Lo de todos los años

Varios vehículos calcinados junto al restaurante Anita en Los Gallardos (Almería) donde parece ser que se localizó el inicio del incendio. / Carlos Barba / EFE
Enrique Moltó
Como todos los años llegan los incendios y se repiten los mismos mantras. Un matiz que no lo es tanto es que esta vez ha habido muchos muertos en uno de ellos, el de Los Gallardos, en Almería. Somos muchos los que decimos que no es lo mismo preocuparnos por los factores de ignición que los de la propagación del incendio. No es lo mismo preocuparse de los factores naturales que favorecen la propagación o incluso la ignición que de los humanos. El calor, el viento y la baja humedad, la famosa y tan manida regla de los tres treinta, más de 30 grados, más de 30 kilómetros por hora y menos de un 30% de humedad relativa no es una regla no escrita por la que un incendio se genere de forma mágica, son factores que, eso sí, favorecen de forma extrema la propagación, pero no están en el origen de ninguna ignición. Por otro lado, la presencia de estos factores no hará sí o si que haya un gran incendio forestal cuando ya se haya iniciado, una temprana acción de los medios de extinción y, sobre todo, un mosaico agroforestal que frene o perimetre el avance de las llamas puede hacer que su extensión no sea imparable. El cambio climático, con el aumento de temperaturas, la irregularidad de las precipitaciones, el aumento de las rachas secas en cualquier época del año, la mayor generación de tormentas secas favorece, sin lugar a duda, el desarrollo de grandes incendios fuera de la capacidad de extinción. Ahora bien, ligar todo al cambio climático, no es más que, como en otros casos, obviar responsabilidades directas de gestión agroforestal que quedan diluidas cuando le atribuyes las causas del incendio a algo que es responsabilidad de toda la población mundial y, sobre todo, de los dirigentes de los países más contaminantes, y te olvidas de todo aquello que tú pudiste hacer para evitar que una masa forestal creciente e ingobernable haga que cualquier conato de incendio se convierta en un gran incendio forestal fuera de la capacidad de extinción, en un monstruo que genera sus propias condiciones climáticas, que favorecen aún más su desarrollo. Cuando algunos mostramos nuestra preocupación por el hecho de que las lluvias de primavera e invierno fueran a aumentar el riesgo de incendios en verano a muchos les explotaba la cabeza porque es un mantra repetido que la sequía causa incendios. De hecho, el incendio de Los Gallardos, en una de las zonas más áridas de España y de Europa, solo se explica con las lluvias de invierno, que convirtieron el desierto en un vergel, que se convierte inexorablemente en combustible fino cuando llega el verano, aunque no hubiera cambio climático, haya o no haya un adelanto de las altas temperaturas estivales. Luego lo de siempre, que si el pastoreo hubiese evitado tanto combustible, como si a alguien le rentara tener rebaños en ese territorio o como si los que lo demandan fueran a consumir esa carne o esa leche en vez de la producida de forma mucho más económica en las macrogranjas.
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