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La paradoja del Hubble

El telescopio Hubble, 35 años siendo nuestros ojos en el universo.

El telescopio Hubble, 35 años siendo nuestros ojos en el universo. / EP

Gonzalo Aupí

¿Es posible que el Hubble, uno de los telescopios más potentes jamás creados por el hombre, se convierta en quien peor ve? Suena tan complejo como terriblemente plausible. Y el potencial culpable de esta paradoja no es otro que la evolución y el desarrollo tecnológico desmesurado. Un desarrollo que, en principio, debería servir no solo como palanca para que nuestra sociedad avance, sino también como un motor sostenible que se adapte al planeta, a nuestro entorno y a nuestros cielos. Pues nada más lejos de la realidad.

Un estudio publicado hace unos días en «Nature» plantea la posibilidad de que, en caso de cumplirse y aprobarse el lanzamiento de la enorme cantidad de satélites que muchas empresas han solicitado, más del noventa por ciento de las imágenes del cosmos sufran una enorme contaminación. O, dicho de otra forma: nos quedaremos ciegos.

No deja de ser extremadamente alarmante la involución que estamos padeciendo como especie en este sentido: para mejorar la cobertura queremos perder el cielo; para contaminar menos, queremos talar bosques y permutar árboles por molinos de viento. Y quizá, por triste que parezca, esto deba ser inherente a una sociedad que hace años luchaba por conquistar y explorar los confines del planeta y de nuestro firmamento. La misma que ahora paga por subir «a caballito» al Everest o prefiere ver fotografías de la Luna en redes sociales en vez de hacer algo tan sencillo como alzar la vista.

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