biznaga. Diversos estudios señalan que esa precariedad estructural de los jóvenes es de dimensión europea, pero afecta con especial intensidad a España, donde la ultraderecha ha sabido conectar en concreto con los varones jóvenes, en medio, además, de nuevas oleadas de feminismo. Las mujeres jóvenes, que partían de una posición muy inferior en ingresos y riqueza, han ido mejorando en las últimas décadas. No así a los chicos, con más abandono escolar y menor presencia universitaria, que ven amenazada su tradicional posición dominante. “En algunos casos y en algunos países de Europa occidental incluido España, las chicas menores de 25 años ganan más que los chicos”, apunta Carbonell, que está estudiando el fenómeno y vincula ese declive económico del hombre joven al auge de ciertaultraderecha antifeminista.

Eva Bernal es criminóloga especializada en infancia y formadora de profesores. Se dedica, entre otras cosas, a dar charlas sobre resolución de conflictos e igualdad en el aula, con chavales y docentes. Cuenta que la regresión está ahí, y que depende mucho de qué actitudes se toleren en los centros educativos. En ellos recae la tarea de frenar un preocupante auge de la intolerancia. Aún así alerta de un aumento de la violencia (sobre todo machista) en chavales muy muy jóvenes. "Tengo compañeras que ya no van a dar charlas de feminismo a los institutos porque se las comen vivas", concluye.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents