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Un viaje histórico

El fracaso de la democracia cristiana valenciana o por qué nadie ‘vota’ al papa León XIV

Tras el intento fallido de Unió Democràtica del País Valencià (UDPV), partido disuelto en la Transición, el potente discurso del Pontífice reactiva el ideal democristiano que apenas ha estado representado en la política valenciana

El papa León XIV en el Congreso de los Diputados, esta semana.

El papa León XIV en el Congreso de los Diputados, esta semana. / José Luis Roca / PIM

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José Luis García Nieves

José Luis García Nieves

València

En la sala Clementina del Palacio Apostólico, el pasado 25 de abril León XIV lanzó un mensaje: ser un cristiano comprometido en la política significa recuperar la idea de comunidad, poner freno al “mercado deshumanizante”, “cuidar a quienes sufren, teniendo en cuenta las verdaderas capacidades para acoger e integrar a los migrantes en la sociedad". No escuchaban devotos anónimos. Eran Manfred Weber y los otros 189 representantes del Partido Popular Europeo de visita al Vaticano.

Quizá Robert Prevost no sea el papa más político, pero es uno de los que más claro habla a los políticos. Y le aplauden, al calor de su discurso atravesado de doctrina social y un humanismo sin excepciones. Siete minutos de ovación en el Congreso de los Diputados tras su intervención esta semana, dentro de una gira española que ha levantado entusiasmo a derecha e izquierda.

Al papa le aplauden, pero no le ‘votan’. No hay una filial española ni valenciana del ‘Partido del Papa’, que no es otro que la histórica democracia cristiana que en Europa ha vivido décadas de gloria, con la CDU alemana o la Democracia Cristiana que dominó la política italiana desde el fin de Segunda Guerra Mundial hasta los 90.

Estas ideas, de hecho, se articularon con el nuevo orden posterior a 1945 como respuesta a una mundo horrorizado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Están en la partida bautismal de la propia Unión Europea, situando la dignidad del ser humano sin discriminación en el frontispicio de las sociedad.

Sin embargo, solo el PNV vasco y la Unió Democràtica de Catalunya anclada en CiU respondieron en España a ese ideal. No ha habido filial valenciana de la democracia cristiana (ni entonces ni hoy), pero sí hubo un intento notable. La Unió Democràtica del País Valencià (UDPV) fue la respuesta tardía, ya entrados los 60, de un sector de la oposición democrática antifranquista de tinte valencianista y europeísta.

Humanismo cristiano y antifranquismo

“Hubo tres nombres clave”, recuerda Agustí Colomer, exsecretario general de la AVL y exmiembro de la Unió Democràtica del Poble Valencià. “Vicent Miquel i Diego, Vicent Ruiz Monrabal y Joaquim Maldonado Almenar. Vicent Miquel fue uno de los fundadores de la UDPV en 1965 en las aulas de la calle de la Nau y el líder indiscutible de los universitarios valencianistas que tenían como referentes políticos el humanismo cristiano, el personalismo comunitario de Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, y la doctrina social de la Iglesia, especialmente la encíclica “Pacem in Terris” de Juan XXIII. Posteriormente, se añadió el grupo procedente de la Joventut Agrària Rural Catòlica (JARC), movimiento especializado de l’Acció Catòlica encabezado per Vicent Ruiz Monrabal, que utilizaba en su acción social la metodología del “ver, juzgar, actuar” característica de la Joventut Obrera Cristiana. Por último, ya en el final del franquismo, se sumó el colectivo presidido por Maldonado que procedía de la Derecha Regional Valenciana de Lluís Lúcia”.

La UDPV quedaría marcada por el fiasco electoral inicial. Aunque fue el partido de estricta obedicencia valenciana con mejores resultados en las Generales de 1977 (por encima del PSPV), la creación de la UCD (“el partido del presidente” Adolfo Suárez) cortó sus buenas expectativas. La popularidad de Suárez y la neutralidad que reclamó el cardenal Tarancón anularon las opciones democratacristianas. Solo resistió el PNV. Los 48.000 votos alcanzados no le permitió a UDPV lograr representación, cuenta Colomer.

Del nacionalcatolicismo al vacío democristiano

El sector democristiano quedó fuera del proceso de la Transición valenciana, y triunfó el anticatalanismo en que incurrió buena parte de la UCD. En opinión de Simó Alegre, doctor en Ciencias Políticas y profesor en la UV, “el gran lastre de la UDPV fue la adhesión al ‘pack’ simbólico del ‘fusterianismo’, un tic del antifranquismo valenciano por la transgresión que significaba y el elitismo de sus líderes. Les impidió sintonizar con la temperamental valencianía de un electorado potencial en el que, por poner un ejemplo, subsistía una especial veneración por la senyera tricolor, proveniente del periodo republicano y la guerra civil por ambos bandos”.

De un modo u otro, no hubo tampoco una marca netamente democristiana en el nuevo proceso político español. Un país marcado por el ‘nacionalcatolicismo’ y con el Opus Dei dentro de las estructuras del estado fue incapaz de alumbrar una opción democrática de base cristiana. “Mi hipótesis es que el catolicismo del Estado llega a la Transición dividido en socialcristianos, democristianos y nacionalcatólicos. Estas corrientes manifiestan diferentes visiones sobre cómo debería ser la democracia y, por tanto, se reparten, como familias, en el seno de diversos partidos. Sin embargo, en Euskadi y Cataluña las Iglesias autóctonas contribuyen decididamente, ya desde los años sesenta, a la resistencia los nacionalismos periféricos, hasta el punto de que entran en una simbiosis de mutuos beneficios que acabará solapando sus rasgos identitarios”, defiende Alegre.

Fuera del parlamento, dentro de la sociedad

En Valencia fracasó el partido, pero sus ideas permearon una parte la sociedad. “Hubo una fructífera repercusión en el tejido social gracias a la acción de muchos de sus miembros, que actuaron impulsados por el compromiso con sus ideas valencianistas y democratacristianos”, evoca Colomer.

Vicent Diego, por ejemplo, impulsó el cooperativismo; Josep Ferrís se implicó en múltiples iniciativas diocesanas y comarcales; Vicent Ruiz Monrabal, en el ámbito de la Federació de Societats Musicals de la Comunitat Valenciana, o Eugeni Senent, en el mundo de las pymes. Fuera de la política se dedicaron a “fer país”.

LOCAL// CONFERENCIA EN LA UNIVERSIDAD LITERARIA. A.Colomer, Joan Rigol, Ramón Cerdá, Vicent Miquel. Conferencia de Unió Democrática del País Valenciá

Conferencia en 1996, en un intento de reactivar la democracia cristiana: A.Colomer, Joan Rigol, Ramón Cerdá y Vicent Miquel. / RAFA CLARAMUNT / LEV_996

¿Alguien hace caso a León XIV?

Hay democristianos en la sociedad, pero parece que hay pocos en los espacios de influencia de los partidos. “Está claro lo que León XIV está pidiendo, pero se dirige a una democracia cristiana que ya no existe organizadamente en el País Valenciano o, peor, que se ha aprovechado de su nombre”, asevera el catedrático de la UV Josep Vicent Boira.

El geógrafo, que podría encuadrarse cercano a esta corriente, pone el dedo en una llaga de algunos de quienes así se consideran en el Partido Popular. Tradicionalmente han proliferado ‘sectores cristianos’ en su seno. En València, el grupo próximo al Opus Dei liderado por Juan Cotino fue el ejemplo más potente durante los mandatos de Camps. Hoy, el Ayuntamiento de València sería el ámbito donde su influencia sería más reconocible. Sin embargo, existe una contradicción evidente entre los postulados históricos de la democracia cristiana valenciana y algunas de las posiciones que defiende el partido, incluidos unos grupos que más bien han operado como familias de poder.

“¿Prioridad nacional? ¿Una auténtica democracia cristiana aceptaría sin ni siquiera debatir este principio? Compara a Angela Merkel [canciller y referente dos décadas de la CDU alemana] en la acogida a los refugiados en 2015 con este discurso”, sostiene.

Juan Cotino, Rita Barberá y Francisco Camps, durante el Corpus de 2008, en la Catedral.

Juan Cotino, Rita Barberá y Francisco Camps, durante el Corpus de 2008, en la Catedral. / Juan Navarro

“Desde luego en la doctrina social de la iglesia no se habla de 'prioridades nacionales'. Al contrario, no se hace distinción de necesitados por condición alguna. Por otra parte, la UDPV como entidad realmente democristiana valenciana, en su tiempo, apostaba por el humanismo cristiano, sí, pero también por el personalismo comunitario de Mounier, la subsidiaridad (de aquí su preocupación por robustecer las estructura política valenciana), los cambios del Vaticano II (como la liturgia en la lengua propia de cada lugar) y el cooperativismo como filosofía económica y social que pone en valor el trabajo y la comunidad sobre el capital y el individuo. No recuerdo una insistencia parecida, ni un desarrollo programático en estos ámbitos en el actual sector que se autodenomina democristiano”. Y concluye: “En Italia, hay sectores democristianos que se encuadran en visiones sociales y centradas de la política. Aquí podrían haberse dado también, pero no fue el caso”.

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