Dana
El barrio fantasma de Utiel pelea para resurgir tras la dana
Más de un año después de la tragedia, la mayoría de las 164 viviendas del barrio de la Fuente de Utiel están destripadas. Entre zanjas que parecen trincheras y el silencio roto por las máquinas, los pocos vecinos que quedan resisten en una zona que huele a humedad y olvido

Barrio de la Fuente en Utiel, destrozado tras la dana más de un año después de la tragedia. / Gonzalo Sánchez

Más que una riada, parece que por el barrio de la Fuente de Utiel ha pasado un bombardero. Caminar por las calles a escasos metros del cauce del río Magro no es hacerlo por una zona en reconstrucción al uso. Es hacerlo por un escenario que, de no ser por los chalecos reflectantes de los albañiles, parecería una zona de guerra. Ha pasado más de un año desde aquel fatídico 29 de octubre de 2024, pero aquí el calendario parece haberse detenido. El barrio, un complejo de 164 viviendas que antes bullía de vida vecinal, es hoy un esqueleto de ladrillo y hormigón que lucha, contra el tiempo y el frío, por recuperar su identidad. Es un barrio fantasma.

Estado de una de las casas del barrio de la Fuente, un año después de la dana / Gonzalo Sánchez
Las calles están surcadas por zanjas profundas que parecen trincheras y se abren para renovar las tuberías de agua y el saneamiento. Para entrar en lo que queda de sus casas, los vecinos deben cruzar pequeñas pasarelas metálicas amarillas, como si fueran puentes sobre un foso en un castillo. Pero lo más estremecedor no es el exterior, sino lo que se ve -o mejor dicho, lo que no se ve- al asomarse: las casas están destripadas. Muchas plantas bajas han sido despojadas de todo para quedar reducidas a estructuras desnudas, sostenidas en algunos casos por puntales para evitar el colapso. En su interior no quedan ni siquiera los tabiques porque en 2024 el agua alcanzó 3 metros de altura.
"Fue cuestión de minutos"
Francisco Ferrer es uno de los rostros de la resistencia vecinal. Su relato de aquel 29 de octubre es el de alguien que le quita hierro al asunto. "No tuvimos en ningún momento la sensación de que nos iba a ocurrir nada", recuerda Paco. Pese a que estuvo 11 horas atrapado en el segundo piso de su casa, mientras el agua ya le entraba por las escaleras.

Estado del barrio de La Fuente de Utiel, más de un año después de la dana. / Gonzalo Sánchez
Fue una llamada la que le alertó. Al asomarse al río, la realidad le golpeó: "Cuando quisimos darnos cuenta, el agua ya estaba entrando en las casas". En cuestión de minutos, la Fuente de Utiel se convirtió en una trampa. El agua, enloquecida y cargada de lodo, alcanzó los tres metros de altura en muchas viviendas. Francisco y su familia tuvieron que refugiarse en la segunda planta y buscaron una salida incluso por el tejado, viendo cómo la corriente se llevaba vidas por delante. Hoy, su casa es una de esas viviendas "sin tripas", una planta baja diáfana donde el eco de sus palabras rebota contra el ladrillo visto. En su calle murieron 4 personas, la mayoría mayores que no pudieron subir a sitios altos porque nadie les avisó.
El silencio roto por el pico y la pala
En la Fuente de Utiel no se escucha un alma. No hay niños jugando, ni vecinos charlando en los portales. El bullicio ha sido sustituido por el rugido rítmico de las excavadoras y el golpe metálico del pico y la pala. El frío de Utiel, seco y cortante en esta época del año, obliga a los albañiles a trabajar enterrados hasta la cintura en las zanjas, bien pertrechados con gorros de lana bajo los cascos de seguridad.

Estado del barrio de La Fuente de Utiel, más de un año después de la dana. / Gonzalo Sánchez
Los obreros han hecho de arqueólogos buscando tuberías y cimientos que el barro solidificó como si fuera cemento. "Empezamos a limpiar todo el mundo y el barro iba a parar a la calle. Pasaban los tractores y lo metían en las alcantarillas. Se taponó todo de tal manera que no ha habido forma de limpiarlo; ha habido que hacerlo todo nuevo", explica Francisco. Es esa reconstrucción total de las infraestructuras lo que mantiene al barrio en un estado de precariedad constante.
Vivir entre pasarelas y cemento
Daniel es otro de los vecinos que se resiste a que su barrio se convierta en un lugar fantasma. A diferencia de otros que han tirado la toalla, él está en la recta final de su reconstrucción. "En principio estamos ya terminando la reforma. Si tenemos suerte, en un mes o mes y medio posiblemente ya estemos de vuelta", afirma con una mezcla de cansancio y esperanza.
Pero volver no significa recuperar la normalidad. Daniel sabe que su regreso será entre escombros y ruidos. "La entrada a mi casa está para entrar con una pasarela. Teóricamente los desagües ya están conectados, ahora falta que echen una capa de cemento", comenta. Su prioridad es que el suelo se estabilice para poder entrar con los coches y "hacer una vida medio normal con las obras". Sin embargo, el barro es un enemigo persistente. En cuanto cae una pequeña lluvia, la tierra removida de las zanjas vuelve a convertir el barrio en una ciénaga pegajosa que detiene cualquier avance.

Estado del barrio de La Fuente de Utiel, más de un año después de la dana. / Gonzalo Sánchez
Si el día es duro en la Fuente, la noche es tétrica. La red eléctrica, dañada desde la riada, no ha sido repuesta en su totalidad. Las farolas son hoy postes inútiles y el barrio se sumerge en una oscuridad absoluta que acentúa su aire de pueblo abandonado. Los pocos vecinos que merodean por allí al atardecer lo hacen con linternas, esquivando las zanjas y las vallas de seguridad.
"No hay luz por la noche. Hemos tenido que poner unas cuantas farolas nosotros por nuestra cuenta", denuncia Francisco Ferrer. "Hemos instalado algunos proyectores en nuestras casas para que los vecinos que pasan tengan algo de visibilidad". Sin luz pública y con las ventanas de las casas vacías, el sentimiento de inseguridad y soledad es abrumador para quienes aún intentan habitar las plantas superiores mientras las bajas siguen siendo un lodazal.
La solidaridad ciudadana fue el motor de los primeros meses, pero ahora, cuando los focos se han apagado los vecinos de la Fuente se sienten solos ante el gigante de la burocracia y la lentitud de las obras. El barrio pelea por no ser una nota a pie de página. Daniel, Paco y los demás propietarios de los 164 inmuebles son los guardianes de una zona cero que se niega a morir.

Ampliación del cauce del río Magro a su paso por Utiel. / Gonzalo Sánchez
La larga espera
El reto de la Fuente no es solo arquitectónico, es social. El miedo a que mucha gente no quiera volver planea sobre el barrio como un buitre. "Hay mucha gente que no quiere volver y algunos ya han vendido", admite Daniel, aunque él ha apostado todo por regresar en unas semanas. Para Utiel, recuperar este barrio es fundamental para cerrar la herida que el Magro abrió aquel octubre.
Sin embargo, para los que siguen allí, la normalidad todavía se mide en meses de zanjas y noches de linterna. El barrio fantasma de Utiel sigue ahí, con sus casas sin tripas y sus calles abiertas en canal. El agua tarda minutos en destruir lo que a los hombres les cuesta años reconstruir. Mientras tanto, el sonido del pico y la pala seguirá siendo la única banda sonora de un rincón de Valencia que se resiste a ser olvidado por el tiempo.
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