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Dossier CV

El amor a través de la literatura, el cine y las redes

Los ciudadanos de la C. Valenciana también aman como enseñan siglos de cultura

Jacob Elordi y Margot Robbie en una escena de la última versión en cine de 'Cumbres borrascosas'.

Jacob Elordi y Margot Robbie en una escena de la última versión en cine de 'Cumbres borrascosas'. / Warner Brothers

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Gerardo Muñoz Lorente

València

Mucho antes de convertirse en objeto de estudio para la psicología, el amor romántico ya había sido pensado, temido, cantado y embellecido por la mitología, la poesía, la pintura, la novela y el cine. En buena medida, los españoles no solo amamos como podemos o como nos dejan las circunstancias, también amamos como nos han enseñado a imaginar el amor los siglos de cultura que llevamos a la espalda.

En la Antigüedad clásica, el amor no aparece todavía como ese ideal moral y afectivo que culminará en la modernidad, sino como una fuerza poderosa, ambigua y con frecuencia peligrosa. Eros, entre los griegos, no es solo dulzura: es impulso, desorden, herida. El amor entra en la vida humana como irrupción que trastorna la voluntad y altera el juicio. De ahí que la mitología esté llena de persecuciones, celos, metamorfosis, abandonos y castigos. Amar no era aún construir una vida en común, sino sufrir o disfrutar una sacudida.

Ovidio entendió que el amor no era solo un sentimiento, sino también un juego de lenguaje, de apariencias y de escena. En El arte de amar y en las Metamorfosis, el amor aparece a un tiempo como juego, estrategia, deseo, seducción y tragedia. Hay en él refinamiento, pero también cálculo; belleza, pero también inestabilidad.

La huella de la mitología clásica no se agotó en la Antigüedad. Sus dioses, sus pasiones y sus tragedias sentimentales siguieron alimentando durante siglos la imaginación literaria de Occidente. No pocos argumentos amorosos posteriores —amantes imposibles, persecuciones, celos, metamorfosis, uniones contrariadas por el destino o por la familia— proceden, en el fondo, de aquel venero grecorromano. Incluso una historia tan emblemática como la de Romeo y Julieta conserva el eco de Píramo y Tisbe, los amantes desdichados narrados por Ovidio, convertidos ya en uno de los grandes modelos del amor joven condenado por el mundo que lo rodea. Fedra reaparece en Racine; Pigmalión sobrevive, secularizado, en Bernard Shaw; y Orfeo y Eurídice siguen siendo el modelo más persistente del amor que intenta vencer a la muerte y fracasa en el último instante.

Con la tradición cristiana medieval, la historia da un giro decisivo. El amor empieza a espiritualizarse y a tensionarse entre cuerpo y alma. A partir del llamado amor cortés, cultivado por trovadores y poetas, se consolida una forma sentimental nueva: la de un amor idealizado, frecuentemente imposible, hecho de distancia, devoción y sufrimiento. La dama no es solo amada, es venerada. El deseo se ennoblece al volverse inaccesible. El amante, lejos de consumar, espera; lejos de poseer, sirve. Ese modelo, aparentemente arcaico, ha dejado una huella inmensa que aún hoy sobrevive en la idea de que, cuanto más difícil, más verdadero parece el amor.

La gran literatura europea de los siglos posteriores hará de esa herencia una fuente inagotable. Dante elevará a Beatriz a una dimensión casi teológica; Petrarca convertirá a Laura en emblema del deseo perpetuamente diferido; y el Renacimiento, con su mezcla de sensualidad y armonía, dará al amor una forma más humana, aunque no menos idealizada. Ya entonces empieza a dibujarse una tensión que llega hasta hoy: la que separa el amor vivido del amor imaginado.

El amor en el Siglo de Oro español

En España, esa tradición tuvo un desarrollo especialmente intenso. La poesía cancioneril, Garcilaso, Lope, Quevedo o Calderón hicieron del amor una de las materias centrales de la sensibilidad barroca. A veces como gozo, a veces como herida, a veces como engaño. El Siglo de Oro español comprendió que amar era también desengañarse. Frente al ideal puro del cortesano, la literatura española introdujo con frecuencia ironía, conflicto, celos, honor, deseo carnal y conciencia del tiempo. En nuestra tradición, el amor no ha sido solo sentimiento; ha sido también conflicto.

Calisto y Melibea disfrutande su amor en una representación de 'La Celestina' en el Teatro Flumen de València.

Calisto y Melibea disfrutan de su amor en una representación de 'La Celestina' en el Teatro Flumen de València. / Levante-EMV

La Celestina, en ese sentido, ocupa un lugar clave. Allí el amor ya no aparece ennoblecido por la distancia, sino atravesado por la pasión, el interés, la manipulación y la tragedia. Es una obra fronteriza y modernísima: desmonta la retórica amorosa a la vez que muestra su enorme poder de arrastre. Frente a las palabras elevadas de Calisto: «Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo», Celestina sabe que todo puede ser comprado, vendido o forzado si se utiliza la estrategia correcta: «¿Quién no me querrá a mí, que todo lo ablando y todo lo venzo?». Algo parecido ocurrirá siglos después con muchas novelas y películas contemporáneas, en las que se desenmascara el mito, pero sin lograr desprenderse de él.

El Romanticismo y su imaginario

Con el Romanticismo del siglo XIX, el amor se convierte definitivamente en uno de los ejes de la identidad moderna. Ya no es solo fuerza exterior, ni solo código social, ni solo tema literario: pasa a verse como una verdad interior, única e irrepetible, capaz de justificar la vida entera. El yo romántico encuentra en el amor su máxima intensidad. («Yo soy Heathcliff. Él está siempre, siempre en mi mente: no como un placer, del mismo modo que yo no soy siempre un placer para mí misma, sino como mi propio ser», confiesa Catherine Earnshaw en Cumbres Borrascosas). De ahí nacen varios de los mitos que todavía organizan nuestro imaginario sentimental: el alma gemela, la pasión absoluta, el amor que todo lo puede, el vínculo destinado a durar más allá del tiempo y de la razón.

Pocos autores vieron con tanta claridad como Stendhal hasta qué punto enamorarse consiste también en adornar la realidad. En Del amor, el escritor francés analizó el fenómeno amoroso con una mezcla singular de agudeza psicológica y elegancia literaria. Su célebre idea de la cristalización explica cómo el enamorado recubre al ser amado de perfecciones imaginarias, como si la mente adornara la realidad hasta volverla deslumbrante. Stendhal entendió que amar no consiste solo en ver al otro, sino en proyectar sobre él un deseo de absoluto: «Lo que yo llamo cristalización es la operación del espíritu que extrae de todo lo que se presenta el descubrimiento de que el objeto amado tiene nuevas perfecciones». En esa intuición late gran parte de la historia sentimental de Occidente.

A lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, la novela consolidará esa herencia y a la vez la pondrá en crisis. Flaubert, Tolstói, las Brontë o Proust mostrarán que el amor romántico puede ser sublime, pero también destructivo, ilusorio o socialmente inviable. La literatura deja entonces de celebrar el mito sin reservas y empieza a observarlo con ambivalencia. Ama el amor, pero sospecha de él.

En España, Bécquer y Rosalía de Castro darán al sentimiento amoroso una tonalidad íntima, melancólica y moderna. Más tarde, la Generación del 27, la novela del siglo XX y el cine convertirán el amor en espacio de deseo, memoria, frustración y búsqueda de autenticidad. El imaginario sentimental español se ha ido formando, así, entre la herencia del ideal romántico y una conciencia cada vez mayor de sus límites.

El cine y la televisión

El cine, la canción popular y, más tarde, la televisión, llevaron ese repertorio sentimental a millones de personas y lo convirtieron casi en una educación amorosa compartida. Hollywood no inventó el amor romántico, pero sí lo multiplicó. Besos bajo la lluvia, encuentros improbables, obstáculos redentores, sufrimientos que legitiman la intensidad: la pantalla convirtió en imágenes repetibles lo que la poesía y la novela habían elaborado durante siglos. Después llegaron la publicidad, las redes y, finalmente, las aplicaciones. El amor dejó de ser solo experiencia y representación para convertirse también en consumo, algoritmo y escaparate.

Con la publicidad, las redes y las aplicaciones, el amor dejó de ser solo experiencia para convertirse también en consumo, algoritmo y escaparate

Para Stendhal, la cristalización era un proceso de paciencia, una forma de sedimento mental que necesitaba tiempo para convertir a la persona amada en un diamante. El algoritmo, en cambio, impone la prisa del catálogo. Ya no nos detenemos a adornar la realidad con nuestra imaginación; nos basta con un vistazo rápido al escaparate de perfiles. Si la magia decae al primer obstáculo, no hay espera que valga: basta un gesto para pasar al siguiente. Así, el amor corre el riesgo de convertirse en un consumo serial, donde la pantalla nos ofrece un flujo incesante de ilusiones que, por pura urgencia, nunca llegan a cristalizar.

Y, sin embargo, incluso en plena era digital, seguimos reconociendo los viejos símbolos. Cambian los escenarios, pero no del todo el fondo. Bajo el intercambio veloz de perfiles, mensajes y fotografías persisten todavía Ovidio, Petrarca, Stendhal y el amor cortés; persiste la vieja esperanza, muy antigua, de que otro pueda colmar lo que sentimos incompleto; persiste la tentación de confundir deseo con destino, intensidad con verdad, idealización con conocimiento.

Durante siglos, la cultura occidental —y la española dentro de ella— ha modelado una idea del amor intensa, exigente y profundamente conflictiva. Por eso hoy convivimos con modelos distintos y a veces contradictorios: buscamos igualdad, pero seguimos soñando con la excepción; defendemos la autonomía, pero anhelamos la fusión; desconfiamos del mito, pero seguimos hablando su lengua.

Tal vez por eso el amor romántico sigue vivo, porque sabemos que exagera e idealiza, pero seguimos hablando a través de él.

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