Memoria histórica
Tras los huesos del abuelo: del individuo 83 a Vicente Salón de las Nieves
Vicente Salón de las Nieves es mi bisabuelo y hoy recuperamos sus restos para llevarlos junto a su mujer, Carmen Ronda Ferrer, 87 años después de ser fusilado por el franquismo y arrojado a la Fosa 112 del Cementerio de Paterna

La familia visita el monumento de la Fosa 112 para recordar a Vicente Salón de las Nieves / Levante-EMV

Quien me conoce sabe que soy una mujer habladora. Y sin embargo, que mi bisabuelo fue fusilado por el franquismo no era algo que dijera ni a la ligera, ni tan siquiera en arduas discusiones sobre la Guerra Civil, la represión franquista o la memoria histórica. Y no por nada en concreto o, precisamente, por eso mismo: porque no sabía nada de él. Una especie de Síndrome del Impostor, imagino.
De mi bisabuelo materno sabía que era labrador, de Cullera y que lo fusilaron tras la guerra, con lo que todo apuntaba a que debía estar en el Cementerio de Paterna, algo que era lo más probable pero tampoco se sabía a ciencia cierta. O al menos, yo no lo sabía hasta que mi hermano Daniel (Ros Rubio), que se dedica a algo bien diferente pero que es historiador, de corazón y con título, investigó, siguió el rastro y le devolvió el nombre, la historia, el recuerdo y a su familia. De hecho, hoy recogemos sus restos para llevarlos junto a su mujer, Carmen Ronda Ferrer, y que descansen juntos tras 87 años desde la última vez que se vieron. Y siento que se cierra el círculo y también una herida que no sabía abierta. Pero sí lo estaba. En mi familia nos hemos emocionado, hemos llorado, hemos recordado y hemos lamentado, en lo más profundo de nuestro ser, que Franco y sus secuaces consiguieran el primer objetivo de la represión: el silencio.
Entre la documentación que hemos conseguido figura el juicio sumarísimo, que de juicio solo tenía el nombre para aparentar rigor en un proceso sin garantías. Sumarísimo, sin embargo, si fue, por la rapidez con la que mandos militares firmaban la sentencia de muerte de unos civiles que no se imaginaban en riesgo de muerte. Que eran tiempos de paz, decía la propaganda. Porque digo yo que si mi bisabuelo hubiera temido por su vida no hubiera estado labrando el campo cuando le detuvieron. De eso hay más pruebas (por ejemplo, las 'espardenyes' con las que lo fusilaron y que recuperaremos junto a sus restos) que las aportadas en el juicio, que son ninguna. A Vicente Salón de las Nieves le denunció un vecino que le acusó de "haberle oído decir". Y eso fue suficiente (además de estar afiliado a la CNT) para fusilarlo el 30 de noviembre de 1939, a sus 39 años, maniatado como al ganado, y arrojarlo a la Fosa 112. Lo sabemos porque entre sus restos también nos entregan esa cuerda.
A empezar de cero, sola y con 3 niñas pequeñas
Mi bisabuela sí debió temer por su vida porque huyó de Cullera. Casi inmediatamente después de la detención se marchó a València con 29 años y tres hijas pequeñas: Carmen, de 9 años; Encarnación, de 6 años (mi abuela) y Josefa, que cumpliría 3 años, nueve días después de que asesinaran a su padre. Y guardó silencio. No fuera que a ella le acusaran de lo mismo que a su marido. No podía correr el riesgo. Y menos con tres niñas pequeñas.
La historia se silencia, además, por lo jóvenes que mueren todas. Y encima con Franco vivo. Silencio total. Mi bisabuela Carmen murió a los 56 años, y dos de sus tres hijas con menos de 40 (mi abuela, Encarnación, con 38 años y Josefa, la tía Pepita, con 35). Para rizar el rizo las tres mujeres mueren en un año y medio, entre 1970 y 1971. La hija mayor, Carmen, que tuvo una meningitis con 17 años que la dejó con graves secuelas, fue la última en morir y lo hizo a los 52 años en 1983. Todas murieron de cáncer.
La hija mayor de Encarnación, a la que le puso su mismo nombre, es mi madre y tenía 15 años aquel año donde las mujeres referentes de su vida murieron con una diferencia de seis meses. La única hija de Carmen, a la que también le puso su mismo nombre, es mi tía Mari (Carmen) y tenía 11 años. Las dos recogen hoy los restos de su abuelo, Vicente Salón de las Nieves, para llevarlos junto a los de su mujer, a la que enterraron hace ya 56 años en el Cementerio General de Valencia.
Las últimas ejecuciones del franquismo se produjeron el 27 de septiembre de 1975, dos meses antes de la muerte de Franco y por fusilamiento. Cinco años antes mi bisabuela moría sin haber abierto la boca. Cuánto miedo no tendría. Ella, de Cullera, valenciano parlante como sus hijas, se empleó a fondo para hablar castellano en la capital y para que así lo hicieran sus nietas. Había que cumplir con el Régimen, sin ambages. Segundo objetivo de la represión franquista conseguido: en mi familia, natural de Cullera, nadie habla valenciano.
Sin hablar de él pero muy presente
Nadie les habló tampoco a las pequeñas de la casa ni de los sufrimientos vividos tras la Guerra Civil, ni de la historia del abuelo fusilado. Con ellas, al menos, no visitaron el Cementerio de Paterna. Lo que sí recuerdan es ir a Cullera y visitar a la familia de la abuela. De la del abuelo no saben nada. Ni tan siquiera saben dónde estaba la casa donde vivió esa familia hasta que fusilaron al hombre (literalmente) e intentaron matar, pero de hambre, a su mujer y a sus hijas. No hablaban de él, pero sí lo tenían presente porque al primer varón que nació en esta familia (mi tío Quique) le pusieron Enrique Vicente. Enrique, por su padre, y Vicente, por ese abuelo al que nadie nombraba.
Mi madre y mi tía sí recuerdan a su tía Liber (Libertad), la mujer que ayudó a mi bisabuela a empezar de cero en València. Llamarse así tenía una connotación demasiado explícita de sus orígenes así que la mujer se veía obligada a firmar todos los meses en el cuartel y no podía salir a la calle cuando Franco visitaba la ciudad. Fue el principal apoyo de mi familia en tiempos de miseria. Porque en mi familia no hubo ni pensión de viudedad ni de orfandad. Esas se reservaban para las mujeres del bando ganador.
Desde que encontramos y supimos que el abuelo (así lo llamamos en casa) estaba en la Fosa 112, hemos removido recuerdos mientras agradecemos la increíble labor de la asociación de familiares de las víctimas con las que compartimos desgracia porque cuando llegamos a ellos la exhumación de la fosa estaba prevista y casi a punto. Era el año 2018. Cómo llegaron a ese punto merece otro reportaje.
La familia no olvida
Lo que no consiguió el franquismo fue el tercer objetivo de la represión: el olvido. Ahí sí que no. En mi familia, el primero que dio el ADN para intentar identificar sus restos fue mi tío Quique, su primer nieto varón. No dio el resultado previsto. Años después se firmó el convenio con Fisabio para la puesta en marcha de nuevas técnicas de identificación cotejando el rastro genético de las mujeres de la familia. Y ahí, ocho años después de la exhumación de los restos, esos huesos dejaron de ser los del "individuo 83" de la Fosa 112 para recuperar su nombre y apellidos: Vicente Salón de las Nieves. Este es mi homenaje a ti y a nuestra familia.
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