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Educación

La precariedad invisible de las escuelas infantiles

La etapa educativa más vital, la de 0 a 3 años, sobrevive sostenida por unos salarios irrisorios que en la privada pueden ser de 900 euros

Teresa y Ana, dos educadoras infantiles en un parque de València.

Teresa y Ana, dos educadoras infantiles en un parque de València. / Germán Caballero

Gonzalo Sánchez

Gonzalo Sánchez

València

La reivindicación es tan ingeniosa como contundente: "La vaca Lola, con mil euros no vive sola". Es un lema que han hecho propio las educadoras de escuelas infantiles para denunciar que son quienes cuidan de algo tan importante y sagrado como la infancia (bebés de 0 a 3 años) con una precariedad salarial rampante y unas condiciones de trabajo insostenibles.

A Amparo, una educadora, le gusta recordarlo cada final de curso a las familias “cuidamos de lo que más queréis en este mundo”. Y sin embargo, la precariedad de estas docentes tan importantes sigue invisible a ojos de la mayoría.

Pancarta de las educadoras infantiles en una protesta

Pancarta de las educadoras infantiles en una protesta / Levante-EMV

Hasta ahora. Estas profesionales, en un sector mayoritariamente femenino, exigen que se reconozca el valor de su trabajo. Cuidar de un bebé de meses, acompañar su desarrollo cognitivo y garantizar su seguridad en una jornada completa, se paga con sueldos que apenas cubren la subsistencia. Hablamos de 900 euros para una educadora y poco más de 1.500 para la directora de un centro. La primera protesta, convocada en toda España, será este sábado 22 de noviembre y en el caso de València se celebrará en la plaza del ayuntamiento. Las concentraciones tendrán eco en Madrid, Navarra, Asturias, Cataluña y otras autonomías.

"Nos ven como a niñeras"

“Nos ven como niñeras que cambiamos pañales, pero somos docentes. Queremos que eso quede claro” , explica Ana, educadora infantil desde hace más de 16 años. Lo remarca porque cada vez más estudios respaldan que la educación de 0 a 3 años es clave para el desarrollo intelectual de la persona. A estas profesionales, con titulación específica (Magisterio o FP Superior), se les exige el diseño y la implementación de un proyecto pedagógico adaptado a las necesidades de cada niño. Sin embargo, este rigor educativo contrasta brutalmente con la nómina que reciben.

La retribución promedio para una educadora a jornada completa oscila entre los 800€ en la escuela privada y los 1.100€ en la pública, con muchas de ellas denunciando que incluso las horas trabajadas superan las contratadas, sin ser dadas de alta. "Estamos hablando de cuidar de la infancia más vulnerable y valiosa por 900€", señalan.

Esta baja remuneración se agrava por el estancamiento administrativo. Pese a que la enseñanza es gratuita para las familias en muchas comunidades, el dinero que Conselleria transfiere a los Ayuntamientos y centros concertados por la escolarización "no se refleja en la nómina". Las profesionales lamentan la ausencia de una Relación de Puestos de Trabajo (RPT) que defina de manera justa y estable sus funciones y retribuciones, quedando a expensas de la voluntad política local. Para ellas, el sector funciona más como un "negocio" de conciliación que como un pilar educativo.

Teresa y Ana, dos educadoras infantiles, en València.

Teresa y Ana, dos educadoras infantiles, en València. / Germán Caballero

Las propias familias son las primeras que no dan la importancia que merecen a esta etapa. “Con que vuelvan limpios, tranquilos y comidos ya se dan por satisfechos. Rara vez un padre nos pregunta por el proyecto educativo o sobre qué van a aprender”, explican.

Ratios críticas y desgaste

La precariedad no se limita al salario; es también operativa y afecta directamente a la calidad del servicio y a la salud de las trabajadoras. El trabajo diario se realiza bajo unas ratios que complican la atención de calidad y fuerzan a las educadoras a una sobrecarga constante.

De 0 a 1 años son 8 bebés por educadora, de 1 a 2 años son 13 niños por educadora y de 2 a 3 años son 20 niños por educadora. “Mientras cambias de pañales a uno no puedes estar pendiente de si hay uno que muerde o que hace algo peligroso”, cuenta una educadora.

Con 8 lactantes en el aula, la educadora debe gestionar simultáneamente la alimentación (calentar biberones), el cambio de pañales, el sueño y la vigilancia. "Estamos permanentemente en modo 'sobrevivir' desde el 1 de septiembre. No podemos dar la atención individualizada que necesitan", explica una de las entrevistadas.

Este ambiente de urgencia y la falta de personal de apoyo tienen un alto coste físico. Las profesionales están obligadas a pasar la mayor parte de la jornada agachadas o en el suelo para interactuar con los niños, lo que se traduce en un reguero de bajas por lesiones (problemas de espalda, rodillas, esguinces). Además, la falta de sustitución para las bajas y el escaso apoyo personal aumentan la presión emocional.

El resultado de estas malas condiciones es la "fuga de talento". Educadoras con una profunda vocación terminan abandonando el ciclo 0−3 para buscar estabilidad y salarios más dignos en la Primaria u otros ámbitos, lo que merma la experiencia del sistema.

En tierra de nadie

El sentimiento de abandono es notable. Al depender de los Ayuntamientos, las condiciones laborales y la voluntad política varían según el municipio. Además, los sindicatos las dejan en "tierra de nadie". Los grandes sindicatos, al catalogarlas en "Servicios Públicos" y no directamente en "Educación", no siempre conocen o apoyan sus reivindicaciones, obligando a las profesionales a autoorganizarse a través de plataformas estatales.

La lucha de estas educadoras es un intento de cerrar la brecha entre el valor social innegable que se otorga al cuidado de la primera infancia y el castigo económico y laboral que sufre el personal que lo hace posible.

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