Volver a sentirse parte de algo: el camino que recorren los jóvenes en Asiem para recuperar la confianza y romper tabúes
El programa comunitario que lleva a cabo la asociación junto a la Fundación «la Caixa» apuesta por el vínculo, la autonomía y la inclusión para romper estigmas en torno al diagnóstico de salud mental grave

Profesionales de la asociación atendiendo a participantes del programa. / Asiem

«Muchas veces llegan cuando acaban de recibir el diagnóstico, un golpe que para ellos supone un punto de inflexión espectacular». Con esta franqueza describe María Rus, psicóloga de la Asociación por la Salud Integral de los Enfermos Mentales (Asiem), el punto de partida de algunos jóvenes que aterrizan en el programa «Atención comunitaria para jóvenes con un problema de salud mental grave» que cuenta con el apoyo de la Fundación «la Caixa».
Estudios abandonados, rupturas con su entorno y una sensación profunda de desconcierto son solo algunas de las realidades con las que cargan en su mochila. Frente a ese escenario, la entidad despliega un modelo de intervención comunitaria que pone el foco en la persona, a través de un equipo multidisciplinar -con psicóloga, trabajadores sociales y el valor añadido de la experiencia en primera persona de los llamados «hermanos mayores»- que acompaña a los jóvenes de entre 18 y 30 años en itinerarios individualizados, diseñados para reconstruir su proyecto vital paso a paso.
«No hace falta que sean objetivos grandilocuentes», matiza Rus, quien añade que, en ocasiones, «el avance consiste en algo tan cotidiano como ser capaz de volver a coger el metro o retomar alguna rutina». La clave, según subraya, subyace en que cada meta resulte significativa para quien la persigue, reforzando así la autonomía y la confianza.
Vínculos que se crean
La convicción de la que germina el proyecto es rotunda: el futuro de la salud mental pasa por lo comunitario. En Asiem no se trata solo de intervenir, sino de «acompañar a las personas para que puedan ejercer en la ciudad», señala la profesional, que lleva casi una década implicada en esta misma labor. Asimismo, ese acompañamiento se adapta al ritmo de cada joven, con etapas más intensas y otras donde la persona gana independencia.

Los espacios multifamiliares les permiten compartir experiencias. / Asiem
El vínculo, sin embargo, no se impone, se crea. «Es un proceso lento», reconoce, pues muchas de las personas atendidas acuden tras experiencias previas de aislamiento y desconfianza. Por eso, el contacto puede empezar con algo tan sencillo como un mensaje de WhatsApp preguntando cómo están. Y desde ahí, con el paso del tiempo, se va construyendo una relación que permite sostener cada etapa del proceso.
Más allá de esta intervención de índole individual, la asociación también combate el aislamiento generando espacios grupales y normalizados dentro del entorno comunitario. Actividades deportivas, talleres o grupos de apoyo mutuo favorecen que los jóvenes vuelvan a tejer redes sociales y puedan llegar a desarrollar habilidades que trascienden el ámbito terapéutico.
Sentirse parte de algo
En esta misma línea, las familias también forman parte esencial del proceso. «Al final no es solo el joven el que recibe el diagnóstico, y las familias acuden a nosotros porque no saben cómo acompañarlos», confiesa la psicóloga. De esta manera, los espacios multifamiliares les permiten compartir experiencias, reducir la sensación de soledad y entender mejor tanto la enfermedad como las dinámicas emocionales que la rodean.
Los resultados, aunque progresivos, son visibles. «La evolución que vemos es una apertura social», afirma Rus. Con el tiempo, los jóvenes empiezan a vincularse a otros recursos, recuperan intereses y disminuyen los niveles de ansiedad, mientras que el sistema familiar encuentra un mayor equilibrio. Sin embargo, el estigma sigue siendo uno de los mayores obstáculos. «Hay una nube de sospecha, de peligrosidad», lamenta. Una mirada social que empuja a muchos jóvenes a ocultar su diagnóstico, alimentando una vergüenza que dificulta aún más su recuperación.
En este contexto, el apoyo externo resulta clave. Y como organización sin ánimo de lucro, ayudas como la de la Fundación «la Caixa» resultan «indispensables para garantizar que todas las personas puedan acceder a los apoyos sin barreras económicas». Porque la premisa no es solo que estos jóvenes mejoren su bienestar emocional, sino que puedan recuperar su lugar en la comunidad. «La verdadera recuperación empieza cuando alguien vuelve a sentirse parte de algo», concluye.
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