La difícil tarea del “asustaviejas”

Marcha por el Clima durante la COP30 de Belém, en Brasil / Thorsten Holtz/dpa
Juanjo Villena
Deben parar. No puede haber más conferencias de las Naciones Unidas sobre el cambio climático si quienes participan en ellas, en gran parte, no quieren llegar a acuerdos que sean sustanciales para cambiar el rumbo de la Tierra. En la última COP30 de Belém, en Brasil, la lista de carencias es casi tan numerosa como la de avances en favor de la sostenibilidad.
En materia de resiliencia sí que ha habido buenas noticias. Se acordó aumentar la financiación climática, movilizando hasta 1,3 billones de dólares anuales antes de 2035 para apoyar, entre otras cosas, la adaptación al clima sobre todo en los países en desarrollo. También se ha puesto énfasis en hacer nuestras actividades más sostenibles y en la necesidad de seguir con la transición energética, teniendo muy buenas palabras para la energía limpia y un silencio siniestro ante el abandono de los combustibles fósiles.
Tampoco podemos negar la mayor. Dejar el carbón, el petróleo y el gas natural supondría hoy en día renunciar a bastantes cosas. A las comodidades de una vida que ha sido diseñada para convivir con ellos casi ad infinitum. Las alternativas implican tiempo, más dinero y numerosos ajustes en el transporte, la calefacción, la industria y la agricultura que pueden resultar incómodos. Debemos usar mucho más el transporte público, renunciar a la comodidad de coger el coche para ir a por el pan y a eso de repostar en un minuto. Tenemos que consumir alimentos de temporada, productos de proximidad, y pasar olímpicamente de la ropa barata del ‘Black Friday’. Hay que reutilizar.
Es mucho más cómodo no hacer nada, claro. Pero resulta que el inmovilismo de hoy está alimentando los problemas del mañana. Supone respirar un aire más contaminado o consumir comida que se produce en masa a cualquier precio, cruza océanos para llenar la nevera y contiene microplásticos. También enfrentarse a fenómenos meteorológicos cada vez más extremos, que nos quitan el agua con sequías abruptas y nos la devuelven de golpe con tormentas colosales; que nos sofocan en verano y hacen florecer a nuestros árboles a destiempo en invierno.
Hay partidos políticos y poderes fácticos que están alimentando la pereza de dar el paso, por su negacionismo confeso. Y últimamente quienes abogan por tomar medidas no predican con el ejemplo, se desplazan a cumbres que apenas tienen beneficios o ponen placas solares y aerogeneradores en zonas de alto valor ecológico. Cada vez es más difícil divulgar y movilizar a la gente para hacer lo correcto.
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