Ramon Lapiedra, el científico que se comprometió con su tiempo y su país
El físico teórico y rector de la Universitat de València entre 1984 y 1994 unió ciencia, cultura y compromiso democrático en una trayectoria marcada por la defensa del valenciano. Quienes compartieron con él universidad, tertulias y negociaciones lo recuerdan como un hombre sereno y dialogante, aunque firme hasta el final en sus convicciones.

Ramon Lapiedra. / Fernando Bustamante

En la pizarra de su despacho del campus de Burjassot se mezclaban fórmulas de física, palabras en valenciano y anotaciones en inglés. La imagen resumía bien a Ramon Lapiedra Civera: un científico volcado en las grandes preguntas del universo, un universitario convencido de la dimensión pública del conocimiento y un intelectual que nunca separó la investigación de su compromiso con la sociedad valenciana.
Muchos años después de abandonar el rectorado seguía acudiendo allí casi a diario. «¡Esto no es ningún trabajo!», aseguraba en una entrevista concedida a Levante-EMV en 2014, cuando tenía 74 años, continuaba publicando artículos científicos y trabajaba sobre cosmología cuántica. «Venir al despacho cuatro días por semana, hacer investigación, discutir con los colegas… es una gran oportunidad que la vida me ha dado. Si fuera muy rico, pagaría por venir», proclamaba.
Nacido en Almenara en 1940, se trasladó con su familia a Sagunt antes de cumplir los seis años. Su padre se había hecho cargo de un trinquete y aquel cambio resultó «impactante» para el niño que era, aunque muy pronto sintió la ciudad como propia. Se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad de Madrid en 1963 y, gracias a una beca del Gobierno francés, trabajó como investigador en el Centre National de la Recherche Scientifique de París entre 1966 y 1969. Allí obtuvo su primer doctorado en física teórica. Fue catedrático en Barcelona y Santander antes de incorporarse en 1982 a la Universitat de València, donde desarrolló el resto de su carrera académica y llegó a convertirse en profesor emérito.
Pudo haberse quedado en Francia, en condiciones profesionales y personales más cómodas, pero regresó a una España todavía sometida a la dictadura. «Quería volver y participar en la lucha democrática, así que no lo lamento», explicaría décadas después. Aquella decisión condensaba una forma de entender su oficio: la física, la universidad y la intervención pública eran partes de una misma responsabilidad cívica.
Liberal e ilustrado
Los años franceses marcaron decisivamente al Lapiedra que después llegó a València. El periodista y sociólogo Toni Mollà conserva sobre todo el recuerdo del hombre que conoció fuera de la universidad, «un liberal auténtico, un ilustrado en el mejor sentido de la palabra». «Ramon era un hombre de ciencia, pero también un hombre afrancesado que representaba un valencianismo abierto al mundo moderno, interesado en la literatura y las bellas artes», explica.
Esa condición ilustrada es la que destacan también quienes trataron con él en el Consell Valencià de Cultura. El médico Manuel Sanchis-Guarner Cabanilles, miembro de la institución -como Lapiedra- entre 1998 y 2011, lo considera una figura clave en la recuperación democrática de la Universitat y «una autoridad reconocida». Al recordar las negociaciones sobre la lengua en el seno del CVC que derivaron en la creación de la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL), afirma: «Era el líder indiscutible; desde la primera reunión ya marcó la pauta».
Manuel Muñoz, médico, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y miembro del CVC entre 1998 y 2004, coincide en el retrato: «Fue una figura importantísima en el ámbito de la cultura, la ciencia y el conocimiento. Una persona dialogante, moderada, culta y preparada». Lo recuerda como «un humanista universitario», capaz de moverse entre la física, la literatura, la música, la historia y la lengua. «Era un hombre de un diálogo extraordinario».
Su propia obra científica se adentró en la relatividad general, la astrofísica relativista, la cosmología y los fundamentos de la mecánica cuántica. Publicó alrededor de cuarenta artículos en revistas internacionales y escribió libros de divulgación y reflexión. Le interesaba especialmente el punto en el que la física se encuentra con las preguntas filosóficas: el origen del universo, la conciencia, la libertad o la posibilidad de que la naturaleza no esté completamente determinada. «Nuestra conciencia nos dice que somos responsables», razonaba. Si todo estuviera predeterminado, añadía, esa responsabilidad sería «una quimera».
También abordaba sin rodeos la cuestión religiosa. Había sido católico durante su juventud, hasta que una conversación con un compañero de colegio mayor, cuando tenía 19 años, le hizo cuestionar la idea del infierno. Permaneció durante horas sentado, conmocionado, después de concluir que ningún dios podía condenar a alguien a un sufrimiento eterno. Aquello fue, según relataba, el comienzo de «un largo y penoso caminar» hacia la convicción de que no existía Dios ni nada equivalente. Muchos años después lo formulaba con serenidad: «No veo razón alguna para que un ser así exista».
Una universidad en transformación
En mayo de 1984, solo dos años después de su incorporación a la Universitat de València, Lapiedra fue elegido democráticamente rector. Permaneció una década en el cargo, los años de la consolidación de la autonomía universitaria, la aprobación de los estatutos democráticos y un crecimiento extraordinario: el alumnado pasó de unos 40.000 a 65.000 estudiantes, el profesorado aumentó de 1.300 a 2.500 personas y el personal de administración y servicios prácticamente se duplicó.
Lapiedra tendía a rebajar el papel histórico que se le atribuía. «Simplemente queríamos hacer el trabajo bien hecho», decía sobre su equipo rectoral. Pero la situación política y cultural valenciana convirtió muchas de sus decisiones en acontecimientos. Que el rector y la institución utilizaran con normalidad el valenciano era recibido por unos con entusiasmo, por otros con rechazo y por muchos con sorpresa. «¡Concebir el valenciano como lengua de cultura y ciencia!», ironizaba años después.
Para Mollà, gracias a Lapiedra la UV empezó a ejercer «un papel cívico muy importante», rompió con las inercias heredadas de la universidad franquista y se abrió a la sociedad. En los años ochenta y noventa actuó también como «cortafuegos frente al blaverismo» y como contrapoder ilustrado ante los ataques dirigidos contra figuras como Manuel Sanchis Guarner o Joan Fuster. Lapiedra se convirtió en objetivo de campañas hostiles por su defensa de la lengua y por la normalización de su uso en la universidad. Recordaba actos celebrados bajo una fuerte presión y el sentimiento de que quienes le acompañaban «sufrían» por él.
El escritor y periodista Alfons Cervera recuerda «las amenazas, los insultos injustificados e incluso la violencia" y que, frente a aquel clima siempre aparecía «su serena reflexión». «Esa serenidad te invitaba a hacerte el valiente aunque estuvieras muerto de miedo». Cervera lo define como «una persona firme en sus convicciones, que ponía esa firmeza en diálogo». Fuera cual fuera el resultado del debate, actuaba «con una honestidad que nunca dejaba de admirarme». Y resume más de cuatro décadas de relación recurriendo a Raimon: «Te he conocido siempre igual… como ahora».
Lapiedra nunca se definió como nacionalista. Prefería considerarse valencianista. «Valencianismo quiere decir amor a la tierra y la cultura, pero no porque sea la mejor, que eso sería nacionalismo, sino porque son las mías», explicó en otra entrevista a Levante-EMV. Ese sentimiento debía conducir al reconocimiento de la diversidad, no a la superioridad ni al enfrentamiento. «Ramon era un hombre de consenso porque respetaba a los demás, pero no era un consensualista ni alguien que transigiera por sistema», resume Mollà.
El difícil pacto de la lengua
Tras dejar el rectorado en 1994 mantuvo una intensa actividad pública. Fue miembro del Institut d’Estudis Catalans, presidió Valencians pel Canvi y participó en la comisión que elaboró el informe Universidad 2000. Su papel resultó especialmente relevante en la gestación de la AVL. Dentro del CVC representó las posiciones universitarias partidarias de reconocer la unidad lingüística. Negoció con representantes de sensibilidades enfrentadas hasta alcanzar el dictamen de julio de 1998 que abrió el camino a la creación de la institución normativa. El día de la aprobación del dictamen, Lapiedra, junto a otros miembros del CVC, tuvo que salir de la institución en un furgón policial, entre los insultos y los lanzamientos de huevos y monedas de manifestantes ultras.
Manuel Muñoz conserva una escena poco conocida de aquel proceso. Cuando surgían discrepancias, Lapiedra lo citaba en la cafetería del hotel Astoria. «Nos pasábamos media tarde hablando de filología. Analizábamos palabra por palabra qué podíamos incluir en una frase para llegar al informe definitivo», relata. De esas conversaciones privadas surgían fórmulas que después trasladaban al pleno del Consell. «A pesar de las diferencias, llegábamos a acuerdos. Teníamos una admiración mutua».
Muñoz había conocido a Lapiedra como médico antes que como compañero del CVC y a partir de entonces se estableció entre ambos una relación personal. Las discrepancias políticas y lingüísticas no afectaron a esa amistad porque, según recuerda, el exrector nunca discutía desde el maximalismo. Defendía cada posición como un científico defiende una hipótesis: mediante argumentos y consciente de que nadie posee toda la razón. «Era muy sosegado y muy tranquilo a la hora de reaccionar. No guardaba hacia nadie ni rencores ni dolor», afirma Muñoz. Para él, la defensa de una idea era una «misión intelectual» que debía ejercerse con rigor, pero sin convertir al discrepante en enemigo.
Con el tiempo, Lapiedra constató una paradoja sobre el valenciano: «La lengua está ganando respeto y prestigio social, pero pierde usuarios». Más adelante insistiría en que se había pasado de un menosprecio evidente a un reconocimiento social y jurídico, pero sin lograr un avance equivalente en el uso cotidiano. El verdadero problema, advertía, seguía siendo expandir la presencia del valenciano en las instituciones y en la vida ordinaria.
Lapiedra recibió la Medalla de la Universitat de València, fue nombrado doctor honoris causa por la Universitat Jaume I, obtuvo la Medalla de la AVL y, en 2021, la Medalla de Honor de la Xarxa Vives d’Universitats. Para la UV fue, en palabras de una de las laudatios dedicadas a su trayectoria por Vicent Climent, «el rector adecuado en el momento justo»: la persona que abrió los cerrojos de la participación, la autonomía, la identidad y la modernización científica.
En sus últimos años observó con preocupación el deterioro de la democracia, el aumento de la desigualdad y la emergencia climática. Temía que la humanidad, enfrentada a problemas demasiado complejos, terminara buscando soluciones autoritarias y simples. Pero no cayó en el desencanto absoluto. Seguía defendiendo la investigación, la sanidad pública, la responsabilidad ciudadana y una gobernanza democrática capaz de afrontar amenazas planetarias.
«La democracia no es una cosa que venga dada, sino que hay que preservarla, construirla y potenciarla cada día», advertía. Y en esa tarea atribuía a la institución a la que había dedicado su vida una misión esencial: «La universidad puede mejorar la calidad de la democracia a través del conocimiento».
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