Memorias postraumáticas en España y América Latina
Una diferencia sustantiva, por lo que hace a las memorias, entre la realidad española y la latinoamericana es el tiempo transcurrido entre la fase más cruenta y brutal de la represión y la superación de la dictadura

Ceremonia de entrega de restos de una víctima de la Guerra Civil en Paterna. / JM López
Joan del Alcàzar
Tanto en España como en América Latina, la historia del siglo XX estuvo atravesada por procesos traumáticos de violencia política y dominación dictatorial.
España vivió una apocalíptica guerra civil a la que siguió una larguísima y brutal dictadura que hizo todo lo que estaba en su mano, y era mucho, para acabar con cualquiera que se opusiera a ella.
En Latinoamérica, las dictaduras castrenses proliferaron durante la Guerra Fría. Los militares identificaron a un “enemigo interior”, el comunismo, e implantaron las llamadas Dictaduras de Seguridad Nacional con un objetivo claro: detectar, identificar y neutralizar a esos enemigos. Los militares, adiestrados por norteamericanos y franceses, entre otros, pusieron en marcha lo que ellos mismos llamaron 'guerra sucia'; después, la justicia internacional lo denominó 'terrorismo de Estado'.
Estas sociedades que vivieron procesos tan traumáticos, cuando sus dictaduras entraron en fase terminal, cuando abordaron el reto de recuperar la democracia, de poner en marcha una transición, hubieron de enfrentar diversos legados, el más lacerante de los cuales fue el de las violaciones de los derechos humanos perpetradas, con sus larguísimas listas de exiliados, torturados, muertos y desaparecidos.
La inmensidad del daño provocado generó en las mayorías sociales la voluntad de repararlo y de prevenir su repetición en el futuro, todo lo cual se expresó en el lema que nació en la Argentina: Nunca más. El reconocimiento y la voluntad de reparación y prevención se extendió a diversos ámbitos, actores y prácticas de las sociedades afectadas, entre las cuales destacan los de la justicia, la historia y la memoria.
Ocurrió que aquel traumatismo generó diversas memorias, entre los que sufrieron las dictaduras y también en muchos de los que nacieron después. Debemos entender esas memorias como relatos personales sobre el pasado traumático. Diversos historiadores coinciden en que podemos hablar de, al menos, cuatro tipos distintos.
En España podemos encontrar a) una memoria justificativa y exculpatoria, que valida y defiende el levantamiento militar de 1936 y todo lo que vino después; b) una memoria punzante y dolorosa, explícita en las víctimas directas de la guerra y la dictadura que no han podido encontrar consuelo, ni anímico ni político. Los adscritos a ella son cada vez menos por razones biológicas; c) una memoria ética y democrática, mayoritaria entre la ciudadanía que comprende que hay que honrar a las víctimas y dar consuelo a sus deudos; d) la memoria de la no-memoria, que sostiene que es mejor no remover el pasado, porque eso es reabrir viejas heridas, y es la que defienden sin complejos las derechas hispánicas.
Una diferencia sustantiva, por lo que hace a las memorias, entre la realidad española y la latinoamericana es el tiempo transcurrido entre la fase más cruenta y brutal de la represión y la superación de la dictadura. Veamos dos ejemplos aclaratorios. En el caso chileno el golpe militar de Pinochet y otros se produjo en 1973, y la transición arrancó en 1988, tras la derrota del general en el plebiscito de aquel año. En el caso argentino, el golpe militar de Videla y otros se produjo en 1976, y la transición arrancó en 1983, tras la derrota de Malvinas.
Por lo que hace a España, la sublevación de Franco se produjo cuarenta años antes de la recuperación de la democracia. Son los que hubo entre el levantamiento de 1936 y la muerte del golpista en 1975. Dieciséis años tardaron los chilenos en volver a votar en unas elecciones democráticas (1989); siete los argentinos (1983); cuarenta y uno los españoles (1977).
En España no hubo Comisión de la Verdad alguna. Aquí nadie elaboró un "Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas"
Nuestro retorno a la democracia pivotó sobre dos exigencias: libertad y amnistía. En determinados territorios, además, una tercera: Estatuto de Autonomía. Se miró hacia adelante; lo prioritario no era hacer cuentas con el pasado, no era exigir reparación a las víctimas, ni pedir juicio y castigo a los verdugos. Hubo mucho pragmatismo entre la ciudadanía y, hay que decirlo también, no poco miedo. Al final, las transiciones tienen un resultado que viene dado por la correlación de fuerzas entre los actores políticos implicados. En la España de 1975 esa correlación era la que era y, como alguien dijo, los actores opositores al franquismo hicieron lo mejor que supieron lo mejor que pudieron.
Eso ayuda a entender que en España no hubo Comisión de la Verdad alguna. Aquí nadie elaboró un "Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas" [Nunca Más, 1984], como en la Argentina. Ni un "Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación" (1991), como en Chile, conocido como Informe Rettig. Ni otro posterior en aquel mismo país (2004), el “Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura”, conocido como Informe Valech.
En Chile o en Argentina las víctimas de unas fuerzas armadas que se habían empleado como un verdadero ejército de ocupación extranjero hubieron de rendir cuentas ante una sociedad traumatizada por lo que habían vivido pocos años atrás. En España, las tropas de Franco se comportaron con una ferocidad y una crueldad también propia de una milicia invasora, pero cuarenta años no habían pasado en balde. Las víctimas vivas de esa represión cruel, y los familiares directos de las personas muertas o desaparecidas se vieron postergadas por el pragmatismo trufado de aprensiones que acabó imponiéndose.
Es difícil de entender que en España no tengamos uno o varios lugares de memoria emblemáticos
Pese a todo, es difícil entender que 87 años después de acabada la guerra, y 49 después de las primeras elecciones democráticas, decenas de miles de víctimas continúen en las cunetas o en fosas comunes. Como es difícil de entender que en España no tengamos uno o varios lugares de memoria emblemáticos, como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, de Santiago de Chile, inaugurado en 2010, con el objetivo de “visibilizar las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado chileno durante la dictadura militar entre 1973 y 1990, dignificar a las víctimas y a sus familias, y promover la reflexión sobre la importancia del respeto y la tolerancia”.
Quizá algún día, quizá, algo así también podremos verlo en España.
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