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Arantza contra el reloj: una matrona valenciana contra la muerte de una mujer en el parto cada dos minutos

Esta enfermera y matrona lleva trabajando en el sector humanitario casi 17 años, gran parte de ellos con Médicos Sin Fronteras como matrona sobre el terreno

Arantza Abril, matrona y ginecóloga que durante muchos años ha trabajado con MSF sobre el terreno para evitar muertes de mujeres en el parto

Francisco Calabuig

Marta Rojo

Marta Rojo

València

Mientras lees este texto, morirán varias mujeres. Lo más probable es que, en lo que tardas en leerlo hasta el final sean, probablemente entre dos y tres. Es lo que dicen los datos de Naciones Unidas: cada dos minutos una mujer muere por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto en el mundo. Una realidad que Arantza Abril ha visto desde hospitales y paritorios, desde poblados y ciudades. Arantza es enfermera y matrona y lleva trabajando en el sector humanitario casi 17 años, gran parte de ellos con Médicos Sin Fronteras como matrona sobre el terreno. Una mujer que intenta evitar las muertes de otras mujeres.

Reconoce esta valenciana que los últimos datos disponibles son estremecedores: a nivel mundial, hay unas 230.000 muertes maternas al año. El grueso en términos absolutos se da en países como India, Nigeria y el África subsahariana. Son cifras que conoce muy bien Arantza, y que tiene siempre presentes aunque ahora trabaja sobre todo haciendo coordinación o asesorías técnicas, además de formación para ginecólogas o matronas que trabajan sobre el terreno.

Arantza Abril, matrona durante años sobre el terreno en diferentes países de todo el mundo con MSF

Arantza Abril, matrona durante años sobre el terreno en diferentes países de todo el mundo con MSF / Francisco Calabuig

“Todas las semanas se nos morían dos o tres mujeres”

Cuando era ella la que recorría el mundo, pasó por Siria, Irak, Sudán del Sur, Etiopía, Honduras, Zambia, Nigeria, Jordania y Grecia, donde trabajó siempre en proyectos relacionados con la salud sexual y reproductiva. Es más fácil decirlo que imaginárselo. “Por hablarte de un país como Sudán, donde la tasa de mortalidad materna es de las más altas del mundo, todos los días no, pero todas las semanas se nos morían en la maternidad dos o tres mujeres”, relata.

No es el único lugar en el que ha visto sangrados postparto, trastornos hipertensivos durante el embarazo, infecciones, que están entre las principales causas de muerte durante el embarazo y el parto. “En muchos lugares donde trabajé, todas las mujeres conocían a alguna amiga, familiar o vecina que había muerto durante el parto”, explica Abril. Dice que es “algo que llama mucho la atención”, como poco. “Yo no conozco a ninguna amiga que haya muerto durante el parto, y seguramente tú tampoco”, resume.

“Cuando una mujer quiere abortar, aborta”

Pero las prácticas inseguras de interrupción del embarazo son una de las principales causas de estas muertes, sobre todo en países con legislación restrictiva, que aboca a las mujeres a buscar alternativas, a veces, bestiales. “Hemos visto desde mujeres que se meten cristales, botellas rotas, vidrios, hasta palos, objetos variados o perchas para intentar remover o sacar el producto del embarazo”, detalla. 

Arantza Abril, matrona durante años sobre el terreno en diferentes países de todo el mundo con MSF

Arantza Abril, matrona durante años sobre el terreno en diferentes países de todo el mundo con MSF / Francisco Calabuig

Y eso, claro, acaba mal, incluso para las que sobreviven, que no son mayoría. “En cuanto a las consecuencias, muchas veces hablamos de infertilidad directamente”, dice. Pero no solo: cuando otras mujeres llegan in extremis a los hospitales tras haberse visto abocadas a esas alternativas, a lo mejor, muchas veces el desenlace es drástico: “a lo mejor hay que quitarles el útero y transfundir sangre”. Pero lo más frecuente es que “se queden en la mesa”, lamenta.

No hay ley ni prohibición que frene a una mujer que ha decidido interrumpir su embarazo. “Las estadísticas, de hecho, dicen que cuando una mujer quiere abortar, aborta; de hecho, en los países donde la legislación es más restrictiva, la tasa de abortos aumenta”, dice Arantza. Lo sabe bien: muchas de las mujeres a las que ha tratado por todo el mundo lo hacen, aunque en teoría tienen prohibido hacerlo, aunque no tienen acceso a tratamientos o medicamentos seguros. Aun así.

El hospital, último recurso

Todo eso ocurre en hospitales donde hay pocos medios materiales, sobre todo los que están en países en conflicto, pero también poco acceso a medicinas, casi ninguno a pruebas diagnósticas mínimamente complejas y muy poco personal, que en el caso de quienes se dedican a la ginecología tampoco suele estar formado. “Yo creo que ‘hospital’ es una palabra demasiado grande para lo que realmente son en muchos sitios”, reconoce la matrona. Muchas veces son “pequeños centros de salud donde a lo mejor hay un médico unas horas al día con una formación básica que tiene que dar seguimiento a cientos de pacientes”.

Arantza Abril, matrona durante años sobre el terreno en diferentes países de todo el mundo con MSF

Arantza Abril, matrona durante años sobre el terreno en diferentes países de todo el mundo con MSF / Francisco Calabuig

Pero el hospital en muchos países es la última opción, el botón rojo. Arantza habla de culturas en las que el parto es íntimo, casero. Solo los casos más desesperados llegan a los hospitales y muchas veces lo hacen demasiado tarde. “El parto es algo privado, es algo que pasa en la casa, no es algo institucionalizado. Cuando algo va mal, se confía en la partera de la comunidad y, cuando algo sigue yendo mal y no se ha podido solucionar, solo entonces como último recurso, se busca la ayuda un poco más profesionalizada”, explica. Por eso, apuesta por trabajar con las mujeres locales sin paternalismo y colaborar con las parteras para que hagan de puente con las mujeres, por ejemplo. También las forman en partos seguros e intentan que sepan detectar rápidamente las señales de alarma que harían que una mujer tuviera que ser trasladada sí o sí a un hospital.

El problema de salud pública de las “cosas de mujeres”

El futuro de esas mujeres, la posibilidad de poder evitar el peligro mortal, muchas veces se decide a miles de kilómetros de sus hogares. Arantxa ha vivido, estos últimos años y desde la primera línea, los recortes en cooperación por parte de potencias como los Estados Unidos, ahora comandados por Donald Trump. Explica que esta administración tiene formas de presionar contra el derecho al aborto. “Cuando hay gobiernos como este, lo que pasa es que el USAID, la Agencia de Cooperación Internacional de Estados Unidos, pasa a no dar dinero a ninguna organización que haga abortos, incluso abortos terapéuticos”, advierte. 

Como resultado, muchas organizaciones optan por clausurar sus programas y proyectos de salud sexual para poder seguir recibiendo fondos. Es el inicio de un bucle, una pescadilla que se muerde la cola de consecuencias a largo plazo. Porque no es una cuestión solo de mortalidad en el parto, de esas dos o quizá tres mujeres que han fallecido en el mundo mientras lees esto. También de problemas de salud pública como la extensión de las enfermedades de transmisión sexual. “En ese terreno, recuperar un año perdido a lo mejor te lleva 30 años, recuperar ese año cuesta mucho”, resume Abril.

Dos o tres mujeres en este rato. 720 durante el día de hoy. 22.000 este mes. La mayoría de estas muertes en el embarazo o el parto podrían evitarse si las mujeres no siguiéramos siendo, a veces, invisibles para la medicina y también para para la cooperación y los recursos. “Los temas de salud sexual y reproductiva no suelen ser los prioritarios; en muchos países se dice que son cosas de mujeres, que las mujeres toda la vida han parido, toda la vida han abortado, y estos asuntos no se priorizan”, lamenta Abril. Lo que habría que hacer, dice, sería lo contrario. “No son cosas de mujeres, es cosa de todos”, concluye.

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