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Premis Valencià i Valenciana de l'Any: Romero y Lluch construyen un puente en favor de la palabra y la ciencia

El catedrático de Geografía y la oncóloga recuerdan emocionados sus orígenes en el campo, su rebelión contra el destino y ponen en valor el diálogo y la investigación

Anna Lluch y Joan Romero, durante la entrega de los premios Valencià i Valenciana de l'Any.

Anna Lluch y Joan Romero, durante la entrega de los premios Valencià i Valenciana de l'Any. / Miguel Angel Montesinos

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Alfons Garcia

Alfons Garcia

València

Las historias de Anna Lluch y Joan Romero tienen algo en común: rebelarse contra su destino natural. Ella, hija de un llaurador de Bonrepós i Mirambell. Él, nacido en Albacete en una vida de campo y carencias. Ella trabajaba de día y estudiaba en clases nocturnas en el instituto para llegar a la universidad, aunque lo hizo algún año más tarde del orden natural. Él tuvo la fortuna de encontrarse con un buen profesor represaliado que creyó en él y unos padres que respaldaron aquella decisión extraña de que estudiara. Ambos encontraron su sueño de llegar a la facultad y ambos tuvieron el apoyo de una beca para cumplir ese anhelo. Su historia es la de muchos, pero es única. Él, que acaba de impulsar unas becas para jóvenes estudiantes universitarios, la recordaba ayer arropado por decenas de compañeros de generación y de vida. Ella se acordaba de las muchas pacientes de cáncer de mama que la han hecho más humana. Ambos repasaban sus crónicas vitales, emocionados, al recoger más de 50 años después un galardón que les reconoce como referentes de la sociedad valenciana.

Sus vidas se configuran así un puente entre dos mundos: el de los orígenes y el que estaba al otro lado del muro que lograron derribar. Lo recordaba Romero en el atril, con una voz que a veces costaba salir y en una sala que quedó pequeña ante la cantidad de compañeros y representantes de la sociedad civil y en la que estaban, también, las principales autoridades públicas valencianas, de distinto color político.

Precisamente, no se veían, pero en el acto se aludía, mucho, a la importancia de reconstruir puentes deteriorados. Los premios son, en sí, una forma de poner en valor a quienes representan esos puentes y unos principios que ambos resumieron en sus parlamentos: la rebelión contra la desigualdad y la injusticia, la compasión, la importancia de la palabra y la conversación, la relevancia de los consensos y el valor (colectivo y de construcción de futuro) de unas buenas educación y sanidad públicas.

Lo dijo el profesor Romero: cuando se elimina la palabra (el diálogo), queda el odio. El acto fue así una especie de oasis de trellat donde brillaron esa urgencia de la conversación (de los consensos) al margen de las discrepancias y de los valores de la Ilustración, que hoy vuelven a ser objetivo. Como lo son también la investigación y la ciencia, como recordó Anna Lluch, que declinó la silla y prefirió dirigirse de pie, sin ayudas, al auditorio.

Porque ambos, Anna Lluch y Joan Romero, como dijo él, siguen siendo quienes fueron y conservan la esencia de aquellos jóvenes que se rebelaron contra el orden que la vida les tenía reservado: ser madera para carbón (la metáfora es del catedrático). Sus figuras se elevaron durante la tarde como ejemplos de la palabra y el conocimiento. Modelos de "la necesidad de dudar" frente al fanatismo y a favor de la ciencia.

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