Artemis II
Expertos valencianos que miran a la luna: “Estamos en una segunda carrera espacial”
El astrónomo y astrobiólogo del Observatori Astronòmic de la Universitat de València Fernando Ballesteros y el presidente del Comité Ejecutivo del Consorcio Espacial Valenciano, Vicente Boria, hablan de la luna como la antesala a Marte

Misión Artemis II / Jennifer Briggs/ZUMA Press Wire/ DPA

“Ya el hecho de que esté yendo a la Luna en una misión tripulada que se acerque tanto es histórico, no pasaba desde hace casi cincuenta años”. Así define el astrónomo y astrobiólogo del Observatori Astronòmic de la Universitat de València Fernando Ballesteros la importancia de la misión liderada por la NASA Artemis II, actualmente en órbita de la luna. Es importante simbólicamente, pero también por lo que se podrá ver de la cara oculta del satélite. Y, además, añade el presidente del Comité Ejecutivo del Consorcio Espacial Valenciano, Vicente Boria, supone la antesala de futuras misiones a Marte.
Hasta ahora, explica Ballesteros, se habían llevado a las cercanías de la luna sondas robóticas, que permiten extraer información de manera muy eficaz, además de segura, porque no ponen vidas humanas en riesgo. “Pero se pierde un poco el espíritu de aventura de los viajes espaciales”, reconoce.
Ese espíritu de aventura no ha resurgido porque sí, ni por sed de épica. “Todo esto no se habría puesto en marcha si no fuera porque los chinos han empezado a interesarse por ello, y se ha generado una especie de segunda carrera espacial”, considera el astrobiólogo. La agencia espacial china fecha en 2030 su llegada a la superficie de la luna y su establecimiento de bases permanentes. “Así que Estados Unidos ha considerado que ellos tienen que llegar antes y se han dado de plazo hasta 2028”, destaca.
Pero cree el experto que han sido en exceso optimistas con los plazos. “Sabiendo cómo son estas cosas sé que los plazos se pueden dilatar bastante, sobre todo si tienes en juego vidas humanas”, afirma Ballesteros. Más de lo que ya se ha dilatado, porque, dice, misiones como el Artemis II podrían haberse dado hace décadas. “La tecnología para establecer colonias en la luna la tenemos de hace mucho tiempo, no es un problema tecnológico sino de voluntad política, de poner dinero”, dice. Existe la posibilidad técnica desde hace mucho: el reciclado de aire, de residuos, o la presurización, ya están resueltos y se llevan ensayando mucho tiempo. Lo más complicado, cree Ballesteros, es “traer gente de aquí para allá”, y lo que más cuesta a nivel energético es “el primer salto, ponerte en órbita alrededor de la tierra, lo que se lleva el 80% de combustible de una misión”.
Establecerse “en otro mundo”
A muy largo plazo, la misión tiene un sentido que hoy suena a novela de ciencia ficción: la posibilidad de establecer colonias humanas en la luna. “El hecho es que no vamos a poder estar siempre en un único planeta, a muy largo plazo la forma más segura de sobrevivir es no poner todos los huevos en la misma cesta, y por cesta me refiero a planeta”, explica Ballesteros. La posibilidad de colonias en el satélite, en Marte o en Titán “podrían ayudar a asegurar a muy largo plazo la supervivencia de la especie”, dice.

Fernando J. Ballesteros posta junto al esferisferio diseñado en el Observatori Astronòmic de la UV / Redacción Levante
Para eso, el “primerísimo paso” es el que se está dando con Artemis II: buscar una presencia permanente “no en el espacio cercano, donde está la Estación Espacial Internacional a 300 km de altura, sino en otro mundo”.
Eso a muy largo plazo. En el corto término, podría haber una perspectiva extractivista. “Las minas de muchos materiales en la tierra muchos están agotados; por ejemplo, el oro llevamos siglos buscándolo, y allí puede haber porque la luna no es tan diferente químicamente de la tierra”, explica Fernando Ballesteros.
También podría ser una fuente de combustible. Si se consiguiera realizar la fusión nuclear de forma eficaz, se sabe que un combustible para ese proceso que funcionaria bien pero que no existe en la tierra es el helio 3. Pero sí lo hay en el suelo lunar, en las arenas de la luna. “Sería como encontrar pozos de petróleo, entre comillas, a flor de suelo”, dice.
Antesala de Marte
La importancia de esta misión también radica, explica el presidente del Comité Ejecutivo del Consorcio Espacial Valenciano y catedrático de la Universitat Politècnica de València Vicente Boria, en que permite validar los componentes del Orion, la nave que se dirige a la luna. “En la Artemis IV se empezará a construir una base lunar para hacer un estudio de posibles materiales y minerales, pero que además sirva para futuros viajes a Marte”, detalla.

Imagen distribuida por la NASA que muestra a los cuatro astronautas de Artemis II dentro de la nave Orión. / NASA / EFE
Cree que ese es el “objetivo final” de la NASA: llegar al planeta rojo. Desde la tierra es más complicado, explica, por la distancia que existe hasta Marte, pero sería más sencillo haciendo “una parada técnica”.
En cuanto al establecimiento de bases en la luna, considera que servirán para “estudiar el material lunar, su posible uso en la tierra” y que, al menos en principio, sus ocupantes serán astronautas con formación. “Otra cosa es que empresas como SpaceX luego intenten llevar a turistas en sus viajes espaciales”, añade. Pero la finalidad de la NASA tiene que ver con la investigación.
Coincide con Ballesteros en que podría haberse hecho antes porque la tecnología existía. “De hecho, en los 60 se llegó a la luna con mucha menos tecnología, o más sencilla, que ahora”, afirma Boria. Ahora, añade, el interés se ha “reanimado” por el interés chino en este tipo de misiones.
Un viaje con momentos “críticos”
El viaje a la luna no es sencillo. Boria señala varios momentos “críticos”. El de mayor importancia, el lanzamiento en sí. Luego, la nave orbita alrededor de la tierra un par de veces para ganar velocidad, y ello se convierte en una tercera fase de inyección hacia la luna.
Alrededor del satélite, describe solo media órbita y regresa a la tierra. Esta última etapa es otro de los momentos más críticos. ”Con la reentrada en la atmósfera terrestre se alcanzan hasta 2.000 grados de temperatura, de modo que la nave debe ir preparada con un sistema de losetas térmicas muy complejo que permita regular la temperatura”, explica.

La astronomía valenciana: una década mirando a la luna
El satélite más cercano a la tierra ha despertado el interés de muchos científicos valencianos durante la última década. La Universitat de València, por ejemplo, participó en un trabajo internacional que supone un cambio de paradigma en las observaciones de un agujero negro supermasivo situado en el centro de la galaxia Messier 87. Rebecca Azulay, una de las astrónomas participantes en la investigación, colaboró en tomar la primera evidencia visual directa de un agujero negro supermasivo y de su sombra.
Por su parte, el investigador Mauro Stefanon, del Departamento de Astronomía y Astrofísica de la Universitat de València, contribuyó con el Telescopio Espacial James Webb a desentrañar algunos de los mayores enigmas del universo primitivo, participando en estudios que han identificado galaxias masivas formadas apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang, un hallazgo que desafía los modelos cosmológicos tradicionales y abre nuevas preguntas sobre la rapidez y los mecanismos con los que se estructuraron las primeras grandes formaciones galácticas.
Asimismo, un equipo de la Universitat de València captó la imagen detallada del primer cinturón de radiación detectado alrededor de una enana marrón fuera de nuestro sistema solar. La fotografía evoca los conocidos cinturones de la Tierra y Júpiter, revela un campo magnético diez veces superior al del planeta más grande del sistema solar y desvela nuevos secretos de estas subestrellas ultrafías de baja masa y potentísima radiación. El hallazgo lleva la firma, entre otros, de Juan Bautista Climent, investigador en el Departamento de Astronomía de la UV.
Y en cuanto a otros asuntos como las ondas gravitacionales, la colaboración internacional Virgo Collaboration y LIGO Scientific Collaboration, con participación destacada de la Universitat de València, logró un hito sin precedentes al detectar por primera vez sistemas binarios formados por un agujero negro y una estrella de neutrones, una combinación hasta ahora nunca observada directamente, gracias al registro de ondas gravitacionales.
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