El calor pone a prueba al monte valenciano: la vegetación acumulada dispara el riesgo de incendios
El inicio de la campaña está siendo favorable, pero el riesgo dependerá de cómo evolucionen las temperaturas, los vientos, la sequía y la enorme cantidad de vegetación acumulada tras las lluvias

Vigilante forestal en l'Alt del Pi, en la Sierra de la Calderona. / Francisco Calabuig / Francisco Calabuig

A primera vista, el monte valenciano ofrece este verano una imagen esperanzadora. Después de un invierno y una primavera excepcionalmente lluviosos, las sierras presentan un aspecto mucho más verde que en los últimos años. Hay más hierba, más matorral y más vegetación. Sin embargo, esa imagen es también una trampa. Los especialistas consultados por Levante-EMV coinciden en que un monte más verde no significa necesariamente un monte más seguro. Con la llegada del fuerte calor, toda esa vegetación está secándose y se convierte en el principal combustible de los incendios forestales.
El verano entra ahora en su fase más delicada. A la enorme cantidad de biomasa acumulada se suman las altas temperaturas, la posibilidad de tormentas secas con aparato eléctrico y el riesgo de negligencias evitables, como arrojar colillas, hacer fuego donde está prohibido o estacionar un vehículo con el tubo de escape caliente sobre vegetación seca. En un monte con tanto combustible acumulado, además, un incendio originado por un rayo tiene muchas más posibilidades de propagarse y alcanzar grandes dimensiones. No en vano, seis de los nueve grandes incendios forestales registrados en la Comunitat Valenciana durante el último lustro fueron provocados por rayos y calcinaron más de 34.000 hectáreas.
«El concepto importante es la disponibilidad del combustible», resume el ingeniero forestal Ferran Dalmau-Rovira. «Ha llovido mucho este año, pero sobre todo en invierno. Si ahora no llueve hasta octubre, toda esa biomasa acaba secándose».
Las entradas de aire cálido, la elevada temperatura del Mediterráneo y las previsiones meteorológicas obligan a extremar la vigilancia. Las previsiones que vienen no son buenas
Dalmau-Rovira insiste en que el riesgo puede cambiar en muy poco tiempo. «Hemos tenido una primera parte del año buena, pero la situación puede cambiar en apenas quince días», advierte. Hasta el 31 de mayo, la Comunitat Valenciana había registrado únicamente 16 incendios forestales, frente a una media de 117, mientras que la superficie quemada apenas alcanzaba las 33,8 hectáreas, muy lejos de las 568 hectáreas habituales para esas fechas. Sin embargo, las entradas de aire cálido, la elevada temperatura del Mediterráneo y las previsiones meteorológicas obligan a extremar la vigilancia. «Las previsiones que vienen no son buenas», resume.

Una vista aérea de parte de la Sierra de la Calderona. / Francisco Calabuig
Como ejemplo recuerda los recientes incendios registrados en Zaragoza, cuya rápida propagación estuvo condicionada por unas condiciones atmosféricas especialmente adversas. «Si durante el verano tenemos una sequía significativa, esa biomasa seca alimentará mucho los incendios», añade.
Más bosque que nunca
Para Rafael Delgado, presidente de la Plataforma Forestal Valenciana, también sería un error atribuir el riesgo únicamente a la meteorología de este verano. El verdadero problema es mucho más profundo. «Estamos batiendo récords de biomasa. El bosque y el sotobosque han crecido muchísimo», coincide. Durante décadas, el abandono de la agricultura, la desaparición de la ganadería extensiva y la despoblación del interior han permitido que el bosque ocupe antiguos campos de cultivo y acumule cada vez más combustible.
«El bosque mediterráneo es un paisaje cultural. Es el resultado de una sociedad. Si la sociedad abandona el territorio y se marcha a las ciudades, el bosque acaba siendo el reflejo de ese abandono», resume.
Sobreprotección, no
Los datos confirman esa evolución. La superficie forestal valenciana y la biomasa almacenada en los montes no han dejado de crecer durante las últimas décadas, hasta el punto de que hoy los bosques almacenan más de cuatro veces la biomasa de hace medio siglo. Un dato que confunde: el territorio forestal en la Comunitat Valenciana ha aumentado en las últimas décadas y ocupa el 57 % del total, lo que contradice la idea generalizada de que la desertificación y los incendios lo estaban reduciendo. Una paradoja que da lugar a todo tipo de malinterpretaciones por parte del mundo urbanita, que se olvida de un aspecto fundamental: la obligación de gestionar el monte, de interactuar con él, «no de sobreprotegerlo», coinciden los cuatro expertos consultados.
«Tenemos un paisaje con muchísima más masa forestal. El día que coincidan una ponentà o una situación meteorológica extrema, el riesgo será peligrosísimo», advierte Rafa Delgado
Delgado introduce además una paradoja asociada al cambio climático. La mayor humedad ambiental registrada en los últimos años mantiene durante más tiempo hidratada la vegetación y dificulta la propagación inicial del fuego. Pero, al mismo tiempo, favorece el crecimiento del monte. «Tenemos un paisaje con muchísima más masa forestal. El día que coincidan una 'ponentà' o una situación meteorológica extrema, el riesgo será peligrosísimo», advierte.
Ignición frente a propagación
Ferran Dalmau-Rovira subraya la diferenciación de dos conceptos que habitualmente se confunden: la ignición y la propagación. La ignición explica cómo comienza un incendio: un rayo, una negligencia, una línea eléctrica defectuosa o un fuego intencionado. La propagación responde a una pregunta distinta: por qué ese incendio termina siendo un conato o acaba arrasando miles de hectáreas.

Un helicóptero trabaja en la extinción de un incendio en Alcublas en 2022. / Rober Solsona / Europa Press
«Podemos reducir mucho las causas de ignición, pero si el combustible está disponible y las condiciones meteorológicas acompañan, un único foco puede acabar convirtiéndose en un gran incendio», resume.
Por eso, insiste, la prevención debe actuar sobre ambos frentes: reducir las causas que originan el fuego y gestionar el territorio para evitar que, una vez iniciado, pueda propagarse con rapidez.
La prevención es la clave
Quienes después tienen que enfrentarse directamente a las llamas comparten ese diagnóstico. Miquel Férriz, portavoz de la Plataforma de Bomberos Forestales, explica que las lluvias han favorecido un importante crecimiento de vegetación herbácea y de matorral que ahora comienza a secarse.
Por ello insiste en que la estrategia no puede limitarse únicamente a reforzar los medios de extinción. «Aparte de la extinción, hay que invertir en prevención. Sin prevención cada vez será más difícil extinguir los incendios», afirma.
El tubo de escape y el motor
Esa prevención pasa por recuperar la gestión del territorio. «La agricultura es muy importante. Hay que encontrar un sistema para que, en las zonas de mayor riesgo, se reduzca la peligrosidad». También reclama prudencia a la ciudadanía y recuerda que muchos incendios comienzan por descuidos perfectamente evitables, como arrojar colillas, utilizar fuegos artificiales en días de riesgo o aparcar vehículos con el tubo de escape caliente sobre hierba seca.
Todas las unidades de bomberos forestales son ahora permanentes, se ha reforzado el servicio con una nueva torre operativa las 24 horas y las seis unidades helitransportadas permanecen activas durante todo el año
Férriz reconoce, no obstante, que el dispositivo de extinción ha mejorado de forma notable durante la última década. «En comparación con hace diez años, el cambio es muy grande», asegura. Todas las unidades de bomberos forestales son ahora permanentes, se ha reforzado el servicio con una nueva torre operativa las 24 horas y las seis unidades helitransportadas permanecen activas durante todo el año.

MAsa baja forestal. / J.V. Aleixandre
Aun así, considera que el principal problema continúa siendo la falta de efectivos. «Siguen faltando muchas plazas por cubrir. Los presupuestos han mejorado, pero hay que ejecutarlos y cubrir las vacantes y las bajas», lamenta. Como ejemplo recuerda un incendio reciente en Benicarló, donde «deberían haber intervenido 25 efectivos y solo éramos diez».
Berguedà, 1994
Eduardo Rojas, ingeniero de montes y profesor de la Universitat Politècnica de València, recuerda que las sentencias derivadas del incendio del Berguedà de 1994 marcaron un antes y un después en la prevención de incendios en España. Aquella jurisprudencia obligó a reforzar el mantenimiento de las líneas eléctricas, limpiar la vegetación bajo los tendidos, modernizar la red e implantar protocolos específicos para situaciones de riesgo extremo. Rojas considera además que las medidas de gestión forestal impulsadas por la Generalitat en los últimos años empiezan a apreciarse sobre el terreno, aunque insiste en que sus resultados solo pueden evaluarse a medio y largo plazo.
Todos los expertos coinciden finalmente en una misma conclusión. El principal problema del monte valenciano no son los incendios, el abandono del territorio. La mejor herramienta para reducir el riesgo no consiste únicamente en disponer de más helicópteros o más bomberos, sino en mantener un paisaje gestionado, con agricultura, ganadería y actividad forestal.
Porque las lluvias han hecho crecer el monte. Ahora será el calor quien decida si esa vegetación sigue siendo bosque... o acaba convirtiéndose en combustible.
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