Guerra en Ucrania
"Aquí no llegan las balas, pero sí la propaganda": 4 años de exilio ucraniano en la C.Valenciana
La autonomía alcanza los 100.000 residentes ucranianos en un territorio marcado por el dispositivo de protección temporal del Gobierno y la convivencia silenciosa con la diáspora rusa.

Olek y Tatiana, dos ucranianos residentes en València. / Gonzalo Sánchez

A 3.000 km del frente, Olek ya ha enterrado a 15 amigos. No lo ha hecho con las manos manchadas de la tierra negra del Donbás, ni bajo el estruendo de las salvas en un cementerio militar de Kyiv; lo ha hecho en el silencio de su salón en València, deslizando el pulgar sobre una pantalla táctil que escupe obituarios en tiempo real. Las notificaciones de Telegram se han transformado en una fosa común digital. Mira al cauce del Turia mientras se enciende un cigarrillo y piensa en ellos.
El último nombre que tachó fue en agosto. Era un artista, un anarquista que pintaba mundos donde las fronteras no dolían. Tenía 36 años cuando un dron -esa tecnología que ha transformado el conflicto en un videojuego macabro- lo localizó en una trinchera del Donbás. Atrás deja a su hijo de 7 meses y a su mujer, que viven en Kiev. Para Olek, cada uno de esos quince entierros a distancia ha ido añadiendo un kilo de plomo a su mochila de refugiado. En València no silban los misiles, pero el silencio de los que ya no están le atrona con la misma fuerza.
El refugio que no cesa
La historia de Olek es la de miles de ucranianos que hoy llaman hogar a la Comunitat Valenciana, pero que viven con el alma fragmentada. El cansancio no es solo físico; es un agotamiento existencial tras miles de días de un exilio forzoso que no cesa.
El frente "estabilizado" del que hablan los analistas geopolíticos es, para personas como Tatiana, una herida abierta durante más de una década. Ella representa la otra cara de la moneda: la del arraigo forzoso. Era ingeniera jefa en unas minas de Ucrania y tuvo que venir a España porque la sanidad de su país no pudo tratarla. En 2015, cuando bombardearon el Donbás, tuvo que remover cielo y tierra para sacar a su hijo de aquel infierno, y en 2022, cuando empezó la guerra, hizo lo propio con su padre. Tras muchos años en València ella ha encontrado un hueco en el mercado laboral y conoce los nombres de los vecinos de su finca.
"Guerra", la palabra prohibida
A unos cientos de kilómetros, en Barcelona Iván libra su propia batalla. Él es ruso, periodista y, a ojos del Kremlin, un traidor. Huyó de su país en mayo de 2022, poco después de que Putin firmara las leyes que convertían el periodismo en un acto de fe o de suicidio. Escribir la palabra "guerra" en un diario le podía llevar a la cárcel.
"En Rusia, si escribes 'guerra', eres un criminal. Tienes que llamarlo 'operación especial'", explica con la fatiga de quien ha repetido esta obviedad mil veces para que el mundo lo entienda. Iván trabaja ahora para una organización que ayuda a ciudadanos rusos a desertar, a no firmar contratos militares, a escapar de una maquinaria que los utiliza como carne de cañón. Su red se extiende por Tokio, Israel y Georgia, un archipiélago de resistencia rusa que intenta frenar la sangría desde fuera. El ruso pide comprensión también para sus compatriotas: "Ucrania es un país libre pese a la guerra. Rusia no. Y hasta que Putin no se vaya no lo será".
Iván no es un refugiado de las bombas, sino de la mentira. Su exilio es el de la conciencia. "Rusia es un país peligroso para todo el mundo", advierte con una claridad que hiela la sangre. "Hoy es Ucrania, mañana puede ser Finlandia o cualquier otro país. El régimen de Putin es una dictadura donde no hay prensa, no hay elecciones, solo propaganda". Para él, el futuro de su patria es una incógnita oscura. Eso sí, se atreve a afimar que "no hay diferencia entre la Rusia de Putin y la de Stalin". A decir verdad, sí que hay una: "la Rusia de Putin es mucho más peligrosa para todo el mundo".
Alicante: la capital del refugio
La presencia de Iván, Tatiana y Olek en suelo español no es una anécdota, es una realidad demográfica que las cifras del Observatorio Permanente de la Inmigración confirman con contundencia. La C.Valenciana se ha convertido en el epicentro de la acogida en España. Al cierre de 2025, la región albergaba a 100.831 ucranianos, un salto abismal desde los apenas 17.359 que residían aquí antes de que empezaran a caer las bombas en 2022. Uno de cada tres ucranianos refugiados de la guerra reside en la terreta. La Comunitat ya no se entiende sin Ucrania.
Alicante es la provincia que lidera esta estadística con 58.984 residentes ucranianos, seguida de Valencia con 36.165 y Castellón con 5.682. Es una población mayoritariamente femenina (56%) y joven, con una media de edad entre los 30 y 50 años. Personas en plena edad productiva que han tenido que reinventarse entre las playas de la Costa Blanca y los polígonos industriales de L’Horta.
Pero hay un dato que añade una capa de complejidad al análisis: la población rusa también ha crecido significativamente. En 2025, la Comunitat contaba con 37.003 ciudadanos rusos (25.419 de ellos en Alicante). El crecimiento ha sido constante: de 22.133 en 2021 a los más de 37.000 actuales. En las mismas calles de Torrevieja, Benidorm o el barrio de Russafa, conviven quienes huyen de los misiles y quienes huyen del régimen autoritarios que los lanza.
La batalla del relato
"Aquí no llegan las balas, pero sí la propaganda". Esta frase, compartida por exiliados de ambos bandos, resume el cuarto año de conflicto en la distancia. Iván lo confirma: La propaganda rusa no siempre viene con uniforme; a veces viene en forma de noticias falsas en redes sociales, de desinformación que busca dividirnos".
Para los activistas como Iván, el peligro es real incluso a miles de kilómetros de Moscú. Recuerda el asesinato en Alicante de un desertor ruso por agentes del régimen, un aviso para navegantes que dice que ningún lugar es totalmente seguro para quien desafía al Kremlin. "Es un poquito peligroso para nosotros, no queremos ser el próximo Litvinenko o Navalny, pero esta es nuestra vida ahora", sentencia con valentía.
Al cumplirse cuatro años de horror, la Comunitat Valenciana ya no es solo un lugar de paso o una "retaguardia" temporal. Es el escenario de una trinchera emocional donde se pelea por mantener la memoria viva frente al cansancio. Olek seguirá repasando su lista de quince nombres. Tatiana seguirá celebrando los avances de su hijo en la escuela. E Iván seguirá usando la palabra prohibida —guerra— como el único proyectil capaz de perforar el blindaje de la mentira.
Aquí las balas no matan, pero el olvido y la propaganda también tienen su propio recuento de bajas. Cuatro años después, la victoria de estos ciudadanos es, simplemente, seguir contando su verdad mientras aseguran que, pase el tiempo que pase, ellos seguirán dispuestos a volver a sus países cuando finalmente sean libres.
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