Pensiones
«Las prejubilaciones no son siempre el paraíso»
El sociólogo José Lorente analiza en su tesis cómo la salida anticipada del mercado laboral puede convertirse en un sistema de exclusión social

Jose Lorente ha escrito una tesis doctoral sobre las prejubilaciones como sistema de exclusión / Germán Caballero

La prejubilación «no es, o no siempre es, el paraíso en la tierra». José Lorente lo sabe por las decenas de entrevistas que ha hecho durante años, pero también porque lo ha vivido en sus propias carnes. No es oro todo lo que reluce en la vida de las personas que, como él, se han prejubilado. Jose trabajó, como su padre, hasta los 58 años en una empresa cervecera. Ya había empezado a estudiar Sociología a distancia mientras trabajaba y, en cuanto pudo, trasladó su expediente a la Universitat de València para tener «contacto humano». Acabó la carrera, hizo un máster de Política Económica y Economía Pública y empezó a prepararse la tesis doctoral. Para entonces ya estaba prejubilado y ya había escuchado cientos de veces aquello de «qué chollo». Así que el tema de la tesis cayó de cajón. Su título es ‘Capitalismo como sistema de desprecio: prejubilaciones o sistema de exclusión’.
Así que José ha pasado a ser uno más de un colectivo donde «todo el mundo no es igual ni reacciona de la misma forma a su condición de persona prejubilada». En primer lugar, porque las condiciones económicas de salida determinan lo fácil o difícil que se te puede hacer la vida. Las prejubilaciones en las que suele pensar la gente que le dice, al enterarse de su condición, que tiene suerte, son las de las grandes empresas como la banca o las compañías telefónicas o eléctrica. «Pero hay muchas empresas medianas que empiezan a tener problemas económicos, donde los trabajadores ya cobraban salarios medios y, cuando salen se les quedan condiciones mediocres», destaca. Algunos acaban cobrando de pensión casi un salario mínimo.

Jose Lorente ha escrito una tesis doctoral sobre las prejubilaciones como sistema de exclusión / Germán Caballero
Pero incluso entre los que se quedan con peores pensiones ha encontrado algunos que dicen estar satisfechos. «Contentos de dejar de sufrir por el trabajo», matiza. Entre las respuestas dadas en las decenas de entrevistas que ha hecho para la tesis, le viene a la mente una en concreto: «Yo sé de dónde he salido, he salido del infierno».
Pero, del infierno, muchos pasan a la «patología social», que es como considera Lorente en su tesis los mecanismos de exclusión que operan en las prejubilaciones. Se dan, para ello, cuatro condiciones: las causas económicas que están detrás del 90 % de los casos, una legislación diseñada para permitirlas, los cambios estructurales que se generan en la vida de las personas prejubiladas y las consecuencias de estos cambios. Y estos últimas son, en muchos casos, complicadas.
En un limbo jurídico
La prejubilación deja a muchos extrabajadores en un limbo extraño entre la jubilación y la actividad laboral. «De hecho, no existe la forma jurídica, no eres ni empleado ni jubilado», explica Lorente. Esa tierra de nadie incluso inhabilita a la persona para poder hacer otras cosas, porque la condición de prejubilado -y las condiciones pactadas para la jubilación- se pierden si alguien te contrata para trabajar. «Así que, durante ese periodo, no eres nadie», lamenta.
«¿Ya soy viejo? ¿Ya no puedo hacer las cosas que hacía, relacionarme con las personas con las que hablaba?». Uno de los testimonios recogidos por José en su tesis se preguntaba por su nueva identidad tras su salida del mundo laboral. La prejubilación arroja a muchas personas que rondan la cincuentena a una vejez prematura. «Durante las entrevistas, uno de los entrevistados me contó que se levantaba todos los días llorando durante los dos o tres primeros años», relata el investigador.
No es una reacción dramática a un proceso vital habitual. «No hay que olvidar que el trabajo es el primer factor de socialización de nuestra vida; cuando empiezas a sentirte partícipe de la sociedad es cuando empiezas a trabajar», explica el sociólogo. Del mismo modo, cuando pierdes el trabajo, pierdes esa conexión con la sociedad. «Se produce un desacoplamiento», subraya. Ese mecanismo se produce sobre todo en una generación que secularizó el trabajo y lo integró como parte de su identidad. «Ahora los jóvenes piensan en el trabajo de forma distinta pero, para nosotros, el colegio, la familia y la universidad, todo era una enseñanza para la empleabilidad», reconoce.
Además, para muchos trabajadores, el espacio es el único espacio donde se recibe reconocimiento y por eso, al prejubilarse a una edad en la que están en disposición de estar activos, se sumen en una crisis por falta de ese reconocimiento. Hay quien ha encontrado esa red fuera del trabajo, en otras actividades de las que obtienen «autorrealización». «Esos son los que han disfrutado de su prejubilación». Pero Jose Lorente advierte contra la tentación de rellenar el calendario: «Encontrar un entretenimiento no es autorrealizarse».

Jose Lorente ha escrito una tesis doctoral sobre las prejubilaciones como sistema de exclusión / Germán Caballero
Qué hacer con el tiempo libre
Y esa, ha detectado, es una salida bastante común. «Hay quien no sabe qué hacer con su tiempo, porque no nos educan en la cultura del ocio», lamenta Lorente. Sí hay muchas personas que se apuntan a actividades para mayores, pero las perciben como algo secundario o, directamente negativo. Otras, se ven abocadas a los cuidados. «Pero también se perciben negativamente, sobre todo entre los hombres, en cuyas cabezas no cabía acabar ocupándose de sus padres dependientes», añade. Perviven, como en tantas otras cosas, rastros de machismo.
También, de clasismo. El sociólogo niega que estar prejubilado sea, en sí, una marca de clase, porque existen muchos tipos de salidas del ámbito laboral con condiciones muy diversas y no todo el mundo pertenece a la «aristocracia obrera». Pero reconoce también que los trabajadores de determinadas profesiones, con un gran impacto o exigencia física o mucha penosidad, luchan todavía para poder prejubilarse antes de que el trabajo acabe con su salud, como las camareras de piso o los conductores.
Está por ver si lo conseguirán. Para Lorente, el futuro es incierto en el campo de las prejubilaciones, aunque todo apunta a que seguirán existiendo, al menos «mientras las grandes empresas con grandes volúmenes de trabajadores prioricen los beneficios empresariales al trabajo de los empleados». De ser así, vaticina también que es probable que acaben siendo prejubiladas personas cada vez más jóvenes, y reclama estudiar las cuestiones tecnológicas que pueden acabar cambiando de arriba abajo el mercado laboral, además de formación que enseñe «no solo a ser productivos sino a vivir».
De momento, la consideración social de la prejubilación sigue dependiendo de a quién se le pregunte. «Para la empresa es un premio que le permite satisfacer sus intereses, y les interesa que para el trabajador también lo sea». Para algunos trabajadores también, pero para otros no, y aun así acaban accediendo. «Muchos me han dicho que no querían prejubilarse pero que les ofrecieron tal cantidad de dinero que habrían sido imbéciles de no aceptar», explica. Eso, también, lo explica la Sociología. «Nos compran para que nos vayamos», concluye.
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