El estanquero de Ontinyent y el alcalde de Canet 'regresan' con sus familias tras 86 años en una fosa
El Cementerio de Paterna se llena de emoción y memoria en un acto donde el hijo de Juan Mollà recibe los restos de su padre y la nieta de Vicente Ribelles, los de su abuelo

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José Manuel López

Rafael tiene entre sus brazos a su padre. Ha tenido que esperar 86 años, toda una vida, pero por fin siente en sus manos el peso del recuerdo, de la lucha y hasta la injusticia que acabó con la vida de Juan Mollà Gandia. A sus 90 años, sujeta emocionado la caja con los restos de su padre, el estanquero de Ontinyent, que ha pasado casi nueve décadas en una fosa común tras ser fusilado por el franquismo en agosto de 1940 solo por sus ideas izquierdistas que se representan en la bandera tricolor, rojo, amarillo y morado que se posa sobre la tapa, recordando que su única culpa fue creer en unos ideales democráticos y de justicia social que no encajaban con la dictadura que se impuso por las balas apenas unos meses antes de sufrir en su piel la mayor condena: la muerte.
Cuatro sillas más allá de Rafael y su padre, entre lágrimas y aplausos, otra caja con bandera, otra historia recuperada, otras manos que tocan la memoria y la materializan. Es Antonia, nieta de Vicente Ribelles Nebot, alcalde republicano de Canet entre 1936 y 1939, derrotado por las balas el 17 de noviembre de ese mismo año, tras un juicio sumarísimo sin defensa, tres declaraciones bajo tortura y la misma injusticia que Juan Mollà: la muerte. Desde entonces ha estado en una fosa, la 95 del Cementerio de Paterna, con otros 45 cuerpos, hasta este domingo, 12 de abril donde sus huesos son tomados por su familia, su nieta, quien no le conoció en vida, pero que permitirá devolverle a su pueblo.
El Cementerio de Paterna, donde fueron asesinados y enterrados, donde fueron fusiladas 2.238 personas en tiempos de paz, se ha convertido este domingo en un lugar de reivindicación. Allí, en el memorial que se está erigiendo, las familias de Juan Mollà y Vicente Ribelles han recibido sus cuerpos y les permitirán volver a casa. "Es un día deseado", indica María Navarro, presidenta de la Fosa 126 para dar la bienvenida al acto. La emoción se nota en el peso de los aplausos, como si el tiempo plomizo con algunas gotas en el exterior se colara también en el habitáculo que ha de acoger el futuro centro de interpretación de la memoria del conocido Paredón de España.
Rafael Mollà recibe los restos de su padre, Juan Mollà, este domingo en el Cementerio de Paterna / José Manuel López
El primero en volver a manos de la familia ha sido Vicente Ribelles. De profesión jornalero y obrero de los altos hornos, militante de UGT, elegido en 1936 alcalde de Canet donde propuso el reparto del trabajo para que todos pudieran comer y que acabó siendo detenido, juzgado y fusilado en noviembre de 1939 porque según su expediente era "una persona francamente izquierdista", una afirmación para justificar una muerte que está sellado en un documento que se redactó cuando Ribelles ya llevaba cuatro años en una fosa común en el Cementerio de Paterna.
Tener un entierro digno
En concreto, el alcalde de Canet, ese mismo que intentó frenar el asesinato de tres miembros derechistas en su pueblo por parte de una banda de pistoleros en tiempos de la guerra, el mismo que facilitó un entierro digno a esos asesinados, estaba en la Fosa 95 con "otros 45 inocentes". "Hoy su nieta Antonia cumple un deseo de su madre de llevarle a Canet para que tenga un entierro digno", explica Isabel Gómez, presidenta de esa Fosa 95. Sus restos se los entrega a Antonia, la nieta, de manos de Llorenç Alapont, quien se encargó de sacar a Ribelles de la tierra.
Acto seguido quien se levanta entre aplausos es Rafael Mollà, el hijo de Juan, el estanquero de Ontinyent, que durante un breve tiempo, cuenta después su nieta, Amparo Mollà, fue alcalde de la localidad. A sus 90 años es uno de los pocos hijos de represaliados que ha conseguido sobrevivir al silencio, la espera y al titubeo de las administraciones para poder no solo saber dónde estaba su progenitor enterrado sino poder hacer lo que no le dejaron a su mujer, Concepción, 'Conxeta': darle un entierro digno.
Y Rafael se emociona cuando toma en sus brazos a su padre porque así estaba él mismo más de ocho décadas atrás, en brazos, en aquella ocasión los de su madre, cuando los camisas azules la sacaron a ella y a sus hijos del local que regentaba el marido cuando este fue detenido. "Conxeta, cuida dels meus fills", le dijo él, en referencia a los cuatro niños y la niña. Militante de Izquierda Republicana y del Partido Socialista, a los 58 años, recibe el fusilamiento como condena a sus ideas, insistiendo en su inocencia respecto a un supuesto asesinato del que no hubo prueba alguna de su implicación.
"No esperaba ya esto"
"No esperaba ya esto", admite Rafael, el más pequeño de los cinco hijos y quien apenas guarda recuerdo de su padre, más susurros que certezas, algo que no impidió que cuando sacaron por primera vez los huesos de la Fosa 126 lo reconociera. "Supe quién era mi padre enseguida", añade. Junto a Rafael ha acudido hasta Paterna Amparo, hija de Vicente Mollà, el mayor de esos cinco, y quien murió hace 25 años "con el dolor de la tragedia y sin imaginar reparación".
Porque según cuenta, "los asesinatos de entonces se extendieron varias generaciones", con repercusiones sociales y laborales para las familias, y al "olvido y silencio" durante la dictadura se sumó la falta de actuación de las administraciones durante la democracia, aunque las ha habido que han empujado para que los cuerpos volvieran a casa. De hecho, se recuerda a la Conselleria de Participación durante el Botànic (cuyas ayudas impulsaron la exhumación) y también a la Diputación de Valencia. "Es un acto de justicia colectiva", explica la vicepresidenta de la institución provincial y vicealcaldesa de Ontinyent, Natàlia Enguix, presente en el acto. A esta localidad de la Vall d'Albaida volverán los restos de Juan Mollà tras casi 90 años.
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