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Fuego en Castellón

"La mejor prevención contra los incendios empieza recuperando el mosaico paisajístico"

El geógrafo de la Universitat de València Javier Berenguer explica cómo el abandono agrícola ha eliminado las barreras naturales frente al fuego y ha convertido amplias zonas de la Comunitat Valenciana en una gran mecha forestal

Incendio forestal en la Vall d'Uixó

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València

Cuando se habla de incendios forestales, casi toda la atención se centra en las altas temperaturas, el viento o la sequía. Pero esos factores solo explican una parte del problema. La otra está escrita sobre el territorio. El abandono de los cultivos, la acumulación de vegetación y la desaparición del mosaico agrícola han hecho que sean hoy mucho más vulnerables al fuego que hace medio siglo.

Es el campo de estudio de Javier Berenguer Sala, investigador del Departamento de Geografía de la Universitat de València y especializado en análisis territorial y riesgo. Su trabajo explica por qué una misma ola de calor puede tener consecuencias muy distintas según el paisaje sobre el que se propague.

"Las condiciones ambientales del momento juegan un papel crucial, pero no son suficientes por sí solas para explicar el riesgo de incendio al completo", señala Berenguer. La amenaza depende también de cómo está organizado el territorio: la continuidad de la vegetación, el abandono agrícola, la acumulación de biomasa, la dispersión de viviendas o la accesibilidad para los equipos de extinción. El calor puede prender la chispa; la geografía decide si el incendio recorrerá unos pocos metros o miles de hectáreas.

Del mosaico agrícola a una gran mecha forestal

Comparar la cartografía valenciana de mediados del siglo XX con la actual es contemplar dos paisajes muy diferentes. "El abandono paulatino de numerosos cultivos ha ocasionado la colonización progresiva de las parcelas por matorrales y arbolado, conectándolas con las masas forestales próximas", explica el investigador.

Infografía de la Universitat de València que compara un paisaje homogéneo con uno mosaico.

Infografía de la Universitat de València que compara un paisaje homogéneo con uno mosaico. / UV

Donde antes existía una alternancia de bancales, huertos, caminos y pequeñas masas forestales que interrumpían el avance del fuego, hoy predominan grandes superficies continuas de vegetación. Esa continuidad del combustible facilita que las llamas puedan propagarse durante kilómetros sin encontrar barreras naturales o creadas por la actividad humana.

¿Es la despoblación la responsable directa de los grandes incendios? Berenguer rechaza una relación automática. "No podemos hablar de una causalidad directa entre la despoblación y los grandes incendios modernos". El éxodo rural ha reducido la actividad agrícola y ganadera que mantenía abierto el territorio y también la vigilancia cotidiana del monte, pero la gravedad de un incendio sigue dependiendo de la meteorología, la topografía y la gestión forestal. "La despoblación no provoca directamente los incendios, pero sí puede generar territorios más vulnerables a ellos".

El mejor escudo es el mosaico paisajístico

Frente a ese paisaje homogéneo, los geógrafos defienden el valor del mosaico paisajístico: un territorio donde conviven cultivos, pastos, bosques, matorrales, caminos, espacios abiertos y núcleos habitados distribuidos de forma heterogénea.

El investigador insiste, además, en desmontar uno de los errores más frecuentes cuando se habla de prevención: "Hay diferencias entre eliminar vegetación y gestionar la vegetación"

"Esta diversidad introduce discontinuidades en el combustible disponible", explica Berenguer, lo que reduce tanto la velocidad como la intensidad con la que puede propagarse un incendio. Un campo cultivado, un pastizal o un camino bien mantenido funcionan como cortafuegos vivos. En ese sentido, la actividad agrícola y ganadera también constituye una herramienta de protección civil.

El investigador insiste, además, en desmontar uno de los errores más frecuentes cuando se habla de prevención. "Hay diferencias entre eliminar vegetación y gestionar la vegetación". Tampoco comparte otro de los bulos recurrentes: que los incendios se provocan para recalificar terrenos. A su juicio, se trata de "una explicación fácil, sencilla y rápida para un problema mucho más complejo".

Lo que revelan los satélites

El Departamento de Geografía de la Universitat de València utiliza Sistemas de Información Geográfica (SIG) e imágenes de satélite para analizar la evolución del territorio. Sus estudios cruzan información sobre vegetación, humedad, pendientes, orientación de las laderas, vientos dominantes, proximidad a viviendas y carreteras, líneas eléctricas e historial de incendios.

"Las imágenes de satélite permiten observar el estado de la vegetación mediante índices como el NDVI y detectar cambios en el territorio", explica Berenguer. Con toda esa información elaboran mapas de peligrosidad y vulnerabilidad que permiten identificar qué zonas acumulan mayor cantidad de combustible y dónde conviene concentrar los esfuerzos de prevención antes incluso de que aparezca la primera chispa.

La frontera donde se concentran los mayores riesgos

Uno de los espacios que más preocupa a los especialistas es la interfaz urbano-forestal, la franja donde conviven viviendas y vegetación. En la Comunitat Valenciana esa frontera se ha vuelto cada vez más extensa por la proliferación de urbanizaciones y viviendas dispersas en el monte.

"Las viviendas, las infraestructuras y la vegetación combustible interactúan muy próximas entre sí", señala Berenguer. El problema no es solo que el fuego pueda alcanzar más fácilmente las casas. Su presencia obliga a destinar recursos a proteger a la población y los bienes, lo que en muchas ocasiones limita la capacidad de los equipos de extinción para atacar directamente el frente principal del incendio.

Javier Berenguer Sala.

Javier Berenguer Sala. / UV

En esa interfaz también aumenta la importancia de los comportamientos individuales. Muchas igniciones están relacionadas con acciones cotidianas aparentemente insignificantes: una colilla mal apagada, maquinaria que genera chispas, un vehículo estacionado sobre hierba seca o una barbacoa realizada en un lugar no autorizado. "Es importante que absolutamente todo el mundo respete las restricciones durante los episodios de riesgo extremo y conozca las vías de evacuación".

Pensar en los incendios durante todo el año

El impacto de un incendio tampoco puede medirse únicamente por las hectáreas quemadas. También influyen el tipo de vegetación afectada, su capacidad de regeneración o la pendiente del terreno, ya que las laderas más pronunciadas pueden sufrir graves procesos de erosión con las primeras lluvias.

Berenguer recuerda, además, que el fuego forma parte de la dinámica natural de muchos ecosistemas mediterráneos. El verdadero problema no es su existencia, sino la intensidad, la extensión y la frecuencia que alcanzan hoy muchos incendios como consecuencia de la transformación del territorio.

La prevención empieza mucho antes del verano y mucho más cerca de casa de lo que solemos imaginar

Por eso considera necesario cambiar la forma de abordar este riesgo. "Debemos dejar de tratar los incendios como acontecimientos exclusivamente estivales". El invierno y la primavera son, a su juicio, los momentos idóneos para gestionar la vegetación, mantener caminos, revisar los planes de evacuación y preparar a la población. A ello suma otra asignatura pendiente: incorporar el riesgo de incendio de forma clara y vinculante a la planificación urbanística.

Cuando el próximo mapa de riesgo vuelva a teñirse de rojo, el peligro no habrá nacido ese mismo día. Será el resultado de décadas de cambios en el paisaje, de cultivos abandonados, de vegetación acumulada y de decisiones de planificación tomadas mucho antes de que aparezca la primera llama. La prevención empieza mucho antes del verano y mucho más cerca de casa de lo que solemos imaginar.

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