Redes sociales
De perseguir cada bulo a anticipar las campañas que los impulsan
La alicantina Ana Berenguer y catedráticos de la UPV coordinan un informe sobre desinformación que reclama conectar regulación, alfabetización digital, verificadores y tecnología para proteger la democracia

Iago Moreno, Najat Vallaud-Belkacem, Félix Bolaños y Ana Berenguer, este lunes en Madrid en la presentación del proyecto / Alba Vigaray
Desmentir una mentira cuando ya ha recorrido las redes suele llegar tarde. La desinformación se propaga a una velocidad que desborda a instituciones, medios y verificadores mientras los algoritmos premian los contenidos más emocionales o polarizantes. El informe “Desinformación en España: amenazas digitales y defensa democrática” propone cambiar esa lógica para dejar de perseguir cada bulo de forma aislada y construir un sistema capaz de anticipar las campañas que los impulsan.
La alicantina Ana Berenguer, cofundadora de OvidIA y co-coordinadora del estudio, participa en un trabajo de la Fundación Avanza junto a especialistas de distintos ámbitos. Entre ellos figuran los catedráticos de la Universitat Politècnica de València Alberto Conejero, de Matemática Aplicada, y Sergio Hoyas, de Ingeniería Aeroespacial, que firman con Berenguer el capítulo dedicado al uso de inteligencia artificial para analizar narrativas digitales. El informe ha sido presentado este lunes en Madrid durante un acto en el que ha participado el ministro de Justicia, Félix Bolaños.
No podemos combatir la desinformación bulo a bulo; tenemos que anticiparnos con tecnología
La principal conclusión, explica Berenguer, es que “la democracia no se combate desmintiendo bulo a bulo”. El estudio reclama un ecosistema en el que regulación, alfabetización digital, verificadores, universidades y tecnología actúen de forma coordinada. Entre sus propuestas aparecen una alta autoridad de comunicación, un plan amplio de formación ciudadana y más recursos para los equipos independientes que llevan años comprobando informaciones con medios limitados.
El cambio de escala obliga también a emplear las herramientas tecnológicas que han acelerado el problema. Berenguer señala que trabajos que ahora requieren semanas pueden resolverse en minutos mediante sistemas capaces de analizar grandes volúmenes de contenido. “Tenemos que dejar de reaccionar y anticiparnos”, resume. A su juicio, las plataformas, que podrían formar parte de la solución, han adoptado decisiones empresariales y políticas que las convierten en parte del problema al reducir la moderación y la verificación.
La desinformación erosiona la confianza institucional y puede alterar los resultados electorales
El documento advierte de que las redes no se limitan a alojar contenidos falsos. Sus sistemas de recomendación favorecen aquello que genera más interacción, aunque sea engañoso o incendiario. Esa lógica crea cámaras de eco, refuerza prejuicios y permite que una narrativa manipulada se consolide antes de que llegue la información contrastada. España dispone de investigadores, verificadores y experiencia académica, aunque esas capacidades siguen desconectadas de un poder institucional efectivo para actuar.
La aportación técnica de la UPV se concentra en OvidIA, una herramienta que descarga legalmente contenidos de medios y redes sociales, los agrupa por afinidad temática y utiliza modelos de inteligencia artificial para identificar tendencias. Hoyas explica que sus algoritmos pueden analizar en una hora miles de documentos cuyo estudio manual exigiría años. El sistema no pregunta directamente a la ciudadanía, sino que examina qué está diciendo y cómo se organizan las conversaciones digitales.
Nuestros algoritmos analizan en una hora miles de documentos que exigirían años de trabajo
Esa clasificación permite agrupar mensajes, comprobar si comparten una misma narrativa y observar posibles señales de manipulación o coordinación. El caso práctico incluido en el informe estudia la difusión de la idea de “España como dictadura” para mostrar cómo se construye, amplifica y consolida un relato desinformador. La tecnología, indica Hoyas, organiza herramientas ya existentes para trabajar a una velocidad acorde con la propagación de los bulos.
Conejero sitúa el riesgo en la viralidad y en la forma en que las falsedades se apoyan a menudo en un elemento reconocible para ganar credibilidad. “No son cosas totalmente inventadas”, señala. A partir de ese anclaje, la desinformación puede erosionar la confianza institucional, alterar el debate electoral o condicionar la percepción sobre asuntos como la inmigración o el cambio climático. Frente a la tentación de convertir la regulación en un control indiscriminado, apuesta por formar a la población para que pueda contrastar los mensajes que recibe.
Las plataformas amplifican contenidos nocivos y deben asumir responsabilidad por sus decisiones
El sociólogo Iago Moreno, también autor del estudio, dirige la atención hacia el poder de un número reducido de grandes tecnológicas extranjeras. Las decisiones sobre qué contenidos se amplifican o pierden visibilidad quedan en manos de empresas cuya prioridad es económica. Para Moreno, regular no equivale a censurar. La libertad de expresión también se ve recortada cuando una persona abandona el espacio público por campañas coordinadas de acoso, difamación u hostigamiento.
El informe concluye que ninguna medida aislada será suficiente. Ni la inteligencia artificial sustituye al periodismo y la educación, ni la alfabetización puede compensar por sí sola la opacidad de las plataformas. La propuesta pasa por conectar todas las piezas y reducir la asimetría entre una industria capaz de difundir mensajes en segundos y unas instituciones que todavía responden cuando la mentira ya ha arraigado.
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Fuente: Información
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