Del Mercat al Túria: La ruta 'gore' de los ajusticiados en nombre de Dios en València
Al contrario que los reos comunes, ahorcados en la Plaça del Mercat, los condenados por herejes ardían en quemaderos en la 'rambla del Guadalaviar' (Turia), cerca del agua, para evitar incendios en la ciudad
El Palacio Arzobispal, el Real y el de la Inquisición se convirtieron en prisiones de fe entre el XV y el XIX, cuando ajusticiados eran descuartizados y sus miembros expuestos para escarmiento del pueblo

"Auto de fe presidido por Santo Domingo de Guzmán", del pintor Pedro de Berruguete. / Levante-EMV

El doscientos aniversario de la ejecución en València de Gaietà Ripoll, el último hereje ajusticiado por la Inquisición española en todo el mundo, es un toque de atención a las conciencias para constatar que tan humana es la razón como la barbarie. Y que esta segunda ha llenado páginas de la historia incluso en nombre de la justicia de los hombres y de la divina. Dietarios de personajes ilustres, tanto civiles como religiosos (desde el capellán de Alfons el Magnànim y su 'Llibre de memòries' hasta los testimonios escritos de Jeroni Soria) explican cómo y dónde se ejecutaban las sentencias capitales, desde la horca a la decapitación, y cuales eran los escenarios en los que se daba muerte tanto a reos comunes como a los conversos religiosos acusados por la Inquisición. Lo cuentan los historiadores Jorge A. Català Sanz y Pablo Pérez García en el artículo “Espacios y paisajes del horror en la Valencia moderna (siglos XV, XVI y XVII)”.
Aunque los memorialistas no se prodigaban en detalles -"eran muy lacónicos y fríos en sus apuntes", advierten los autores- han dejado constancia de la brutalidad con la que se impartía 'justicia'. Era un estilo propio de artesanos psicópatas amantes del 'gore'. Las sentencias de muerte se ejecutaban generalmente en ciudades y poblaciones de cierto tamaño, salvo el campo de horcas llamado de Carraixet, que estuvo activo entre 1356 y mediados del siglo XIX. De entre los escenarios del Cap i casal destacaba claramente la Plaça del Mercat como lugar en el que se colgaba a reos de toda condición. Un lugar al que alude Jaume Roig en 'L’Espill', y en el que se ofrecía un 'espectáculo', seguido con sumo interés por la multitud entusiasta. Tras el ahorcamiento solía llegar la decapitación y el descuartizamiento de los miembros que, separados del tronco, se exponían "como símbolo de la victoria de la justicia sobre el delito y del poder del príncipe y como trofeo y prueba tangible de la muerte del criminal".
La Inquisición no tenía verdugos, solo carceleros
Los condenados por el Santo Oficio eran ajusticiados por la justicia ordinaria, que ejecutaba tanto la pena de la hoguera como los latigazos y demás castigos físicos. “La Inquisición no ejecutaba la pena de muerte, no tenía verdugos, aunque sí carceleros”, explica el historiador José María Cruselles a este diario. De hecho, apunta, “hubo una disputa de competencias entre el Justicia Criminal y el Gobernador del rey. Al final actuaban a medias”.
En “Prisión, muerte y condena de Antoni Tristany, maestro de escuela, por la Inquisición de València 1486-1489”, este experto medievalista reconstruye el proceso inquisitorial contra este maestro converso, que fue encarcelado y murió en prisión. La Inquisición actuaba a partir de una denuncia, a veces anónima, que generaba una investigación por parte del fiscal. Si así lo entendía, pedía al inquisidor la detención del sospechoso por parte el alguacil, que era el responsable de detenciones y prisiones.
Una vez hecho el juicio, la sentencia era leída públicamente en el llamado Auto de Fe, la ceremonia en la que se revela el tipo de condena o penitencia que se impone y si se puede ‘reconciliar’. Esta última es la condena más habitual. Se imponían multas económicas, se incautaban los bienes del condenado y era forzado a abjurar públicamente de sus ‘tentaciones’ judaicas o cualquier otra interferencia en la pureza de la fe. Era una pena vergonzante.
La segunda condena más frecuente era la prisión perpetua, pena que duraba unos cuantos años, hasta que se excarcelaba al ‘infiel’ porque resultaba caro mantenerlo. De él se hacía cargo un familiar. Los menos afortunados eran condenados a muerte. Es la suerte que corrieron, en 1524, el padre, la abuela, una tía y otros familiares del humanista valenciano Joan Lluís Vives. La primera ejecución de muerte es de 1486. Eran quemados en una hoguera, que, según los historiadores estaba situada en la rambla del Guadalaviar, como entonces se llamaba al río Turia. A la altura del actual Paso de la Petxina, señala Cruselles.
Herejes y sodomitas, a la hoguera
Jorge A. Català Sanz y Pablo Pérez García destacan que las ejecuciones, las ordinarias, se practicaban solamente en la capital, aunque se construyeron horcas fuera de las murallas, junto al río, especialmente en dos zonas a las que se alude en los escritos como "la rambla" y "riusech". Eran espacios especialmente reservados a los condenados por herejía y por sodomía, condenas que comportaban, en ambos casos la hoguera. La Inquisición valenciana no utilizó la horca, matiza Cruselles, hasta muy tarde. El citado Gaietà Ripoll fue carne de ahorcamiento.
Se eligió la rambla del río para montar quemaderos por una cuestión estrictamente ecológica. Se necesitaba un sitio despejado y cerca del agua para evitar el riesgo de incendio. Pero el 'espectáculo' no lucía tanto como en la Plaça del Mercat, donde la asistencia de público era multitudinaria. Era más difícil mover a la gente hacia las afueras, pese a que el "trompeta de la ciudad" hacia el debido anuncio y convocatoria del suplicio para que el reo incinerado estuviera acompañado de la debida jauría humana.
Por esa misma seguridad se instaló un quemadero cerca del convento de la Trinidad, justo debajo del puente que lleva ese nombre, aunque también se habilitaron hogueras frente a la catedral. Ahí ardieron, el 19 de abril de 1578, cuatro hombres, entre ellos un joven luterano francés de 20 años, cuentan Català Sanz y Pérez García.
Del Palacio Arzobispal al de la Inquisición
La ruta valenciana del Santo Oficio empieza por el Palacio Arzobispal, donde se instaló el primer tribunal y se encerraba provisionalmente a presos. Desde 1484 la prisión queda habilitada en el Palacio Real, donde, por decisión de Ferran II, se instala el tribunal y se ‘representan’ algunos autos de fe. Es en 1520 cuando el llamado Palacio de la Inquisición acoge la cárcel de los herejes hasta el XIX, cuando acaba este calvario que desafió a la razón. Ese palacio se ubicaba en la Plaça de Sant Llorens, donde recientemente se instaló la sede de la Agencia Valenciana Antifraude. Por razones prácticas y para dar empaque y brillo al ‘espectáculo’ los autos de fe solían juntar a varios reos sospechosos de herejes. Representaban, apunta Cruselles, ¨el triunfo de la fe sobre la herejía”.
Efectivamente, el epicentro de los ajusticiamientos era la efervescente Plaça del Mercat. En ese punto se localizan el 94% de los ahorcamientos (289 sobre 308) producidos en la seguna mitad del siglo XV. Otros enclaves de la capital que, en menor medida, acogieron la ejecución de condenas fueron la plaça de l'Almodí y Sant Bertomeu y calles como Mossén Lluís Sabata y de Assaonadors. En una etapa posterior, los ajusticiamientos se trasladaron a plazas como la de la Seu, Santa Catalina, Sant Jordi o Serranos y calles como la Nau o Sant Vicent, además del Hospital General. En la Plaça de la Catedral se producían las ejecuciones con ríos de sangre, bien por degollamiento o decapitación.
Los autores del citado estudio, Jorge A. Català Sanz y Pablo Pérez García, subrayan que no todos los cadáveres eran tratados del mismo modo. Para que se conservaran mejor, en el XVII empezó a imperar el criterio de hervir o freir los miembros que querían preservar, básicamente cabeza y manos. Para la exposición pública se metían en jaulas de hierro. Era muy común, especialmente en el XVII, remitir los miembros descuartizados de los reos al lugar donde se perpetró el crimen o delito.
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