Educación
Vocaciones docentes en la UCI: "Con 31 años me pregunto cada día si me he equivocado"
El 48% de los profesores valencianos admite estar “quemado” en una crisis silenciosa marcada por la asfixia burocrática, los insultos del alumnado y sueldos ya no tan buenos que disparan los cuadros de ansiedad

Una profesora, en un centro educativo de Alicante / A. FAJARDO

La escena ocurre en la línea de cajas de un supermercado de València. María, una docente de Secundaria con la mirada cansada y la espalda cargada de exámenes por corregir, piensa en cuánto será el total en la pantalla. Hace un cálculo mental rápido y, con una punzada de vergüenza, retira algunas cosas del carrito. No llega.
“Se supone que soy funcionaria, que cobro bien y no me puedo quejar”, cuenta. Pero la realidad es que su sueldo no ha crecido al ritmo de su ansiedad ni del coste de la vida. Ayer mismo, un alumno la insultó a la cara. Y la semana pasada. Desde el recreo un grupo de chavales (y chavalas) le grita “roja” y “feminista de mierda”. Escupen desde arriba de las escaleras a la gente que pasa. Las agresiones ya se han vuelto cotidianas. “A mis 31 años me pregunto cada mañana, antes de que suene el despertador, si me he equivocado de vida”.
María forma parte de una estadística que debería hacer saltar todas las alarmas en el Palau de la Generalitat: el 48 % de los docentes valencianos se declara abiertamente “quemado” o desmotivado. No es sólo una queja salarial; es el síntoma de una profesión en la UCI, atrapada entre el aumento de la violencia verbal en las aulas y una maquinaria administrativa que las aplasta.
“El alumnado cada vez es más disruptivo. Nos pasamos el 90 % del tiempo tratando de gobernar el aula, y eso desgasta mucho”, explica. Los picos de ansiedad ya no son solo en época de exámenes, sino algo terriblemente rutinario para bastantes docentes que sienten que su carrera, máster e idiomas no compensa para un trabajo cada vez más precario. “Cuando estoy con mi familia y amigos me dicen que no me puedo quejar, que soy una privilegiada. Pero eso es porque solo ven las vacaciones, siento que la gente está muy equivocada respecto a cómo vivimos los profesores”, cuenta.
“La asfixia del papel”
El primer factor de este burnout colectivo es la burocracia, un monstruo de mil cabezas que consume las horas que deberían dedicarse a dar clase. Según la macroencuesta de STEs-Intersindical, un 95,74 % de los docentes denuncia que la burocracia es “asfixiante”. No es una percepción subjetiva: el informe TALIS 2024 del Ministerio de Educación confirma que España es un caso anómalo en el contexto internacional. En secundaria, el 64 % de los profesores señala las tareas administrativas como su principal fuente de estrés, frente al 52 % de la media de la OCDE.
“Pasamos más tiempo justificando lo que vamos a hacer que haciéndolo”, relata María. Plataformas digitales que no funcionan, memorias infinitas, registros de cada mínimo movimiento pedagógico.... Este exceso de carga administrativa, sumado al hecho de que las horas de trabajo semanal han aumentado (1,5 horas en secundaria y una en primaria desde 2018), ha provocado que el 77,82 % de la plantilla sienta que su situación emocional y su conciliación están seriamente dañadas. El docente valenciano se siente hoy un oficinista con un aula a su cargo.
Aulas en tensión
Si la administración asfixia desde los despachos, el clima escolar golpea desde la primera línea de pupitres. El estudio de STEs-Intersindical revela que el 82,62 % de los docentes considera que el clima de trabajo es conflictivo. Pero hay un dato que hiela la sangre: el 83 % de los profesionales percibe un incremento de las agresiones físicas o verbales por parte del alumnado.
La convivencia se ha agrietado. Ya no se trata solo del desinterés, sino de un desafío constante a la autoridad que a menudo cuenta con el beneplácito, o al menos la indiferencia, de las familias. De hecho, un 76 % de los docentes también percibe agresiones por parte de los progenitores.
El informe TALIS subraya que los insultos e intimidaciones son la mayor fuente de estrés en secundaria, por encima incluso de los cambios curriculares o las ratios elevadas. Es un desgaste por goteo que convierte cada jornada en un ejercicio de supervivencia emocional.
El síntoma del abandono
El resultado de este cóctel es una epidemia de salud mental que los sindicatos ya no pueden ignorar. La memoria del Defensor del Profesor de ANPE es meridiana: el 71 % de los docentes atendidos por sus servicios sufre ansiedad.
El término “riesgos psicosociales” ha dejado de ser una frase técnica en los manuales de prevención para convertirse en la realidad de miles de bajas laborales que la Administración cubre tarde y mal.
A nivel global, la UNESCO ya ha lanzado una alerta roja: la tasa de renuncia en primaria se ha duplicado en los últimos siete años. En la C. Valenciana, este desapego institucional se traduce en un 85,83 % de profesores que afirman no sentirse respaldados por la Conselleria de Educación. El sentimiento de soledad es absoluto.
“Nos dicen que somos el pilar de la sociedad, pero nos dejan solos frente a la burocracia y la violencia”, concluye María. “Lo más triste es el respeto que he perdido en el aula. Si no cuidamos a quienes enseñan, ¿Qué clase de futuro estamos construyendo?”.
La crisis de salud mental del profesorado valenciano no es solo un problema laboral; es el espejo de una sociedad que ha decidido volcar todas sus frustraciones en la escuela. María siente que los docentes se han convertido en un muro de contención de los problemas sociales. "No es que estemos quemados, es que estamos carbonizados”, apunta. Para muchos docentes -y cada vez más jóvenes- ya no queda ni rastro de esa vocación que les hizo empezar.
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