Perfil
Los primeros 80 de Pérez Casado, el alcalde al que no le gustaba el fútbol
Colaboradores y periodistas que lo conocieron en su primera legislatura como alcalde lo recuerdan como un intelectual, cercano y con preocupación medioambiental

Ricard Pérez Casado, Ciprià Císcar y Rafael Blasco. / Levante-EMV

Parecía que la imagen no iba a darse nunca, pero finalmente ocurrió. Y pasó mucho más desapercibida de lo que se esperaba. En agosto de 1980, el entonces alcalde Ricard Pérez Casado visitó Mestalla, por fin. No solo eso: presenció un Trofeu Taronja. Se podría decir que se “tragó” un Trofeu Taronja, porque, coinciden quienes trabajaron con él en aquella época, colaboradores y periodistas, al alcalde no le gustaba el fútbol. Al fútbol tampoco le emocionaba al alcalde: en su camino al palco del estadio valencianista, pasó prácticamente desapercibido entre los aficionados.
Pérez Casado prefería leer, escribir y estudiar a fondo proyectos de importancia medioambiental como la conversión del antiguo cauce del río Turia en el jardín lineal más extenso de Europa. Periodistas de la época que lo conocieron bien en el periodo entre el 79 y el 83 coinciden: era culto, amable, sensible en el trato y cordial. La vida cultural de València le interesaba. El deporte rey, no tanto.
Un Trofeu Taronja
Las crónicas de personas que vivieron en primera línea la información municipal de la época aseguran que el munícipe nunca había ido a un campo de fútbol antes. Probablemente, añaden, pocos partidos habría visto enteros en su vida. Tampoco tenía relación con los presidentes de los clubes de la ciudad, ni con quienes movían los hilos de la vida deportiva. Pero en 1980, se dio cuenta de que tenía que acercarse a esa realidad, que ganaba adeptos a pasos agigantados. Fue él mismo quien preguntó a algunos de sus colaboradores cómo podía visitar Mestalla. Era el Valencia de José Ramos Costa como presidente y Salvador Gomar como gerente. Así que, en agosto del 80, fue a ver un Trofeu Taronja. Estas mismas fuentes creen que lo más probable es que el alcalde, al que solo prestó atención a su llegada un policía de paisano, se aburriera soberanamente.
Aún tardó más en estrechar lazos con el Levante UD. De hecho, no fue hasta el 28 de abril de 1988 que el alcalde visita por primera vez las instalaciones del club. Entonces, el presidente del Levante, Ramón Victoria, le impuso la insignia de oro y brillante del Club, y se firmó un acuerdo de colaboración por valor de 13.450.000 pesetas para invertir en mejoras en el campo y alrededores.

Ricard Pérez Casado en una fotografía tras una entrevista por el décimo aniversario de la Copa América de Vela. / Eduardo Ripoll
El Mundial del 82, otra vez el fútbol
Lo cierto es que el fútbol no paraba de perseguirle en aquellos primeros años de mandato. En 1982, viajó a Madrid al sorteo del Mundial. Quienes lo acompañaron creen que probablemente le hizo más gracia que lo confundieran con Txiki Benegas durante la comida en un restaurante vasco que el resultado deportivo del viaje: València fue escogida como sede de la Selección Española en la fase de grupos del Mundial. Otra vez, el fútbol.
No era una ocasión cualquiera. La corporación municipal recibió, con todos los honores, a toda la Selección Española en el consistorio. Pérez Casado, aseguran compañeros y colaboradores de la época, no conocía a ningún jugador. De hecho, se le preparó un dossier con los nombres y apellidos y fotografías de todos, que se estudió concienzudamente y se consiguió aprender. De hecho, durante la recepción llamó a todos por su nombre de pila, un detalle que sorprendió a los propios futbolistas.
Un alcalde de visita en prisión
Ese reducido interés por el deporte contrasta con el apasionamiento que mostró con otras manifestaciones de la vida de València. Cuando en 1981 se enteró de que el fotógrafo Francesc Jarque, amigo del propio alcalde, había sido detenido, procesado y condenado por no entregar imágenes de una manifestación ecologista en Valencia que no había sido autorizada, decidió ir a visitarlo a prisión.
En la cárcel, se interesó por el estado del detenido, que solo le dijo que necesitaba más ropa. Así que Pérez Casado se fue directo a casa de Jarque, recogió ropa que le dio su familia y volvió para dársela, ante la sorpresa del director y subdirector de la Cárcel Modelo.
El 9 d’Octubre y el 23F
Se vivían momentos convulsos. En el 9 d’Octubre de 1979, esa tensión se veía en la calle, donde grupúsculos violentos camparon durante horas durante la procesión cívica en los alrededores del Ayuntamiento. En ese recorrido, el alcalde fue agredido hasta en tres ocasiones. Reaccionó, como muchos valencianos, con indignación.

Antonio Tejero, pistola en mano en el Congreso durante el 23F. / Redacción Levante-EMV
Pero el día en que más contuvo el aliento fue el 23-F, día del golpe de Estado, cuando los tanques salieron a la calle en València. Después del discurso del rey emérito, Pérez Casado se instaló en el edificio consistorial para seguir la última hora. Según testigos presenciales, en Alcaldía había concejales de la UCD, el PCE y periodistas que cubrían información municipal. La tensión era máxima cuando se recibió una llamada de Capitanía General, en la que la gente de Milans del Bosch amenazó con bombardear el edificio del Ayuntamiento si no se desalojaba. En ese momento, estos mismos testigos aseguran que las torretas de los tanques que rondaban Correos y que hasta el momento estaban bajadas, subieron para apuntar a la casa consistorial. No hubo inconscientes: la reacción general fue esconderse.
Ese mismo despacho de Alcaldía era el escenario habitual de unos contactos con la prensa local que en nada se parecen al organizado sistema actual de convocatorias a medios, jefes de prensa y declaraciones grabadas en vídeo. Periodistas que cubrían información municipal en la época recuerdan el procedimiento habitual de lo que hoy sería una rueda de prensa: en una mesa redonda del despacho del alcalde, periodistas y políticos compartían asiento. Un concejal ordenaba las preguntas y los medios preguntaban, uno a uno, con el alcalde sentado a su lado. Si algo se quedaba en el tintero, no era raro que los periodistas localizaran a Pérez Casado por teléfono en su número de casa. Los redactores de principios de los 80, testigos de una forma de hacer que se ha perdido, recordarán estos días mil conversaciones en torno a esa mesa de despacho. Algunos podrían asegurar que, a pesar de la cercanía con el primer edil y de la cordialidad de este con la prensa, casi ninguna de esas conversaciones trataban sobre fútbol.
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