Global Sumud Flotilla
Valencianos en la flotilla a Gaza: “Ante las torturas de Israel, la legalidad no existe; te pueden triturar y no se entera nadie”
Emilia Nácher y Álvaro Pérez son dos de los integrantes valencianos de la Global Sumud Flotilla que fueron detenidos por el ejército israelí y llegaron esta madrugada a València
Nácher denuncia “palizas cada diez minutos, descargas con táser, granadas sonoras, vejaciones y 37 fracturas de huesos” entre los detenidos

Emilia Nácher y Álvaro Pérez a su llegada al aeropuerto de Manises / Redacción Levante
Cuando Emilia cuenta las palizas, el dolor y los momentos en que pensó que no salía viva del barco-cárcel donde la retuvo durante días el ejército israelí, lo hace con entereza. “Cuando te cogen del pelo y te ponen un cuchillo en la garganta piensas: ‘por lo menos que sea rápido, que no lo hagan muy largo’”, dice. Es enfermera, así que habla con naturalidad de huesos rotos -37 en un grupo de 150 personas en solo dos días-, hematomas -que cubrían ojos, narices y rostros- y paradas cardíacas -en concreto, de la que pensó que estaba al borde tras las torturas-. Pero el único momento en que se le quiebra la voz es cuando reconoce que las vejaciones que vivieron los tripulantes de los barcos de la Global Sumud Flotilla detenidos y torturados por Israel no es nada en comparación con el sufrimiento de los palestinos. “He vuelto con ganas de llorar, no por mí sino por ellos”, reconoce.
Emilia Nácher, enfermera, y Álvaro Pérez, ingeniero, ambos valencianos, embarcaron en sendos barcos de la Global Sumud Flotilla rumbo a Gaza sabiendo que no les esperaba un camino fácil. También, que era probable que ellos y su carga de víveres y medicinas para los palestinos bajo asedio no llegaran a su destino, como les ocurrió a las flotillas anteriores. “Uno de nuestros objetivos, obviamente, era llegar a Gaza, y seguimos con la esperanza puesta en el convoy por tierra, que sigue activo, pero el otro objetivo era ser testigos del trato que están recibiendo nuestros compañeros palestinos”, dice Álvaro Pérez. Y lo han sido, en primera persona, en sus propias carnes. “Haber sido secuestrados y torturados nos permite abrir esta ventana a una pequeña parte de lo que sufre el pueblo palestino y poder contarlo”, añade. Ahora, ya en casa, donde llegaron en la madriugada del sábado al domingo, tras hacer el trayecto Estambul-Bilbao-Madrid-València, pueden hacerlo.
"Es un genocidio, no una guerra"
Son profesionales y activistas horrorizados por “un genocidio, no una guerra”, recuerdan. La decisión de embarcarse en una misión casi imposible la tomaron al ver “cómo van escalando cada vez más las formas medievales que tiene el ejército israelí de asedio, de matar de hambre a la población, de matar a niños, de bombardearlos”. Asegura Emilia que pensaba que “las utopías se pueden realizar”, que los barcos podrían llegar. Pero no fue así.

Emilia Nácher y Álvaro Pérez a su llegada al aeropuerto de Manises / Redacción Levante
“El estado de Israel se cree el dueño del mundo y su ejército ya llega hasta el Mediterráneo, cualquier día nos llegan a la Malvarrosa y nos secuestran mientras nos bañamos”, lamenta Nácher. Lo dice porque la primera vez que el ejército interceptó los barcos de la flotilla estos navegaban entre Creta y Sicilia, a millas y millas de distancia de su punto de destino. “Me preguntaban: ‘¿es consciente de que han invadido la zona de israel?’ y yo respondí: ‘a no ser que haya habido una guerra, estamos en Creta en aguas internacionales’”, relata Emilia.
Cree Álvaro que ese primer acercamiento a los barcos, tan lejos, “resalta la impunidad” con la que actúa el estado de Israel. “Europa se quitó la careta”, apunta. Mientras tanto, en los barcos cundía el miedo: las embarcaciones israelíes se les acercaron y les rondaron con drones “toda la noche”. En la memoria de los tripulantes estaban las denuncias de la anterior flotilla, la de 2025, de drones que detonaban explosivos. Las detenciones en altamar comenzaron por sumir a los barcos en una burbuja aislada. “Lo primero que hacen es anular los radares para dejar a los barcos incomunicados, te dejan sin las radios, sin las luces, puedes chocar contra otro barco y te dejan sin forma de pedir socorro”, denuncia Emilia.
La segunda vez que fueron interceptados, estaban a unas 60 millas de Egipto y a 120 de Gaza. “Fueron muy violentos, nos dispararon desde escasos metros, creemos que con una pelota de goma pero no lo sabemos”. A quienes viajaban en su barco, el Cefiro, les ataron las manos a la espalda, les interrogaron. “Como no les gustaron mis respuestas, me dijeron que saltara al agua con el barco en marcha y el motor a 3.000 revoluciones”, relata.
“Sientes que de ahí no sales”.
Esa segunda vez, el ejército se llevó a los tripulantes a un “barco-cárcel”, donde 154 personas pasaron días hacinadas en contenedores de carga. “Ni Guantánamo, es indescriptible”, resume Emilia Nácher. Vivió y fue testigo de un catálogo de horrores que le va a costar olvidar: “torturas psicológicas, palizas cada diez minutos, descargas eléctricas con táser, escopetas que nos apuntaban, cañones de agua”.
No puede evitar el lenguaje sanitario. “Registramos 37 personas fracturadas con múltiples fracturas cada una de ellas, todos llevábamos manchas de sangre en las camisetas, hematomas en la cara, en los ojos”, dice. Casi es lo de menos, lo peor, añade, es “el susto en el cuerpo que ya no se te va a ir el resto de tu vida”. Como muestra, un episodio: “Dejaron caer una granada de mano a mis pies mientras apuntaban a mis compañeras, así que no podía hacer nada más que prepararme para perder una pierna”. Cuando el artefacto detonó, en medio de un estruendo enorme, se dio cuenta de que era solo una granada sonora. Pánico y humillación.

Recepción a los activistas de la flotilla en el aeropuerto de Manises / Redacción Levante
“Cuando te someten a ese tipo de actuaciones, vejaciones, pateos entre varios, sumisión con la cabeza en el suelo, sientes que de ahí no sales”, dice. Pero ella salió y no puede parar de pensar en “el sufrimiento de cada palesitno y palestina que se queda allí”. “Cuentas con que la legalidad no existe, que te pueden triturar y no se entera nadie”, denuncia.
Por eso, dice Álvaro, la flotilla sirve para dar voz a los horrores que vive la población palestina. “Desde nuestro privilegio, teniendo el foco y teniendo los pasaportes que tenemos, podemos contar las cosas que están sucediendo en la Palestina ocupada”, asegura.
Preparación psicológica, legal y en no violencia
Hace años que Álvaro navega “por placer” y, cuando se enteró de que la flotilla de 2025 saldría, ya era tarde para apuntarse. Pero este año decidió intentar ir a bordo. “Creo que esta es una misión muy importante y pensé: ‘por lo menos tengo que ofrecerme’”, recuerda. El proceso de selección es largo, ha de serlo, porque hay muchas cosas que tener en cuenta, no solo que se cuente con habilidades de navegación. “Por ejemplo, que realmente las personas que vayan sean en todo momento no violentas y no vayan a poner en riesgo la misión”, indica. Para evitar caer en el error de que el fin justifica los medios, se les forma especialmente en el enfoque de la Global Sumud Flotilla. “No vamos a salvar a Palestina, vamos para ayudar en lo que pueda ser, para que se escuchen las voces y la lucha de Palestina”, destaca.
Y asegura que es un trabajo colectivo. “Por cada persona que está navegando hay 10 que están apoyando, un montón de entrenamientos, equipos de apoyo psicológico, médico o legal para asegurarse de que las personas que participamos estemos en las mejores manos”, concluye.
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