El Master de Planificación y Gestión de Riesgos Naturales visita la zona afectada por la dana

Una escena en Massanassa tras el 29 de octubre de 2024. / Salva Garrigues
Enrique Moltó
El pasado viernes 17 alumnos y dos profesores (Pablo Giménez y yo mismo) del Máster en Planificación y Gestión de Riesgos Naturales de la Universidad de Alicante hicimos una visita obligada a una selección de territorios afectados por la dana del 29 de octubre de 2024. En Massanassa, primera parada de esta salida, se nos unieron Toni Moreno, socio de AVAMET y afectado, y Juan Jose Villena, redactor jefe de Meteored. En esta zona pudimos apreciar, por un lado el enorme esfuerzo realizado por retomar una normalidad aún incompleta y, al mismo tiempo, las numerosas huellas del desastre. Llama la atención la gran disparidad de calados que todavía se adivinan en las señales de las paredes, desde unos pocos centímetros, hasta más de dos metros, a unas pocas calles. En esta disparidad no siempre encontramos lógicas respuestas porque cerca del cauce del barranco vemos calados inferiores a calles posteriores. La caótica acumulación de coches más los distintos flujos de inundación que, por ejemplo, recuperaron paleocauces, explican esas diferencias. Los paleocauces eran antiguos sectores de desborde del cauce principal del Poio que quedaron enmascarados, primero por los huertos y luego por el entramado urbano, pero que fueron determinantes en el funcionamiento de los flujos de inundación en toda la zona inundada. La famosa frase valenciana de que los ríos recuperan sus escrituras de propiedad se hicieron realidad. A nivel normativo, en Massanassa se ha prohibido vivir en plantas bajas que no tengan escape propio a una planta superior, siempre y cuando se trate de viviendas nuevas, Sin necesidad de normativa, algunas viviendas están sobre elevando todo lo que pueden los suelos de las plantas bajas. Toni pudo sobrevivir a un doble rescate al ser recogido con una cuerda del techo de un coche desde un primer piso, caer sobre el techo y al agua, quedando sin conocimiento, y volver a ser izado con una sabana a ese primer piso, con el “afortunado balance de solo siete costillas rotas”. Cuando lo cuenta, yo ya lo había oído una vez, se hace un silencio de respeto y admiración y todos podemos imaginar cientos de historias parecidas de rescate y supervivencia y 240 que no fueron posibles. Por cierto, toso esto, una hora antes de que saltara el defectuoso Es-alert de las 20:20.
En el llamado codo del Poio, Pablo nos pudo explicar como un cauce de 20 o 30 metros de achura queda truncado en un ángulo recto y reducido a algo de poco más de tres metros, y luego se le une el Gallego. Resulta comprensible que una crecida como la del 29 de octubre obviara esa ridícula desviación y saliera recta, generando un inmenso mar que desbordó luego más abajo. Por cierto, ese desvío ya se hizo en su momento para evitar que el Poio desaguara en el Turia y en la capital. Pablo nos contó los planes de parques inundables en todo ese sector que amortigüen en lo posible una crecida similar. Por último, en Chiva pudimos comprobar el enorme destrozo hecho en el centro urbano por el entonces Barranco de Chiva, cauce alto del Poio. El obligado paso por la localidad en un angosto lecho de 4 o 5 metros, que viene otra vez de un lecho mucho mayor antes de entrar en ella, explica una vez más los desproporcionados calados que pudimos apreciar, superiores a los tres metros sobre la calle, mucho más sobre el fondo del cauce. Se repite el empeño en cambiar el orden natural de las cosas, porque los ríos suelen tener lechos estrechos en su parte alta y se ensanchan en su desembocadura y nosotros nos hemos empeñado en invertir esta proporción con nuestras casas y nuestras infraestructuras. La idea es recuperar todos los daños recuperables, pero la premisa no debería ser dejarlo todo igual a como estaba, sino más preparado para eventos que indudablemente se van a repetir.
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