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Los ‘bistros’ y los ‘muffins’ se comen el valenciano en los barrios más ‘cool’

La gentrificación de Russafa, Cabanyal y Grau ha provocado cambios en el perfil de la población y un retroceso en el uso de la lengua, reducida a menudo a elemento decorativo en rótulos de nuevos comercios

La generación que mantuvo vivo el valenciano va muriéndose y los 'brotes verdes' se aprecian entre nietos que recuperan la lengua de los abuelos y algún extranjero asentado en el barrio

Tina, en la parada 'La botiga de l'ou' en el Mercado del Cabanyal.

Tina, en la parada 'La botiga de l'ou' en el Mercado del Cabanyal. / Germán Caballero

Francesc Arabí

Francesc Arabí

València

El vecino de toda la vida tenía bajo control las caras, vidas y obras que habitaban el universo de su barrio, el que limitaba al sur con la farmacia, al este con el mercado, al norte con la escuela y al oeste con el bar de Manolo. Pero ese orden que consideraba natural empezó a ser reemplazado y un día… Un día se percató de que el cambio era irreversible: un fondo de inversión compró la finca de al lado para convertirla en una colmena de Airbnb. Y una franquicia de ‘bakery’ devoró el horno de la esquina. Los vecinos y las magdalenas se largaron; los nómadas digitales y los ‘muffins’ se instalaron como okupas, disfrazados de modernidad y progreso.

El proceso de gentrificación no solamente ha modificado la fisionomía y hasta el alma de Russafa y los barrios marineros del Cabanyal, Canyamelar y Grau. También ha provocado un retroceso en el uso del valenciano en espacios públicos en los que la lengua autóctona tuvo en el pasado una notable presencia. El crecimiento exponencial de los precios del alquiler y de la vivienda ha acarreado una sustitución de la población y, como consecuencia, una regresión de la lengua en barrios ahora muy ‘cool’. Lo acredita el testimonio de la mayoría de los vecinos que participa en el recorrido de este diario por calles, plazas y mercados de estos barrios del Cap i casal.

Establecimiento del Cabanyal.

Establecimiento del Cabanyal. / German Caballero

Los mayores se van muriendo

La lengua vehicular de la gente mayor ya no es el valenciano. Porque muchos de los vecinos de una generación que la mantuvo han muerto. Otros, han sido desalojados por la turistificación. En Russafa, en mayor medida que en el Cabanyal, el valenciano ha quedado a menudo reducido a elemento decorativo (por ejemplo en las rotulaciones), casi exótico, de la mano del reemplazo del comercio tradicional por hostelería y ocio nocturno. Hay quien ha bautizado ese nuevo tejido económico como 'establecimientos de autor'. Que vienen a ser los de toda la vida pero más caros. El 'Tallat Coffe Roasters' de la calle Barraca es una muestra de esa simbiosis de lo local y lo cosmopolita. Pero solo en la cartelería.

Antes se hablaba más valenciano; claro, la gente se muere"

Pepita tiene 70 años y custodia el mostrador del ‘Horno de San Francisco’ en la calle Vicente Brull, en el Grau. En la fachada no pone ‘boulangerie’ ni ‘since 1945’. Acabará sucediendo, pero, por ahora, 80 años después de abrir al público, este negocio familiar heredado de sus suegros y ya traspasado al hijo, sigue conservando clientela tradicional, a la que se han sumado extranjeros residentes. “Antes se hablaba más valenciano; claro, la gente se muere”. Los mayores van cambiando. Ya no son aquella generación que con toda naturalidad explicaba que mañana “anem a València”. Porque ellos, en València, lo que se dice en València, no estaban.

El paralelismo granota

Los hijos, los mayores de hoy, forman parte de una generación que desertó de la lengua materna. En cambio, los nietos, la recuperaron en parte. Ana Pastor, hija de los dueños de la Farmàcia Ciurana, confirma este fenómeno. “Sí, la gente más joven del barrio parece que habla más valenciano, aunque también depende de quien lo atienda”, explica. En cierto modo, se observa un paralelismo sociológico con lo sucedido entre la parroquia del Levante UD, muy arraigada en el Cabanyal, la cuna del levantinismo. Las calamidades provocaron la desconexión de una generación y la fe granota pasó directamente de abuelos a nietos. Es el mercado.

Cartel del menú de un restaurante del distrito marítimo.

Cartel del menú de un restaurante del distrito marítimo. / German Caballero

Menos banda sonora

El mercado, concretamente el del Cabanyal, sigue teniendo parte de su banda sonora en valenciano. La presencia de la lengua entre pollos, rábanos, encurtidos y rodaballos supera ese 14,7% que dice dirigirse siempre o generalmente en valenciano incluso a las personas que no conoce, según datos del barómetro de la Generalitat sobre “usos personales, profesionales y públicos” de la lengua en la ciudad de València. Un estudio de Plataforma per la Llengua, con datos de 2020, situaba en el 15% la población usaba habitualmente el valenciano en la capital. La lengua entre clientes y vendedores también bate los indicadores sociolingüísticos del barómetro municipal, que radiografía una ciudad en la que apenas un 2% indica que solamente utiliza el valenciano.

En la esquina norte de esta enorme despensa de productos frescos están Tina y Ximo, al frente de la ‘Botiga de l’ou’. “La gente muy mayor habla valenciano; los hijos de esas personas se fueron del barrio”, comenta Tina, quien apunta brotes verdes lingüísticos entre los jóvenes: “sí, parece que se está recuperando entre los jóvenes de 20 años”. Ella misma se pone como ejemplo del paradigma de la rotura de la cadena de transmisión de la lengua. “Mis padres eran valencianohablantes, yo hablé a mi hija en castellano, y ahora, a mi nieta, Mencía, le hablo en valenciano”, comenta orgullosa.

Mis padres eran valencianohablantes, yo hablé a mi hija en castellano, y ahora, a mi nieta, en valenciano"

Aquí casi todos son veteranos de atender con familiaridad al cliente, con guiños de la casa. Un ‘perla’ por aquí, un ‘bonico o bonica’ por allá. Amparo lleva 20 años cortando y pesando carne en ‘Pepe Vicent Conejos’. Sus abuelos ya eran del Cabanyal. Ella atiende indistintamente en las dos lenguas oficiales y observa que el valenciano está mucho más presente entre los mayores y jóvenes que entre las personas de mediana edad.

Amparo atiende a una clienta en el mercado del Cabanyal.

Amparo atiende a una clienta en el mercado del Cabanyal. / German Caballero

Valenciano con acento cubano

El reto de la normalización lingüística depende de los que tienen el valenciano como lengua madre, pero también de quienes se adhieren a la comunidad lingüística por decisión propia. O al menos muestran respeto e interés. Por ejemplo, la cubana Leidy. Llegó hace 25 años a buscarse la vida. Ahora tiene 52. Quienes no la conocen, se dirigen a ella en castellano. Cosas de los prejuicios. Leidy es negra. “Es muy frecuente escuchar a gente en la cola hablando valenciano y cuando les toca me hablan en castellano. Yo les digo ‘pot parlar-me en valencià’”. Porque ella lo entiende y lo escribe con bastante solvencia. Pero no se siente con “confianza” para hablarlo, más allá de algunas expresiones.

Enfrente del mercado, en la esquina con la Avenida Mediterráneo, se vive, como cada mañana, un frenesí de cafés, carajillos y ‘esmorzars’ en el ‘Menjar i beure tio Pepe’. Uno de esos establecimientos que son como una plaza del barrio, pero techada. De esos sitios en los que algunos clientes deberían empadronarse, porque, salvo pernoctar, hacen toda su vida ahí. Entran Virtudes y su hija Amaia, de visita por la zona para “intentar comprar”, una vivienda porque la joven viene a estudiar a la Politécnica el próximo curso y con vistas al futuro. Piden al camarero en “valenciano”. No es habitual aunque en las conversaciones de las mesas se escucha hablar en la lengua autóctona. “Menos que antes”, matiza Virtudes, que conoce el barrio porque trabajó aquí. Hasta hace 20 años.

Amparo no sigue la tradición de los abuelos

A doscientos metros está el 'Pannes Bakery & Coffe', que hace esquina con la calle Just Vilar. Una de las camareras corre de mesa en mesa porque es hora punta. Es del barrio. Nació cuando la gentrificación de la zona se estaba gestando. O sea, cuando la piqueta de la entonces alcaldesa Rita Barberá amenazaba con arrasar unas 1.700 viviendas para prolongar Blasco Ibáñez hasta el mar. Unos padres con visión de futuro la habrían bautizado como Amelie o Susan. Pero quisieron amarrar y la llamaron Amparo. “Mis abuelos hablaban valenciano, mis padres, ya no. Yo, tampoco”, explica. Por su experiencia con la clientela, no considera que el uso de la lengua esté renaciendo entre la gente joven: “Muy poco”.

Quizás Ana tenga la respuesta. Es china de nacimiento y valenciana de adopción. Regenta la ‘Taberna Puerto’, un clásico del Grau. Sus hijos Pablo y Jakai estudian valenciano en la escuela. “Y sacan buenas notas”, dice orgullosa. “Pero lo hablan poco porque no tienen con quién practicar”, lamenta.

Ximo atiende en valenciano desde detrás del mostrador y en la terraza.

Ximo se expresa en valenciano desde detrás del mostrador y en la terraza. / Francesc Arabí

El chino Ximo 'el parla cada dia'

En China nació también Jiang Zhong Shan. Pero solamente se adivina su origen por sus rasgos físicos. Ni siquiera por el nombre. Porque Jiang es Ximo desde prácticamente el día que llegó a València, en 2003. Fue rebautizado por los clientes del restaurante wok en el que trabajaba, en Alfafar. Es Ximo hasta para su esposa, Paola, que vino de Paraguay. Ximo habla el valenciano como si hubiera nacido en la Safor o la Marina.

Jiang Zhong Shan nació en China, hace 22 años que es Ximo y habla valenciano como si fuera de la Marina

El motivo es de lo más extravagante. “En ese trabajo de Alfafar tenía clientes que hablaban valenciano. Un día les pregunté como se decía ‘pedid lo que queráis ya porque voy a cerrar la plancha’. De esa forma evité que mi jefe, que entendía el castellano, se enterara de que yo, con educación, avisaba a los clientes para que no vinieran a última hora”. “A la gente le hacía mucha gracia”, sonríe. Me hablaban en valenciano y yo fui aprendiendo. Hoy, lo habla habitualmente, como propietario de la ‘Cervecería Pinocchio’, en el Grau. A su hijo Aiden, de 4 años, y su hija Lara, de 12, el valenciano se les da bien. Hoy han celebrado en la escuela “la festa de Nadal”, explica Paola.

El ecuatoriano Cristian, en su parada del mercado de Russafa.

El ecuatoriano Cristian, en su parada del mercado de Russafa. / German Caballero

Guanabanas en vez de naranjas

Cuando muere una actividad, se entierra un campo semántico. Si desaparece la “escaldà” en la agricultura, palabras como ‘piló’, ‘pinetell’, ‘sequer’ o ‘canyís’ irán al archivo del nunca jamás. Los cambios sociológicos, por contra, introducen otras variantes. Cristian, por ejemplo, llegó desde Ecuador y montó una frutería en el mercado de Russafa. Lleva siete años vendiendo pitayas, guanabanas y tomates de árbol, entre otros exotismos incorporados a este rincón del mundo. Mientras papara un ‘smoothie’, antes llamado batido, para una pareja holandesa, explica que si bien son los menos, quienes se dirigen a él en valenciano suele ser gente joven.

Vicent abandera la 'normalització'

Si hay alguien que merecería el título de director general de normalización lingüística en Russafa ese es Vicent, que es de Vila-real, pero vive en Faura. Regenta el negocio 'Formatge i més'. Son las diez y media y un joven cliente le da el “bon dia” y le pide “formatge fresc i una peça sencera d’aquell…”. Se llama Bruno y es francés, de Burdeos. ¿Qué está sucediendo? Pues que en este microcosmos constituido por las paradas 89 y 90 de la calle 8 del mercado, se habla íntegramente en valenciano.

Vicent vende quesos y es un divulgador de la lengua desde su puesto en Russafa.

Vicent vende quesos y es un divulgador de la lengua desde su puesto en Russafa. / German Caballero

“La mayoría de los quesos que vendo son valencianos, de las Baleares, catalanes… Todos de origen nacional”. Y todos los clientes, hasta los extranjeros (“alemanes, franceses, holandeses…”) hablan en valenciano porque Vicent no cambia de registro. “Si tu hablas tranquilamente en valenciano la gente hace lo mismo. Hay personas que me dicen que llevaban años sin practicarlo y conmigo lo hablan”, explica. Bruno asiente con la cabeza. Es bibliotecario y lleva un tiempo en el paro. Encima lo echan del piso. “Un fondo de inversión ha comprado la finca”. Vive en carnes propias la gentrificación. “Llegué al barrio hace 14 años, a la calle Cuba y la verdad es que ha cambiado mucho”, comenta.

En la parada de 'Formatges i més' hasta los extranjeros se dirigen a Vicent en valenciano

Otra clienta, Amparo, se vino de Bocairent en 1977. Tiene la sensación de que últimamente la lengua tiene más vigor en Russafa entre la gente joven. “Los mayores que la hablaban ya murieron”, apunta.

Como pasear por París y Londres

En la vecina calle Literato Azorín se encuentra la pastelería Crème Brulee. Como si pasearas por Montmartre. Se escucha el mismo valenciano en el barrio parisino que en este local.

Un clásico de la zona es el 'Ubik Café', una “Librería cafetería” abierta en 2008 y con una clientela diversa y variopinta. Por las mañanas acuden una docena de extranjeros con su portátil para teletrabajar. Por la tarde y noche los clientes son españoles y en su mayoría del barrio. Valenciano se habla poco. Lo corrobora Izaskun, la única empleada valencianohablante. Es de la Vall d’Ebo (Marina Alta) y lleva un año de camarera. Confiesa que en todo ese tiempo la única persona que se le ha dirigido de entrada en valenciano es este periodista. “Cuando escucho que lo hablan en una mesa les digo que se dirijan a mí en valenciano”, comenta. Lo escucha poco, admite.

Al doblar la esquina, en la calle Sueca, hay una hamburguesería ‘gourmet’, ‘The Black Turtle’, a la que acuden mayoritariamente extranjeros. En la barra atiende Pedro Cabrera, un venezolano, de abuela canaria, que muestra interés por la lengua autóctona. Él la entiende, aunque no la hable. Y su esposa, Erika, la está aprendiendo para ayudar a su hijo de 9 años, escolarizado en línea en valenciano.

Lo dicho. Por cada 'bistro' que releva a un bar, por cada 'muffin' que sale del horno, un 'bon dia' entra en el cementerio.

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