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Educación

La burbuja del alquiler ya expulsa a los universitarios de València: “Me planteo dejar la carrera”

El precio de las habitaciones en la capital se dispara un 180% en una década, rompiendo el ascensor social y obligando a los alumnos a elegir entre el agotamiento físico o abandonar la carrera y pasarse a la FP. El derecho a la vivienda cercena el derecho a la educación

Universitarios preparando exámenes en la biblioteca de Tarongers de la UV.

Universitarios preparando exámenes en la biblioteca de Tarongers de la UV. / Loyola Pérez de Villegas Muñiz

Gonzalo Sánchez

Gonzalo Sánchez

València

El despertador de Candela Castelló suena en Alzira a las cinco y media de la mañana. Una hora después, a pocos kilómetros, en Benifaió, arranca la jornada de Ainna Ballester. Las dos son estudiantes de Magisterio en la UV, cuya jornada universitaria no empieza en una biblioteca, sino en el andén de una estación.

Para estas jóvenes, el éxito académico ya no depende exclusivamente de los "codos" o la inteligencia, sino de la puntualidad de un sistema de Cercanías que suele fallar en el momento más inoportuno. Candela se enfrenta a cuatro horas diarias de trayecto. Ainna, a más de tres. "Para llegar a la facultad tengo que coger el tren, luego el metro y finalmente el tranvía", explica Ainna. Entre trayectos, esperas y transbordos, su día se consume en el andén. "Llegaba un punto en el que el cansancio era tal que mi cuerpo decía basta; simplemente no podía venir todos los días", confiesa Candela. Es la cruda realidad de una generación que ha convertido el vagón del tren en su sala de estudio. "A veces el tren va tan lleno que ni siquiera puedes sentarte para abrir un libro", cuenta Ainna. Mientras otros descansan en su habitación al lado del campus, otras repasan apuntes de pie.

Ninguna de ellas lo hace por gusto, sino porque la burbuja del alquiler ha convertido las habitaciones para estudiantes en un lujo que cada vez menos se pueden permitir. Candela y Ainna son dos caras de un mismo drama que nombró la rectora Mavi Mestre en la apertura del curso académico de este año. "El derecho a la vivienda supone un problema específico de las comunidades universitarias que se enfrentan al encarecimiento de los alojamientos de los estudiantes", dijo la rectora ante una sala llena de autoridades y catedráticos.

Valencia . Campus de Vera . Selectividad .UPV Universitat Politecnica de Valencia . Escuels Tecnica Superior de Arquitectura ETSA . Inicio de las pruebas de selectividad con la presencia de la vicerrectora de Estudiantes y Emprendimiento Esther Gomez. EDUCACIÓN . EXÁMENES DE LA PAU ( PRUEBAS DE ACCESO A LA UNIVERSIDAD ) . AULAS DE LA UPV . SELECTIVIDAD . ESTUDIANTES DE 2º BACHILLER

Estudiantes de la UPV en el campus de Vera. / JM Lopez

La década donde dormir se volvió un lujo

La evolución del mercado inmobiliario en València durante la última década no es una curva, es una pared vertical. Lo que antes eran barrios tradicionalmente estudiantiles y vibrantes, como Benimaclet, Aiora, Amistat o las inmediaciones de Blasco Ibáñez, se han transformado en zonas de exclusión. Según datos cruzados de portales como Idealista y el Observatorio de la Vivienda de la UPV, el alquiler de una habitación ha dejado de ser un trámite para convertirse en una barrera de clase infranqueable.

Las cifras hablan por sí solas. En el curso académico 2014/2015, una habitación estándar en un piso compartido en estas zonas rondaba los 170 euros. Era una época en la que un estudiante podía subsistir con una beca media y un pequeño apoyo familiar o un trabajo de fin de semana. Hoy, en el inicio de 2026, esa misma habitación —muchas veces sin reformas y con un mobiliario de hace décadas— ha escalado hasta los 480 o 500 euros, sin incluir los gastos de luz, agua e internet.

Ainna Ballester relata su frustración tras meses de búsqueda infructuosa: "Te encuentras ofertas indignantes, habitaciones de apenas dos metros cuadrados donde apenas cabe la cama y una mesa coja, y te piden 400 euros como si fuera un favor". Este incremento del 182% en diez años choca frontalmente con la parálisis de las becas MEC y la precariedad de los salarios juveniles. La conclusión de Candela es demoledora y pone en duda la eficacia de la educación pública: estudiar en la Universitat de València pagando un alquiler le costaba prácticamente lo mismo que matricularse en una universidad privada en su propia localidad. El sistema ha fallado cuando la "pública" solo es pública para quien ya vive en la ciudad o tiene recursos para pagar el "peaje" inmobiliario. La estudiante explica que, incluso, tiene conocidos que se han tenido que dejar la carrera o que se lo plantean.

Aula en el campus de Tarongers de la UV

Aula en el campus de Tarongers de la UV / Miguel Angel Montesinos

Dar clase pendiente del reloj

Esta precariedad no se queda en la calle; entra en las aulas y contamina el proceso de aprendizaje. Maria Josep Cascant, profesora de Magisterio en la UV, es testigo directo de esta erosión. "Las alumnas miran cada vez más el reloj. El viernes, por ejemplo, es habitual ver cómo muchos tienen que salir corriendo media hora antes de que termine la lección porque si pierden ese tren, llegan a sus casas dos horas más tarde", explica.

Este absentismo forzoso está degradando la calidad de la enseñanza. Muchos alumnos deciden no acudir a la facultad si solo tienen una clase ese día, porque el coste del billete y el tiempo de viaje no compensa la formación recibida. Y por el camino, se pierden una bonita etapa de sus vidas: "Se pierde la vida en la cantina, el debate después de clase, el conocer a gente que no es de tu aula... se pierde la esencia misma de la universidad, que no es solo aprobar exámenes, sino madurar como ciudadano", lamenta Cascant.

La profesora señala que el problema es un "indicador fuerte" de una sociedad que se rompe por las costuras: si los estudiantes, que son el futuro cualificado de la ciudad, no pueden acceder a ella, ¿Qué esperanza queda para los jóvenes con empleos precarios o estudiantes de FP?

Facultad de Economía de la Universitat de València (UV), en imagen de archivo

Facultad de Economía de la Universitat de València (UV), en imagen de archivo / Levante-EMV

Ética rentista frente a derechos sociales

Pero el daño no es solo académico, es profundamente humano y vital. Ainna Ballester sueña con la independencia, con esa etapa de compartir piso, responsabilidades y amistades que define la transición a la vida adulta. "No tenemos otra opción. Nos están robando una etapa vital porque no hay viviendas asequibles", denuncia. Para la joven de Benifaió "ser rentista no debería ser un trabajo. No se puede ganar la vida a costa de perjudicar a gente que lo único que quiere es estudiar o trabajar en València".

Candela critica que la vivienda se haya convertido en un producto de inversión donde se prioriza la rentabilidad del propietario sobre el derecho habitacional del estudiante. "Sientes que partes con desventaja; mientras unos pueden dedicar esas tres horas diarias a estudiar o simplemente a descansar, nosotras llegamos a casa agotadas, sin ganas de nada, sabiendo que mañana a las seis empieza el mismo calvario otra vez".

El ascensor social no se ha parado, pero va más lento

La crisis habitacional estudiantil es, para Cascant, el canario en la mina: "El ascensor social se está ralentizando", advierte la docente. "En la época de nuestros padres el salto era rápido, pero ahora es mucho más difícil. Vamos hacia una línea en la que la gente sin recursos no podrá acceder a las grandes universidades públicas o tendrá que optar por segundas opciones, como la educación online o centros privados en la periferia, porque no pueden permitirse vivir donde se genera el conocimiento".

El resultado es una ciudad fracturada. Mientras los barrios del centro y las zonas universitarias se llenan de pisos turísticos o de residencias de lujo que rondan los 900 euros -oasis para pudientes o extranjeros-, los estudiantes locales son empujados a la periferia del área metropolitana.

València se encamina hacia un modelo de ciudad escaparate, un decorado brillante para el turista y el inversor donde los futuros maestros, ingenieros o médicos son visitantes diurnos, trabajadores o estudiantes "de paso" que se van a los pueblos cuando anochece. La burbuja de los alquileres está hipotecando el mañana de la capital del Turia.

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