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Dossier CV

Tiempo de virreyes

La princesa actual es la pieza encargada de atraer a esas nuevas generaciones para suavizar el cuestionamiento de la monarquía, como hizo su padre y su abuelo

La princesa Leonor, Felipe VI y la reina Letizia.

La princesa Leonor, Felipe VI y la reina Letizia. / Mariscal/Efe

Aida Vizcaíno Estevan

València

Si la monarquía española está en horas altas o bajas, es algo que desconocemos, pues llevamos más de diez años sin preguntas del CIS y apenas tenemos grandes encuestas que nos digan por dónde viene el viento. Efectivamente, esto va de chuparse el dedo y levantarlo para percibirlo mejor.

Año 2026. Punto álgido de la sociedad infoxicada, y de lo que no se quiere saber, no se sabe. ¿Qué nos queda? Otear prensa, leer atentamente estudios universitarios y escuchar a la gente; sobre todo, esto último. Escuchemos qué dicen sobre la monarquía. ¿Algo? Nada. Prestemos atención. Nada. Ni siquiera cuando, hace unas semanas, se publicó que su mantenimiento anual asciende a 105 millones, como recoge en el estudio de Remco.

Los argumentos sobre la monarquía, descartando los de base republicana-democrática, suelen oscilar entre su utilidad y su papel de mediación y representación. A mayor sosiego en torno a su cuestionamiento, como el actual, parece dominar esa supuesta figura de árbitro institucional interno y de elevada instancia internacional. A mayor escándalo mediático, toma fuerza la inutilidad o el despilfarro de la institución. Si nos encontramos ante un cabreo de dimensiones paquidérmicas, se activan los argumentos democráticos. Y en este pendular nos hemos movido durante los últimos cincuenta años, desde la muerte del dictador, principal valedor de la institución y de su artesonado institucional.

Así, la familia que ocupa la jefatura de Estado es especialista en una suerte de espirómetro social. Debe mantener la bolita flotando en los tubos de la exposición pública de papel couché, pero sin pasarse; la de la institución aparentemente útil con una agenda diversa y de interés público; y la de los apoyos socioeconómicos y de partidos hegemónicos que sostienen, sacan lustre o restauran –si procede– ese entramado institucional encaballado durante la recuperación democrática de la transición.

La singularidad de nuestros días: el partido conservador no parece encontrar rédito electoral en ondear la bandera monárquica

En este último elemento radica la singularidad de nuestros días. El partido conservador no parece encontrar rédito electoral en ondear la bandera monárquica, como ha ocurrido tradicionalmente. El aliento de la extrema derecha, su nuevo bestie, orilla esta cuestión. En apenas dos años, se les ha visto defender y atacar a la familia que ocupa la jefatura de Estado; para muestra, la cuestión catalana o el funeral de la DANA. El partido conservador no encuentra la veta de la que siempre ha disfrutado, la del eje monarquía-república que atraviesa la sociedad, anteriormente clivaje. En los tiempos que corren, no es un tema que posicione el voto ni defina ideológicamente salvo a grupúsculos residuales ni produzca una fractura sociopolítica. Buena cuenta de ello da el principal partido hegemónico progresista, muy cómodo en la figura discreta de la familia que ocupa la jefatura de Estado y en el diseño institucional circundante.

Lo cierto es que la dinámica recentralizadora de los últimos años favorece a la monarquía porque compacta la idea de Estado en torno a la visión españolista del mismo. Ahí, la monarquía se ve fuerte. Si a este encaparazonamiento sumamos la pérdida de fuelle electoral de partidos de izquierdas –estatales y no estatales–, todavía se hace más evidente el hecho de que el eje monarquía-republica continúe lejos de convertirse en un clivaje de primer orden. Y eso que, paradójicamente, puede parecer que nos encontremos en un escenario descentralizado, a tenor del protagonismo cada vez mayor de los barones autonómicos. Hacía años que no teníamos a los y las presidentas con un papel tan destacado en la oposición férrea y sin tregua al gobierno estatal. Sincronicidades de la vida o del sistema político multinivel español, quién sabe.

Cuestión diferente será cuando las actuales generaciones más jóvenes, con una manifiesta distancia y despego a la institución, comiencen a activarse políticamente. Es posible que vivamos momentos de posicionamiento antimonárquico, que no necesariamente republicano, similares a los de los años diez de este siglo. Y más profundos incluso. Es por ello, tal vez, que la princesa de la familia que ostenta la jefatura de Estado esté calentando en la banda. Ella es la pieza encargada de atraer a esas nuevas generaciones para suavizar el cuestionamiento de la monarquía, como hizo su padre y su abuelo. Hasta entonces, las batallas político-mediáticas entre territorios, Estado y liderazgos seguirán invisibilizando las cuestiones estructurales de nuestra democracia.

Aida Vizcaíno Estevan es profesora de Sociología de la UV

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