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Lgtbifobia

Harry, superviviente de terapias de conversión: “Me convencieron de que la única salida era la represión”

Denuncia que, durante año y medio, fue sometido a este tipo de pseudoterapias por la psicóloga L.I, que realiza habitualmente formaciones en los colegios diocesanos de València. “Pueden traumatizarnos y llevarnos a terapia, pero jamás nos van a cambiar porque no hay nada malo en nosotros” 

Harry, superviviente de terapias de conversión

Francisco Calabuig

Gonzalo Sánchez

Gonzalo Sánchez

València

La duda se incrustó en el alma de Harry como una semilla de baobab. No fue un acto de violencia física, sino una siembra calculada. “Lo que hicieron esas terapias de conversión fue ponerme una semilla. Como los baobabs de El Principito,” explica Harry, un superviviente que ahora alza la voz contra el daño perdurable que, según su testimonio, le infligió la psicóloga L.I. 

La metáfora es demoledora: “Tenemos que atacarlos cuanto antes porque si no pueden destrozar un planeta,” cita del libro, comparando su propia mente con el frágil hogar del pequeño príncipe. Para él, esa semilla es la pregunta que aún hoy carcome su paz interior: “¿Y si tienen razón?”. Es una plaga interna, un eco constante que siente que “nunca va a terminar,” la cicatriz más profunda de un proceso que le robó “tiempo, dinero y la posibilidad de evolucionar y equivocarme. De ser joven”. 

La búsqueda de la cura para Harry, un chico trans de 30 años, no nació de un conflicto familiar, sino de una profunda vocación. A sus 17 años, su meta era la vida contemplativa: quería ser monja. Bisexual desde muy joven, supo que, para ser aceptado en la clausura, debía anular una parte fundamental de sí mismo. Buscó activamente cómo sanarse. Fue una compañera del movimiento eclesiástico al que él pertenecía quien le puso en contacto con L.I. Durante aproximadamente año y medio, pagó 80 euros por cada sesión, convencido de estar invirtiendo en su ‘salvación’ y en que iba a ‘curarse’ de la bisexualidad. 

Las personas que deseen ofrecer testimonios, datos o cualquier información relacionada con este tema pueden escribir a este periódico dirigiéndose al siguiente correo electrónico: gsanchez@levante-emv.com

Harry, superviviente de las terapias de conversión en València.

Harry, superviviente de las terapias de conversión en València. / Francisco Calabuig

El desmantelamiento de la identidad: AMS y faldas

La terapia, según detalla Harry, era la aplicación clínica del manual de Richard Cohen, uno de los promotores más influyentes de las terapias de conversión sexual en el mundo y cuyas teorías han sido ampliamente desmentidas por el consenso científico. El primer ejercicio fue confesarlo todo a sus padres. Lo que vino después fue el lenguaje de la represión: el término homosexualidad estaba prohibido, tildado de “etiqueta limitante”. Debía usar “AMS” (Atracción hacia el Mismo Sexo), un eufemismo que, paradójicamente, lo confinaba a un estado patológico, a una enfermedad cuya cura era la meta. Y él (ella en aquel momento) quería curarse. Así que entró en un largo exilio interior.

La siguiente directriz fue el aislamiento total. La psicóloga le exigió cortar lazos con “todas las personas LGTB” que conociera, con la frialdad de quien prescribe un antídoto contra el veneno. La comunidad, su refugio, se convertía en el enemigo.

A esto se sumó el esfuerzo implacable por imponerle una feminidad normativa. Harry, que siempre se sintió y se expresó de manera masculina, se enfrentó a la obsesión de I. por los estereotipos. “Me dan ganas de coger unas pinzas y...”, recordaba que le decía L. sobre sus cejas, seguido de insistentes consejos sobre depilación y el uso de faldas. En una conversación crucial, Harry intentó compartir una verdad profunda: su recuerdo de haber querido ser un chico en su niñez. I. lo desechó de inmediato, una negación rotunda que cerró la puerta a cualquier exploración de género, atribuyéndolo simplemente a ser “una persona masculina” que, al rodearse de chicos, solo deseaba ser como ellos. Era un desmantelamiento sistemático de su identidad. 

Harry, superviviente de terapias de conversión en València.

Harry, superviviente de terapias de conversión en València. / Francisco Calabuig

El bloqueo y la tortura del silencio impuesto

El proceso de I. no solo buscaba corregir su deseo, sino aniquilar su capacidad de establecer vínculos afectivos sanos con quienes compartían su lucha. La ‘terapia’ le arrebató la posibilidad de construir una conexión profunda, de encontrar a alguien que realmente lo entendiera en medio de esa vorágine. Cuando Harry intentó, con una honestidad hacia su terapeuta, compartir la intensidad de una relación que había florecido en su entorno de fe, una relación que para él era “increíblemente pura” con otra chica la psicóloga no le dio opción. “Me dijo: ‘vas a bloquearla ahora mismo... delante de mí’”. Un acto de amputación emocional ejecutado en vivo, sin anestesia.

Lo que vino después, describe Harry, fue una tortura prolongada y sutil. La prohibición de hablar o relacionarse, impuesta por L.I , chocaba con la realidad: ambas compartían el mismo círculo de amigos y grupo de oración. Era la condena a la proximidad forzosa y el silencio obligado. Para Harry, este sufrimiento impuesto fue el detonante que poco a poco creció hasta su denuncia: el dolor de haber encontrado una conexión vital y que no les dejaran ser. La terapia se reveló como un sistema diseñado no para curar, sino para deshumanizar.

Harry, superviviente de terapias de conversión

Harry, superviviente de terapias de conversión / Francisco Calabuig

La salida y el desamparo legal

La liberación de Harry llegó cuando se dio cuenta de que aquel esfuerzo monstruoso no daba resultados: estaba “luchando contra sí mismo”. Dejó la terapia, y su salvación, paradójicamente, vino de la cultura pop: los fanfics del grupo musical Fifth Harmony le ofrecieron los referentes positivos que la terapia se había afanado en negarle. Al marcharse, la despedida de I. fue un último ataque: si quería “seguir revolcándose en su propia mierda”, podía hacerlo.

Aunque él pudo escapar, el coste personal fue inmenso. Carga con la culpa de haber recomendado ese entorno a otras personas, viendo cómo el sistema lo consumía. Harry concluye con una certeza: estas terapias no sanan; “generan un trauma” y solo “convencen” al individuo de que la única opción es la represión.

Años después, la búsqueda de justicia se estrelló contra la burocracia y la impunidad. Cuando intentó denunciar formalmente y solicitó sus informes psicológicos, la respuesta de L.I. fue tajante: los informes prescriben a los cinco años y lo que contenían “ya no era relevante”. Sin pruebas físicas de las prácticas sufridas, la denuncia nunca pudo prosperar. Así, el sistema judicial también falló. Pero la secuela más profunda no es legal, sino mental. La semilla del baobab sigue ahí, creciendo, recordándole cada día el planeta que estuvo a punto de destrozar.

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