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Medio ambiente

Cristina Monge, socióloga y politóloga: “Volver a levantar una casa arrasada por la riada en una zona inundable es jugar a la ruleta rusa”

Este jueves, la socióloga y politóloga presenta su libro 'La gran oportunidad' en València

Cristina Monge en una foto de archivo

Cristina Monge en una foto de archivo / Victoria Iglesias

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Marta Rojo

Marta Rojo

València

Cristina Monge conoce bien lo que es el “territorio de sacrificio”. Muy cerca de su Zaragoza natal, pueblos como Jánovas o Lanuza fueron inundados por embalses. Ofrecidos en el altar de la riqueza o el bienestar de otros, muchos perdieron las casas y las calles donde habían nacido. En cierto sentido, considera la socióloga y politóloga, también grandes coronas metropolitanas como los municipios de l’Horta Sud inundados por la dana son áreas de sacrificio. En ellos, infligido ya el daño medioambiental irreversible, añade, no tiene sentido reconstruir los errores urbanísticos -”es jugar a la ruleta rusa”-, sino repensar el territorio, sobre todo en el contexto actual de emergencia climática. En su libro ‘La gran oportunidad’ (Tirant Humanidades), que presenta este jueves en València, pero también en ‘Contra el descontento’, flamante Premio de Ensayo Paidós, apuesta por una Gran Transición medioambiental que escribe siempre en mayúsculas. Y advierte, frente al “retardismo” de quienes insisten en posponer el cambio de modelo: el momento es ahora.

El subtítulo de su libro es ‘Cómo acelerar la transición ecológica y fortalecer la democracia’. ¿Cómo amenaza la emergencia climática a los sistemas democráticos?

La tesis que defiendo e intento desarrollar en el libro es que la crisis ambiental en general incide sobre las sociedades: lo que hace es exacerbar o agudizar problemas que ya existían. En concreto, hablo de uno que es fundamental en democracia: la desigualdad. Me fijo en tres tipos de desigualdad: la económica, que es la más evidente; la territorial, donde unos territorios son más afectados y vulnerables que otros; y la de género, pues existe evidencia científica de que la crisis climática afecta más a las mujeres. La crisis climática agudiza esos problemas hasta el punto de que tensiona mucho más la convivencia en las sociedades. Esto hace, especialmente en un momento de desconfianza institucional, que se incrementen los conflictos y la sensación de que las instituciones no van a ser capaces de gestionarlos. Es una paradoja que en València un fenómeno que tiene su intensidad en el cambio climático, como es la dana, acabe dando réditos a un partido negacionista.

El debate sobre cambio climático está lleno de análisis, planes y estrategias. ¿Estamos en un momento de parálisis por análisis o cómo describiría el estado actual de las políticas públicas?

No, yo creo que no. Estamos en la transición; ya está en marcha. Las transiciones han ido avanzando, lo que pasa es que lo están haciendo de forma muy lenta. Por un lado es normal, porque estamos ante una transición de una complejidad tremenda que abarca todo: la energía, la agricultura, la industria y la forma de vivir. No sabemos cómo se hace, es la primera vez que afrontamos algo así y supone poner de acuerdo a agentes muy diferentes: el mundo económico, el financiero, la sociedad y los intereses políticos. A mí me preocupa más el "retardismo": las opciones que no niegan el cambio climático ni la necesidad de la transición, pero dicen que ahora no es el momento. Para ellos, no era el momento durante la pandemia, ni cuando estalló la guerra de Ucrania, ni ahora con la crisis energética. Nunca es el momento; siempre se encuentran motivos para posponer la acción. Y eso ocurre, paradójicamente, cuando se ve más claro que nunca lo caro que nos sale, por ejemplo, ser dependientes de energías fósiles que no tenemos, lo que es un suicidio para Europa. No cabe el “retardismo”: la ansiada autonomía estratégica solo se alcanzará si tenemos autonomía energética.

En materia medioambiental y como sociedad, ¿estamos más concienciados, más polarizados o ambas cosas?

Lo que nos dicen las cifras es que la sociedad tiene una amplia conciencia de lo que está pasando y de que es necesario actuar. Pero también sabemos que no es sencillo. Al mismo tiempo surgen fuerzas de ultraderecha, algunas negacionistas, que lo cuestionan. Sin embargo, incluso en los sectores que votan a la ultraderecha sigue habiendo una mayoría que dice que le preocupa la crisis ambiental y que algo hay que hacer. Y otra cosa que no hay que perder de vista: hay que diferenciar entre quienes dicen que el cambio climático es una "milonga" y quienes, creyéndoselo, critican las políticas que se aplican porque no les gustan. Una cosa es el negacionismo y otra es criticar las políticas; de hecho, se debe discutir mucho sobre ellas. Y es que la crisis climática no es de izquierdas ni de derechas, es una realidad; lo que diferencia a unos y otros es la forma de abordarla. Hay corrientes liberal-conservadoras que piden una transición operada básicamente por las fuerzas del mercado y la tecnología; otros hablan de decrecimiento; y la opción socialdemócrata apunta a una "transición justa". Esta última busca un cambio de modelo aplicado con criterios de justicia social, apoyando a quienes puedan salir mal parados de la transición.

En España lo que se está aplicando es una estrategia de transición justa; existen documentos del Ministerio de Transición Ecológica que así lo indican. Incluso el Pacto Verde Europeo se basa en esos parámetros. Otra cosa es que ahora, como producto del cambio político en el Parlamento Europeo y en los principales estados miembros, se esté virando hacia una pérdida de protagonismo de la justicia social frente a la preeminencia del mercado y la tecnología. Mi tesis de fondo es que, si aplicamos criterios de justicia social a estas políticas, tenemos una oportunidad para repensar la economía, nuestra relación con el planeta y mejorar las democracias al reducir las desigualdades. Por el contrario, si la transición ecológica se hace sin justicia social, las desigualdades aumentarán todavía más. Si la transición se hace a costa de romper la sociedad, acabará suponiendo una mayor amenaza para las democracias.

Cristina Monge en una foto de archivo

Cristina Monge en una foto de archivo / Victoria Iglesias

Habla de una Gran Transición, con mayúsculas. ¿Cómo la definiría y cómo abordarla para que sea integral?

Está la parte energética, que es fundamental; toda la derivación que tiene la energía sobre el modelo industrial; y la ordenación del territorio, tanto en las ciudades como en el resto de áreas. Yo diría que los tres grandes elementos ahora mismo son esos dos y el modelo agrícola y ganadero, que se está quedando atrás y al que habría que empujar más desde el punto de vista de la sostenibilidad.

Ha hecho referencia a la relación con la ordenación del territorio, y en el libro menciona al concepto de áreas de sacrificio, que, en el contexto valenciano, hace pensar en la dana y en la zona cero de la catástrofe. ¿Cuál es el futuro de las coronas metropolitanas que son a veces áreas de sacrificio?

Se entiende por territorios de sacrificio aquellos que se consideran sacrificados para que otros vivan mejor. Por ejemplo, los valles del Pirineo inundados por embalses para regar otros territorios, o para producir electricidad que genera riqueza en otro lugar. También pasa con el modelo agrícola y con las instalaciones de energías renovables que se hacen sin tener en cuenta los intereses locales. Estos territorios sienten que su desarrollo y bienestar se sacrifican para que otros se beneficien, pero sin compartir la riqueza. Por otro lado, las grandes ciudades son consumidoras de recursos que no producen, lo que las hace muy vulnerables: un territorio más seguro sería aquel capaz de producir al menos una parte de los recursos que consume. El modelo actual genera dependencias por las que los territorios periféricos son meros suministradores que raras veces comparten el beneficio generado. Debemos ir hacia una noción mucho más equilibrada e integrada de desarrollo territorial.

En el contexto de la dana, ¿es suficiente con reconstruir lo arrasado? ¿O es hora de ir más allá de la copia idéntica de lo que había?

Hacer eso es meter la cabeza debajo de la tierra y no querer ver los problemas, porque lo que ha pasado puede volver a ocurrir. Volver a levantar una casa que ya se ha llevado la riada en una zona que sigue siendo inundable es jugar a la ruleta rusa. Hay que trabajar con la legislación y con las compañías de seguros para favorecer que se restaure el bien dañado, pero en un entorno donde la seguridad sea mayor. De lo contrario, jurídicamente estaremos cumpliendo la obligación de restaurar el bien, pero estaremos generando igual o más vulnerabilidad que la que había.

Habla de la IA como la más novedosa de las industrias extractivas. ¿La tecnología y el medio ambiente pueden ser aliados o son enemigos irreconciliables?

Hasta ahora han sido aliados. La digitalización permitía monitorizar consumos y conocer flujos de energía para gestionar de forma más eficiente. El problema surge cuando vemos que la inteligencia artificial implica un consumo de agua, energía y materiales que pueden poner en entredicho la sostenibilidad. No se puede tener un consumo de energía desaforado ni generar nuevos territorios de sacrificio que se llenan de renovables para alimentar centros de datos que no crean empleo local. Todos estos temas no son menores: la relación que establezcamos entre tecnología y medio ambiente puede volver a reconfigurar la geopolítica mundial.

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