Víctima de maltrato durante 9 años: "Cada hostia que me ha dado mi padre le ha costado 69 céntimos"
Una madre y sus tres hijas, víctimas de maltrato, denuncian los "agujeros" de un sistema "necesario" pero que "precisa de mejoras" tras un juicio penal que ha tardado 7 años, una multa de 2.000 euros a una hija y 1.000 a otra por "maltrato continuado", visitas obligadas para la hija pequeña y una reinserción laboral "que es pura ficción"

La madre y sus tres hijas, víctimas de maltrato, exponen los "agujeros" del sistema de protección. / Loyola Pérez de Villegas.

La madre, la hija mayor, la mediana y la pequeña. Así llamaremos en este reportaje a estas cuatro mujeres víctimas de violencia machista. Una familia destruida por la misma persona. Cuentan su historia para que no se repita. Ellas no pueden evitar que otro hombre agreda, insulte, maltrate, humille a su mujer y a sus hijas. Pero ellas sí pueden contar su historia para visibilizar los "agujeros" de un sistema de protección a las mujeres que a ellas les ha fallado en demasiadas ocasiones. Cuando el debate retrocede a si existe o no la violencia machista ellas alzan la voz para explicar que el foco se debe centrar en lo que "falla" en el sistema actual de protección a las víctimas, en las cicatrices que deja el maltrato y en cómo ayudar "de verdad" a las mujeres que han sufrido y sufren la vida junto a un monstruo. Porque se ha avanzado mucho. Pero aún queda mucho por mejorar. Nos reciben con ganas de contar lo que les ha pasado, tras años de silencio, desconfianza e indignación. Y nos abren las puertas de par en par. Las de su casa y las de su alma.
La historia arranca con la parte positiva, fundamental y necesaria que supone impartir charlas de violencia machista en las aulas. Hasta el colegio de la hija mediana (entonces de 9 años) y el instituto de la mayor (12 años) llegó la Guardia Civil a explicar qué es eso de la violencia de género y del maltrato a la mujer. Y en la cabeza de la hija mayor algo hizo "clic". "La charla me hizo entender que lo que pasaba en mi casa no era lo normal y no estaba bien. Y un día, cuando llegamos a casa, mi padre dijo no sé qué de 'chupa pollas' a mi madre o a mi hermana o a mí, no recuerdo bien, pero sé qué pensé 'ya está bien'. Cogí mi DNI y a mi hermana de la mano y le dije a mi madre que teníamos que hacer una cosa. Y nos fuimos al cuartel de la Guardia Civil", explica la hija mayor. Entonces tenía 12 años. Hoy tiene 23.
"Conforme llegamos se quedaron alucinando. ¿Qué hacéis aquí? Nos preguntaron. Y empezamos a explicar lo que nos pasaba. Que si mi padre me sacaba del parque arrastrándome de los pelos, que si nos pegaba puñetazos, que si nos había dejado desnudas en la puerta de casa... Los guardias civiles nos decían, vale, cronológicamente, vamos a empezar desde el principio. Pero ahí no había orden alguno. Teníamos 9 y 12 años. Nosotras contábamos cosas y ellos las escribían. Estuvimos allí como tres o cuatro horas y conforme terminamos llamaron a mi madre diciéndole que tenía que venir a ratificar todo lo que habíamos declarado para verificarlo, porque éramos menores. La guardia civil fue al juicio a testificar de forma voluntaria porque nunca había visto un caso tan desgarrador, dijeron", explica la hija mayor. La madre toma la palabra para relatar lo que fue uno de los momentos cruciales de su vida. "Me llamó la Guardia Civil para que fuera al cuartel y me fui con mi hija de dos años en brazos, claro. Cuando llegué no daba crédito de lo que habían hecho mis hijas. Yo estaba anulada totalmente" explica. Y recuerda que el día antes, él la amenazó con un cuchillo en el cuello mientras tenía a su pequeña en brazos. Así era su vida. "Dije que todo lo que habían contado las niñas era verdad. Menos mal que fueron al cuartel". Miradas de complicidad entre las tres. Aquello fue el punto y aparte.

Madre e hijas, fundidas en un abrazo. / Loyola Pérez de Villegas.
La madre y las tres hijas salieron del cuartel con lo puesto para ir al Centro Mujer 24 horas. Mientras tanto, los agentes detenían al padre, acusado de maltrato, para que fuera al calabozo a la espera del juicio rápido. En ese juicio rápido se determinaron, como medidas cautelares, que la madre y las hijas se quedaban en el domicilio familiar (un chalet en una urbanización de la comarca de Camp de Turia), una manutención de 750 euros por las tres niñas y una orden de alejamiento, pero solo para tres (de las cuatro), ya que para la pequeña, de apenas 2 años, él pidió régimen de visitas. "Ahí mi abogada fue rápida y pidió un punto de encuentro para que las profesionales que allí trabajan vieran quién era ese señor. Lo calaron rápido y vieron que la niña lo pasaba fatal así que emitieron un informe al respecto. El padre dejó de tener visitas, pero se mantuvieron las visitas con los abuelos paternos que siempre han defendido que él es buena gente y que éramos nosotras las que le poníamos nervioso y violento".
El segundo infierno
Tras la ruptura con la vida de maltrato empezó un segundo infierno, con la mirada puesta en el juicio civil (por la separación) y en el penal (por el maltrato), que tardó 7 años en celebrarse. El juicio civil mantuvo las medidas cautelares de manutención y las visitas a los abuelos paternos (siempre que la niña quiera), pero le quitó al padre la patria potestad de la pequeña. A la madre le correspondía una pensión compensatoria, pero la rechazó. "De ese señor no quiero nada. Ni las hostias, ni el dinero", afirma.
El padre ha incumplido todos los acuerdos establecidos. Desde el pago de la manutención y de la hipoteca hasta la orden de alejamiento. "El padre no pasaba la manutención. Los tres primeros años fueron demoledores porque yo había estado 20 años encerrada y en una violencia continua. Estaba anulada. El primer año no ingresó ni un euro y los otros dos siguientes lo hizo a cuentagotas con ingresos de 50 euros, de 150... He pasado momentos muy duros, tengo un proceso de desahucio de la casa porque ya me explicaron que la deuda no la adquiere la persona, sino que es de la vivienda y generé una deuda tremenda con las pocas personas que me han ido ayudando", explica. Y añade: "Compagino el trabajo de limpiar casas con lavar y planchar ropa. Con eso nos hemos mantenido estos años y conforme ingresaba algo de dinero iba saldando deudas porque sabía que antes o después me tendrían que volver a prestar dinero. Son tres hijas y he intentado darles lo que necesitaban. Yo he pasado hambre. Ellas, no. Después de poner varias denuncias porque no pagaba la manutención de sus hijas hace unos años que recibimos parte del dinero directo de su nómina, tras varias denuncias y por orden de embargo del juzgado, pero hasta que ese momento han pasado demasiados años", explica la madre.
El tiempo pasaba, las niñas crecían y el juicio penal por maltrato no llegaba. "Él fue retrasando el juicio por trabajo, porque estaba pendiente de una operación, porque estaba de viaje... Seguimos sin entender cómo ha podido demorar un juicio 7 años", explican. Que no se celebre el juicio penal implica que no existe sentencia firme o lo que es lo mismo, que a las víctimas no se las reconozca como tal. Es decir, al carecer de sentencia firme ni la madre ni las hijas podían acceder a determinadas ayudas diseñadas para mujeres como ellas. "Tuvimos que ir a la Conselleria con un perito forense para que nos dieran un papel que certificara que éramos víctimas de maltrato, aunque no tuviéramos la sentencia firme. Eso fue para que me pudieran dar 400 euros durante un año y medio. Es de las pocas ayudas que he recibido", asegura. Para esta familia no ha habido ni Renta Valenciana de Inclusión (RVI) ni Ingreso Mínimo Vital (IMV). "Durante 7 años no constábamos como víctimas de maltrato y encima en la documentación sí constaba que él nos pasaba 750 euros de pensión, aunque no lo hacía. Así que nos han denegado estas ayudas las tres veces que las hemos solicitado", afirma la madre.
Emborrachar a un padre
La hija mayor empezó a trabajar en un bar en cuanto tuvo edad para hacerlo. "Pues ahí tenía a mi padre, en la terraza del bar, esperándome para que le sirviera los chupitos. Para que le emborrachara yo. Muy duro. Y encima cuando me acercaba, me insultaba por lo bajito. Zorra, guarra... y bien sonriente. Fui al dueño a decirle que no quería servir a ese hombre y tuve que contarle por qué no quería hacerlo. Pero ni así", explica la hija mayor, en una de las tantas vivencias dramáticas que narran.
La obligación de dar explicaciones (por las heridas que no cicatrizan o ante determinadas circunstancias) es una "tortura" en la que coinciden las cuatro. "Es horrible tener que explicarle a todo el mundo que eres víctima de violencia machista, que tu padre te ha maltratado y que tal vez por eso, te comportas de una determinada manera. Tenemos secuelas y lo sabemos. Hemos vivido algo muy grave y hemos tenido que explicárselo a todo el mundo. A los profesores, a la asistente social, a las madres del colegio, al jefe, a los vecinos, a los compañeros, al médico, a la trabajadora de la búsqueda de empleo... Una vida entera dando explicaciones sobre cosas muy íntimas. Y encima nos hemos sentido juzgadas. Me han llamado del colegio porque la pequeña faltaba a primera hora. Pues oye, mira, es que este fin de semana ha tenido visitas con los abuelos paternos y ha vuelto destrozada, con pesadillas, y ha pasado la noche fatal. La trabajadora social ha venido a abrirme la nevera, a ver qué tenía o qué no tenía; a escudriñar las cuentas. Me han juzgado por mi aspecto, por cómo visto. Que no parecía una mujer maltratada, me han dicho", afirma la madre con resignación. Y es que la madre es una mujer guapa. Y con estilo. Nos recibe en chándal y desprende luz. Y eso que lleva décadas en la sombra.

La madre desprende luz, pese a haber vivido en la sombra. / Loyola Pérez de Villegas.
Las únicas explicaciones que la madre y las hijas han dado a conciencia fueron las del juicio penal. Tardó 7 años en celebrarse y hasta llegar a ese momento tuvieron que dar su testimonio "decenas de veces a decenas de personas". No hubo cámara Gesell para ellas. No saben ni lo que es. Recibieron la sentencia firme con alivio. La hija mayor tenía ya 20 años, la mediana 17 y la pequeña, 9. La condena data del 4 de marzo de 2024 y es por un "delito de maltrato habitual, maltrato en el ámbito familiar y un delito de amenazas en el ámbito familiar". En total, el maltratador debía cumplir dos años y medio de prisión y tres años y medio de prohibición de comunicación con las víctimas. Además de una indemnización de 2.000 euros para la hija mediana y de 1.000 euros para la mayor. "Cada hostia que me ha dado mi padre le ha salido a 0,69 euros", dice la hija mediana con resignación.
Condenado a más de dos años de cárcel, pero sin entrar a prisión
A pesar de que las distintas condenas suman más de dos años de prisión, el maltratador no ha pisado la cárcel. "La abogada nos dijo que tuvo arresto domiciliario", explica la madre. La orden de alejamiento expiró cuatro meses después de la sentencia y el padre maltratador decidió incumplir, una vez más, los acuerdos establecidos y contactó con su hija mediana por teléfono. "Llamó a la mediana por teléfono para decirle que ya no tenía orden de alejamiento. La llamó a ella porque sabe que es la que mas secuelas arrastra, porque también ha sido la que más palizas ha recibido", explica la madre. Meses después, le mandó un vídeo amenazador a la hija mayor por redes sociales. La guardia civil volvió a poner en marcha el procedimiento de orden de alejamiento. La tienen hasta 2030 y en febrero de 2026 habrá, de nuevo, dos juicios: uno por este motivo y otro porque ha seguido (y sigue) sin pagar un euro por la manutención de sus hijas.

La hija mediana muestra una de las agresiones que sufrió a manos de su padre. / Loyola Pérez de Villegas.
Las tres mujeres cuentan cosas terribles. Episodios tremendos. Puro terror. Vivencias que ahora verbalizan sabedoras de que no son ellas quienes deben avergonzarse. No las detallaremos. No es necesario explicar lo que les hizo el monstruo para saber que las ha marcado de por vida.
También coinciden en las secuelas. "Ver invadido el espacio personal o cosas tan simples como estar con gente pasada de alcohol. Hasta ver un bote de cerveza de la marca que él consumía nos afecta", explica la hija mayor que, junto con la madre, coinciden en señalar a la hija mediana como la que arrastra unas mayores secuelas clínicas del maltrato. "Quería una indemnización grande para poder pagar las terapias de la mediana, pero las pagaremos como podamos", asegura.
La madre no quiere finalizar el reportaje sin darle las gracias a la Guardia Civil (antes, durante y después) y sin explicar lo que ella cambiaría del sistema de protección. "Un juicio con menores no puede tardar 7 años en salir. Nos hemos quedado las cuatro en el olvido, sin ayudas económicas, sin ayudas psicológicas, sin ayudas de ningún tipo... porque no ha habido una resolución rápida. El sistema debe ser flexible en función de las necesidades y carencias de cada momento. Porque no son las mismas. Los primeros días lo que necesitas es reafirmarte y seguridad. Solo seguridad. Los del medio necesitas reafirmarte en la historia, eliminar culpas y vergüenzas. Y la tercera fase, que es la reinserción hace aguas totalmente. Ellas son jóvenes pero ¿yo? Me he reinventado mil veces. He rellenado miles de formularios. ¿En 'su último trabajo' que pongo? ¿Cuándo tenía 25 años? El Estado debería tener determinadas plazas fijas en distintas empresas. Plazas que desgravaran o no pagaran la seguridad social y que fueran rotativas. Porque así, cuando vuelves a la vida laboral entras en una empresa y recuperas poco a poco tu vida en esa primera fase que dura unos meses. Es que no te sabes ni comunicar. Y cuando ya estás más rodada, pasas a otra empresa, en la fase B, otros meses. Y luego a una tercera empresa, otros tantos meses. Y así ya estás más preparada para volver por tu cuenta al mercado laboral porque ya has trabajado un par de años. Como está planteado hoy es imposible. Las instituciones no son malas, pero están mal proyectadas", afirma la madre.

La madre y las hijas, supervivientes del maltrato. / Loyola Pérez de Villegas.
Hay que finalizar el reportaje acordando cómo hacer las fotografías. Descartamos dar la cara y los nombres, aunque las protagonistas de esta historia sí quieren hacerlo. "Nos gustaría que todo el mundo supiera lo que nos ha pasado porque esto es un pueblo y aquí nos ha juzgado todo el mundo", explican. Sin embargo, optamos por el anonimato. Quieren salir las cuatro. Y la madre resume el porqué: "Esta no es mi historia. Esta es nuestra historia. Porque aquí no se ha librado ni una".
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