La “esclavitud moderna” de las empleadas del hogar: el otro abuso en el caso Julio Iglesias
Muchas mujeres, sobre todo migrantes y a veces sin documentación, trabajan sin contrato y sufren jornadas maratonianas, coinciden sindicatos y ONG

Una empleada de hogar plancha una camiseta, en una foto de archivo / EP

Además de los abusos sexuales, la denuncia contra el cantanteJulio Iglesias por parte de dos mujeres que trabajaron como empleadas domésticas en residencias del artista en el Caribe ha sacado a la luz otro tipo de abuso del cantante. Sus empleadas han denunciado explotación y violencia laboral, una realidad que reconocen muchas de las mujeres que trabajan en el sector del hogar y los cuidados. Unas condiciones que, reconocen sindicatos y asociaciones que conocen bien la realidad de este tipo de empleos, los asemejan a una “esclavitud moderna”.
Según la investigación sobre Iglesias, las mujeres que también denunciaron violencia sexual eran jóvenes migrantes de República Dominicana y Venezuela que aceptaron el trabajo porque tenían escasa alternativa económica. Eran dependientes económicamente de ese empleo, sin otras redes de apoyo y denunciaron, entre otras cosas, que no existían contratos de trabajo formales con protección legal, lo que aumentaba su precariedad. Su caso es un ejemplo de lo que viven, día a día, miles de mujeres. Una situación que se agrava cuando la trabajadora es una persona migrante en situación administrativa irregular o trabaja interna.
Un sector feminizado preso de la economía sumergida
“Es una realidad incuestionable que las condiciones laborales de las trabajadoras del hogar en todo el mundo son altamente precarias, y el caso español no es una excepción”, reconoce Empar Pablo, secretaria de Dones i Igualtat de CCOO PV. Es, cree, el sector más feminizado, y suelen trabajar en él mujeres vulnerables, tanto españolas como migrantes. Además, “presenta un alto nivel de trabajo sumergido”, a pesar de los intentos administrativos y gubernamentales por una mayor regulación, hay poca representación sindical y sigue siendo un empleo poco valorado económica y socialmente. “Todo ello da como resultado la imposición de condiciones laborales que en muchos casos están cerca de la esclavitud moderna, especialmente en el caso de las trabajadoras internas”, resume Pablo.
“El hecho de que se desarrolle en los domicilios, donde su inviolabilidad salvo autorización judicial impide la correcta labor de vigilancia e inspección, dificulta su protección”, considera la sindicalista. Así que, tras las puertas cerradas de las casas, abundan las vulneraciones de los derechos laborales.
Jornadas de hasta 100 horas
Desde CCOO apuntan las más frecuentes: desde jornadas que no cumplen la duración máxima, con jornadas que pueden superar las 100 horas semanales y sin reconocimiento de horas extraordinarias, a la infracotización, con contratos a tiempo parcial cuando en realidad están a tiempo completo. Además, es frecuente que se incumplan los descansos diarios y semanales, a lo que se suman dificultades para acceder a permisos y derechos, incumplimientos del derecho a tener como mínimo 30 días naturales de vacaciones anuales, despidos cuando las trabajadoras se quedan embarazadas o tienen enfermedades, poca o ninguna prevención de riesgos laborales o situaciones de acoso y agresiones sexuales. “Y si ya es difícil probar agresiones sexuales en el ámbito laboral por la falta de pruebas, esto se agrava cuando se producen en el ámbito del hogar”, añade Empar Pablo.
Todos esos abusos laborales, cuando se producen, se agravan en el caso de las trabajadoras internas, que viven en el lugar donde son explotadas laboralmente. En este subsector de los cuidados, abundan las mujeres migrantes, y en muchas ocasiones en situación administrativa irregular, que son las que más necesidad tienen de mantener el trabajo a toda costa, incluso soportando abusos, explica Pablo. “Esto les lleva a una nula libertad en sus decisiones por el miedo de ser despedidas, y las consecuencias que ello implica, por lo que se someten a condiciones laborales que la mayoría de personas trabajadoras no toleraríamos”, asegura.

Una empleada del hogar haciendo una cama / Gustavo Santos
Es un círculo vicioso: la propia naturaleza del trabajo del hogar dificulta que se puedan organizar sindicalmente. Por eso, desde el sindicato exigen la plena equiparación de derechos laborales y de Seguridad Social, de forma que se consolide este sector en el Régimen General, además de la elaboración de un catálogo de puestos de trabajo dentro del domicilio que identifique claramente tareas, competencias, conocimientos y habilidades. También piden que se pueda registrar las jornadas con garantías y la puesta en marcha de un plan de actuación específico y permanente de la Inspección de Trabajo para que la administración, de oficio, garantice el cumplimiento de los derechos laborales
“Los cuidados están sostenidos sobre mujeres migrantes”
Cecilia Villarroel es la directora del SJM València, el servicio jesuita de ayuda a personas migrantes. Dentro de esta organización, ha armado un grupo de acompañamiento de mujeres, entre las que abundan las mujeres migrantes que trabajan en el sector de los cuidados y el hogar. Muchas de ellas, advierte, han venido a España con su título universitario bajo el brazo, pero el bloqueo de las homologaciones y la falta de papeles de muchas de ellas las desvía al sector de las trabajadoras del hogar.
“Como algunas mujeres no tienen documentación, no se les hace ningún tipo de contrato y eso genera situaciones de poco seguimiento; no hay un contrato que diga horarios, horas de descanso ni condiciones laborales”, explica Villarroel. Hay, dice, muchas mujeres trabajando “de lunes a lunes”.
No solo porque tienen que pagar un techo, con la escasez y dificultades de acceso a la vivienda en las ciudades, sino también porque, incluso las que consiguen iniciar los trámites para obtener la residencia o la nacionalidad se ven abocadas a procesos burocráticos larguísimos y de resultado incierto.
El contrato, una “herramienta para defenderse”
Por eso, Cecilia sabe que un contrato es “una herramienta para defenderse”, algo a lo que acogerse frente a potenciales abusos o excesos. “Cuando no existe eso, la relación laboral se da solo de palabra”, advierte Villarroel, que recuerda que se pueden firmar contratos de manera privada entre empleador y empleado, “llegar a acuerdos”, como forma de evitar la precariedad total.
Coincide Villarroel en que la peor parte se la llevan las trabajadoras internas, sobre todo las que compatibilizan limpieza y cuidados. “Son mujeres que están al cuidado de personas mayores y, además, del orden y limpieza de la casa, y por la noche tienen que estar atentas a la persona mayor que puede tener problemas de salud o dependencias, lo que lo convierte en un trabajo de 24 horas”, concluye.
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