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Los padres de la revolución gay en València: "En la primera reunión solo éramos seis"

Los tres fundadores de Lambda València rememoran los inicios del colectivo, entre reuniones semiclandestinas y carteles en la Alameda, y alertan del riesgo que afrontan muchos 'boomers' homosexuales de volver al armario al ingresar en una residencia

Gonzalo, Miguel y Enrique, en la sede de Lambda València.

Gonzalo, Miguel y Enrique, en la sede de Lambda València. / Miguel Angel Montesinos / Miguel Ángel Montesinos

J.M. Bort

J.M. Bort

València

En plenos años 80, aún con lagunas legales para los homosexuales hasta que en 1995 se derogó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, ser gay o lesbiana era una auténtica aventura llena de riesgos. Lo cuentan los tres fundadores de Lambda València casi cuarenta años después de su creación. Cuatro décadas de avances que hoy peligran en un contexto de hostilidad a todo lo que suena a diversidad, a tolerancia, a convivencia. “Yo practico un doble orgullo: el de ser viejo y el de ser gay”, dice Miguel Tomás con una alegría que llena la sede del colectivo, en el barrio de Patraix. Miguel, Gonzalo Carbonell y Enrique García, tres ‘setentones’ en plena forma, hablan con el tono de una vida vivida con coraje, activismo y resistencia, pero sin trazas de victimismo en el discurso. Los tres comparten una mirada cómplice, la misma sonrisa orgullosa que dice algo así como ‘sí, aquí estamos, 40 años después’. Los tres fueron parte del núcleo fundacional de Lambda Valencia, la organización que representa al colectivo LGTBI+ en València tras mucho tiempo de lucha, visibilidad y, también, de golpes y besos robados.

“Cada uno tiene su historia y cada una es un proceso de resiliencia”, coinciden los tres protagonistas, que recuerdan el origen, también, con una mirada de melancolía. “Eran principios de los 80, yo estaba en Barcelona por trabajo, por las tardes me aburría y vi una nota en La Vanguardia que decía: ‘reunión del Lambda’ y allí fui. Me pareció una idea tan fantástica eso de que la gente se reuniera en un piso. Me quedé tan sorprendido y tan gratamente impresionado por ese tema, que cuando volví a València le dije a mi pareja: ‘Vamos a poner un anuncio en el 'Qué y Dónde'’, recuerda Miguel.

Me pareció una idea tan fantástica eso de que la gente se reuniera en un piso. Me quedé tan sorprendido y tan gratamente impresionado por ese tema, que cuando volví a València le dije a mi pareja: ‘Vamos a poner un anuncio en el 'Qué y Dónde'’

Aquel proyecto arranca con el anuncio en la cartelera y una valiente campaña de cartelitos pegados en las farolas de la Alameda, entre corredores ochenteros de running y niños pijos en las previas de Distrito 10 y Jardines, cuando el Parc del Túria aún era un cauce viejo poblado por ratas de medio metro. Gonzalo muestra el dibujo de la portada de un libro y explica: “Sacamos una pegatina con este dibujo en la que yo puse la frase: 'Ser gay es bueno, conócenos”.

Gonzalo, Miguel y Enrique, durante la entrevista.

Gonzalo, Miguel y Enrique, durante la entrevista. / Miguel Angel Montesinos / Miguel Ángel Montesinos

En aquellos años, los de la Transición, ligar era posible en los locales de ambiente (la Balkiss, Emperador o el salón cowboy Dakota), refugios efímeros de una València en erupción. La Brigada 26 (grupo especializado de la Local para combatir el escándalo nocturno), grupos de extrema derecha y la Nacional patrullaban bares, plazas y discotecas, esperando el menor resquicio para usar la porra. La memoria de aquellos tiempos no es solo un conjunto de hechos; es una crónica viva de resistencia. “Si te besabas con alguien, sabías que no podías quedarte mucho tiempo en la calle. Los de la Brigada 26 te esperaban para golpearte y reírse de ti”, recuerda Enrique. “A Greta y a Rampo (las integrantes de Ploma 2, un grupo de kabaret LGTB) las llevaron al río, les pegaron una paliza y las dejaron desnudas”, señala Enrique.

En ese clima de represión y violencia, Lambda Valencia nace oficialmente en 1986. Sus fundadores copiaron estatutos del Institut Lambda (hoy Casal Lambda) de Barcelona adaptaron tradiciones y, sobre todo, construyeron un espacio seguro y legal para la comunidad LGTBI+. A medida que el colectivo crecía, Lambda fue dando pasos hacia una lucha más concreta: la visibilidad, la organización y la protección frente a la hostilidad del entorno. Había que hacer frente a una ciudad que aún no entendía la diversidad. "Pasamos de ser seis personas en las primeras reuniones a más de treinta en poco tiempo", aseguran.

Dar la cara

Las batallas no solo eran públicas. Gonzalo recuerda la doble vida que tuvo que llevar: un cura dominico activista de Lambda. Enrique recuerda armarios cerrados por todas partes: “Salía muy poca gente. Sí, se sabía en en círculos concéntricos, pero a lo mejor en el trabajo no. No lo escondías, pero tampoco lo anunciabas. ¿En la familia? Yo me acuerdo que se lo comenté un día a mi madre y me dijo: «Shhhh, no quiero saber nada. Silencio». “A ver, nosotros no somos necesariamente ejemplo de salir del armario. En mi caso, no ha sido fácil. Hubo un punto clave que fue cuando me casé. Y entonces, si no íbamos los dos a las comidas de Navidad, no íbamos. O sea que no hubo más cojones, ¿no?”, declara Miguel con cierto sarcasmo.

A Enrique, de repente, le viene a la cabeza una anécdota que refleja el ambiente hostil de la época. “Alguien me llamó y me dijo: ‘Oye, ¿quieres ir a Requena a hablar en la radio? Allí que fui y acabándose la entrevista me dice el chico de la radio: ‘Vete ya, que han dicho que vienen a por ti. Cogí el coche y me fui cagando leches’. La mayoría de los homosexuales 'boomers' no han podido vivir con libertad. Han sido llamados vagos y maleantes, enfermos mentales y hasta han tenido que escuchar que la tragedia del sida era un castigo divino a sus 'pecados'.

La mayoría de los homosexuales 'boomers' no han podido vivir con libertad. Han sido llamados vagos y maleantes, enfermos mentales y hasta han tenido que escuchar que la tragedia del sida era un castigo divino a sus 'pecados'.

Entre las vivencias sobresale ahora el paso de Miguel por Mozambique como médico sin fronteras. En ese contexto, alguien le dijo: “¿Tú eres el médico homosexual, verdad?”. Aquel comentario le hizo pensar en cómo la sociedad etiqueta constantemente a las personas. “Me dije: ‘joder, qué plumón debo tener”, bromea Miguel más allá de la reflexión del eterno juicio al otro.

El estigma y el sida

La emergencia sanitaria del sida, que azotó la comunidad LGTBI+ en los años 80 y 90, también marcó el trabajo de Lambda. El nombre de la doctora Concha Santos, una avanzada para la época, sale en la conversación. Responsable del Centro de Información y Prevención del Sida (CIPS), fue un pilar de confianza en medio del caos, la cuerda que medió entre las autoridades y aquellos que temían hacerse la prueba del VIH y otras enfermedades de transmisión sexual. “Muchos no querían hacerse la prueba. Había que darles confianza, era un acto político y comunitario”, explica Enrique. “En aquellos años, si te ponías un condón en una relación, te señalaban”, recuerda.

La doctora Concha Santos, en su despacho del CIPS antes de jubilarse.

La doctora Concha Santos, en su despacho del CIPS antes de jubilarse. / Miguel Angel Montesinos / EDUARDO RIPOLL

Como ejemplo de aquella estigmatización, Gonzalo recuerda el tríptico del sida que publicó la Consellería de Sanidad: “Recomendaba no relacionarse con los grupos de riesgo, entre los que estábamos los homosexuales. Fui a dar la cara, me quejé y retiraron el tríptico. La conversación fue en un bar detrás de consellería y me confesaron que esperaban a una ‘loca’ pegando gritos. Y entonces me puse a reír. Eso era dar la cara. Ahí nos encontrabas a nosotros. Dando la cara”, enfatiza Gonzalo con una expresión de orgullo dibujaba en su cara.

Salir del armario, un acto de valentía cotidiana, era una decisión que no se tomaba a la ligera. Gonzalo tardó décadas en confesar su orientación a sus hermanas, y nunca lo hizo con sus padres. “Para darles un disgusto, mejor me callo”, recuerda, capturando la complejidad de las decisiones de visibilidad, el miedo al rechazo y la carga emocional que llevaban consigo. La historia de Gonzalo merece un capítulo aparte. Un religioso, hoy ateo convencido, en un laberinto de contradicciones morales.

La conversación fue en un bar detrás de consellería y me confesaron que esperaban a una ‘loca’ pegando gritos. Y entonces me puse a reír. Eso era dar la cara. Ahí nos encontrabas a nosotros. Dando la cara”,

La clave, subrayan los fundadores de Lambda Valencia, sigue siendo la normalidad: “Si tú das normalidad, recibes normalidad”, cita Miguel a Fernando Lumbreras, el primer presidente de Lambda Valencia, ya fallecido, que promulgaba una existencia plena, sin disimulos ni cortapisas.

Volver al armario

Hoy, los fundadores de Lambda también reflexionan sobre la vejez y los desafíos que enfrentan las personas mayores LGTBI+. En las residencias, muchos se ven obligados a volver al armario por miedo a la discriminación. La falta de recursos económicos es otra barrera que limita la dignidad de vivir en la vejez. “El problema económico y social sigue marcando la vida de muchos mayores”, dice Gonzalo, subrayando que la visibilidad es también una cuestión de derechos y libertad.

Lambda, hoy más que nunca, es historia viva. La memoria de aquellos bares clandestinos, de las fotocopias pegadas en farolas, sigue presente en cada rincón de València. Y cada historia de resistencia es un recordatorio de que ser visible no solo es un derecho, sino un acto de coraje.

Gonzalo, Enrique y Miguel sonríen de nuevo, con su doble orgullo intacto: ser gay, ser viejo. Ser visible, ser valiente. Ser un ejemplo de dignidad en un mundo otra vez en decadencia.

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