Tribuna
Espiritualidad 'mainstream' en la cultura contemporánea
En una parte relevante de la producción actual se advierte, en efecto, una mutación en las formas de narrar: el progresivo abandono de los grandes relatos en favor de una focalización en lo íntimo

Rodaje de 'Los domingos'. / David Herranz
Núria Lorente
En la última década, parece haberse producido un desplazamiento silencioso bajo la superficie de nuestras certezas cotidianas. Más que un retorno, lo espiritual se reconfigura como un campo abierto y todavía impreciso, en el que confluyen los malestares característicos de nuestro tiempo y una persistente necesidad de dotar de sentido nuestra experiencia en un mundo crecientemente fragmentado. Este proceso no se agota en la expansión de ciertos grupos religiosos, cuyo atractivo suele inscribirse en contextos atravesados por déficits de reconocimiento y pertenencia, pues adopta formas más difusas: se infiltra en los repertorios simbólicos que estructuran nuestra experiencia colectiva, en los lenguajes culturales y las sensibilidades emergentes, así como en las maneras de imaginar lo común y de proyectar horizontes de posibilidad.
Hablar de 'nuevas espiritualidades' equivale, en realidad, a nombrar ese desplazamiento. Un cambio que no apunta tanto a un retorno a la fe tradicional como a la búsqueda de marcos de sentido en un tiempo saturado. Vivimos rodeados de discursos e interpretaciones inmediatas, en una dinámica que algunos han descrito como una hiperproducción discursiva: la tendencia casi automática a posicionarse y generar enunciados de forma instantánea, como si el silencio o la demora hubieran perdido relevancia. Sin embargo, esta abundancia no se traduce necesariamente en comprensión; más bien genera, bien lo sabemos, una sensación de ruido continuo que ya se asocia con la sobrecarga cognitiva y la fatiga atencional. En el fondo, se trata de una dificultad creciente para discriminar y sostener la atención, para demorarse en los matices, lo que termina erosionando tanto nuestra capacidad de entender como la de construir vínculos comunicativos con cierta profundidad.
En este contexto, lo sagrado recobra relevancia cultural como una vía de reorganización de la experiencia en un escenario atravesado por lo que la semiología ha conceptualizado como el “agotamiento del signo”: una situación en la que la proliferación indiscriminada de significados, al circular sin jerarquía, termina por erosionar su densidad semántica. Frente a esta dispersión, la espiritualidad introduce otra lógica, en la que la aceleración encuentra su contrapunto en ritmos más pausados. En este sentido, más que ofrecer un sistema de certezas estables, la espiritualidad mainstream opera como un dispositivo cultural frágil pero funcional, que permite habitar una existencia marcada por la ansiedad y por la dificultad de sostener el sentido en el tiempo. Lo hace, en parte, mediante la reinstauración de formas de confianza delegada: instancias de orientación que alivian la carga de la autoatribución constante y facilitan nuestra navegación por la incertidumbre contemporánea.
En este marco, resulta especialmente significativo observar cómo este desplazamiento también se inscribe en los productos culturales contemporáneos. Desde los estudios culturales, puede leerse como la consolidación de una sensibilidad emergente que encuentra en lo espiritual no tanto un contenido temático como un nuevo régimen de significación. En una parte relevante de la producción actual se advierte, en efecto, una mutación en las formas de narrar: el progresivo abandono de los grandes relatos en favor de una focalización en lo íntimo como materia culturalmente disponible y socialmente aceptada. Desde ahí, lo espiritual se convierte en un campo de experimentación formal, donde la experiencia se construye a partir de los matices de lo apenas perceptible. Pienso aquí en la propuesta de Alauda Ruiz de Azúa y su apuesta en Los domingos por intensidades bajas pero sostenidas, donde lo decisivo ocurre fuera de campo. Lo que estas formas sugieren es la emergencia de una nueva economía de la atención y de la sensibilidad, en la que la producción cultural deja de identificarse con la acumulación de significados para orientarse hacia la modulación de las condiciones de perceptibilidad. Incluso en propuestas de amplio alcance, como las de Lux de Rosalía, pueden rastrearse indicios de esta inflexión, orientada a una creciente atención a la textura afectiva de lo íntimo y una exploración de registros más contenidos y sensorialmente densos.
En paralelo, también la investigación cultural acusa un desplazamiento correlativo, al reorientar su foco desde los productos hacia las condiciones de posibilidad de su emergencia. Los espacios intramuros dejan de concebirse como ámbitos cerrados y autosuficientes para ser entendidos como tramas dinámicas en las que se entrelazan prácticas, vínculos, saberes y sensibilidades. En este giro, adquieren centralidad las redes de colaboración, las infraestructuras invisibles y las dinámicas cotidianas que sostienen la producción cultural, desplazando el énfasis desde la obra hacia los procesos que la hacen posible.
La creciente centralidad de lo espiritual puede derivar en una suerte de estatismo, una disposición contemplativa que tiende a desactivar la fricción y la confrontación
Todo ello, si bien contribuye a afinar la sensibilidad, en términos de una reconfiguración del habitus cultural, no está exento de ambivalencias. La creciente centralidad de lo espiritual puede derivar en una suerte de estatismo, una disposición contemplativa que, al privilegiar la aceptación, tiende a desactivar la fricción y a eludir aquellas formas de confrontación que históricamente han dinamizado nuestra vida cultural. Este desplazamiento resulta especialmente problemático en un contexto atravesado por una creciente polarización, por el auge de discursos de odio y por la capacidad de los ecosistemas mediáticos para amplificar, e incluso normalizar, discursos de exclusión. De ahí la necesidad de una vigilancia crítica: porque cuando el orden de lo existente se presenta como incuestionable, no solo se neutraliza el conflicto, sino que se clausura la posibilidad misma de interrogar las condiciones de su producción y, en última instancia, de preguntarse a quién sirve ese orden.
Núria Lorente es profesora de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universitat de València
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