Historia
La “Puerta del Cielo” que conquistó a la Armada de Estados Unidos
La olvidada expedición militar y científica que contempló el eclipse de 1905 desde la cartuja valenciana

La revista ilustrada Blanco y Negro, publicó el acontecimiento en su anuario de 1905. J.A.P. fotografió el observatorio en la Cartuja para la edición. / J.A.P.
Vicente Muñoz Gimeno
El verano de 1905 dejó en la Sierra Calderona una escena tan insólita como fascinante: marineros estadounidenses de uniforme blanco, telescopios vanguardistas, cámaras fotográficas y una línea telegráfica tendida hasta un antiguo monasterio cartujo. Durante varias semanas, Portaceli (Porta Coeli), en el término de Serra, se transformó en una base científica de la Marina de Estados Unidos para estudiar el eclipse total de Sol del 30 de agosto.
Aquella operación, hoy casi borrada de la memoria colectiva, reunió buques de guerra, astrónomos, fotógrafos, oficiales, marineros y vecinos de los pueblos cercanos. Todos aguardaban el instante en que la sombra de la Luna convertiría el día en noche sobre las montañas valencianas.
Más de un siglo después, ante el eclipse del 12 de agosto de 2026, aquella historia vuelve a cobrar fuerza. La misión comenzó en Washington. El Congreso estadounidense aprobó una partida extraordinaria de 5.000 dólares y el Departamento de la Marina organizó una expedición al mando del contraalmirante Colby M. Chester llamada “Eclipse Squadron”. En ella participaron el crucero USS Minneapolis, el crucero auxiliar USS Dixie y el carbonero USS Caesar. Los barcos no transportaban tropas para combatir, sino científicos, equipos fotográficos e instrumentos astronómicos destinados a retratar la esquiva corona solar.

Observatorio naval de la Marina norteamericana en Portaceli. / US NAVY
El Observatorio Naval de Estados Unidos proyectó tres estaciones: una en Guelma, Argelia; otra en Daroca, Zaragoza; y una tercera en la provincia de Valencia, cerca del límite sur de la franja de totalidad. El Minneapolis y el Caesar llegaron al Grau el 20 de julio de 1905. Era la primera vez desde la guerra de 1898 que buques de la Marina estadounidense atracaban en un puerto español. Desde el puerto, los responsables científicos recorrieron diferentes enclaves próximos a Rafelbunyol y Bétera hasta elegir un terreno en las estribaciones de la Calderona.
Cautivados por el paisaje
El profesor de Matemáticas y astrónomo naval Frank B. Littell quedó cautivado por el paraje. En su informe describió Portaceli como una hermosa ubicación que justificaba plenamente el significado de su nombre: “Puerta del Cielo”. El 25 de julio llegó al monasterio el destacamento permanente, compuesto por trece hombres y dirigido por Littell. Los pesados instrumentos fueron trasladados desde el puerto en carros de tracción animal, durante la noche para evitar el calor.
La expedición pudo instalarse gracias al propietario del monasterio Francisco Carbojosa, que cedió gratuitamente los terrenos y varias dependencias del antiguo complejo. La cartuja, fundada en la Edad Media y abandonada por la comunidad religiosa tras la desamortización del siglo XIX, conservaba gruesos muros de piedra, edificios de distintas épocas y antiguos frescos. Algunas construcciones anexas servían incluso de refugio para el ganado.
En pocos días, aquel entorno de silencio monástico se convirtió en dormitorio, comedor, taller, laboratorio fotográfico y centro de operaciones de la Marina estadounidense. La ciencia más avanzada de comienzos del siglo XX pasó a convivir con carros, cuadras y estancias levantadas varios siglos antes. La instalación de los equipos no fue sencilla. Los marineros intentaron excavar el terreno, pero la dureza de la roca caliza apenas les permitió profundizar unos quince centímetros. La solución fue levantar sólidos pilares de cemento directamente sobre la piedra.

Marineros trabajando en el observatorio de Portaceli. / US NAVY
Sobre ellos colocaron instrumentos de precisión, entre ellos un telescopio ecuatorial Clark de cinco pulgadas y una gran cámara horizontal equipada con una lente diseñada por el óptico John Brashear. El conjunto incorporaba relojería, poleas y contrapesos para compensar la rotación de la Tierra y mantener estable la imagen del Sol durante las exposiciones.
Expedición científica
Las fotografías de la expedición muestran estructuras astronómicas levantadas en medio del paisaje, con las montañas al fondo, y una caseta de madera y lona destinada a albergar los instrumentos y el laboratorio. Portaceli se había convertido en uno de los observatorios más singulares e importantes del mundo.
La llegada de los estadounidenses despertó una enorme curiosidad. Cientos de vecinos de Bétera, Serra y otras localidades acudieron al campamento. El telescopio Clark se convirtió en la gran atracción. De día visitaban las instalaciones y, por la noche, hacían cola para contemplar la Luna, los anillos de Saturno y otros cuerpos celestes por primera vez.
La convivencia dejó también escenas costumbristas. Los informes mencionan bailes tradicionales organizados al atardecer frente al monasterio. Los marineros participaron en ellos y se integraron en la vida local. El calor era tan intenso que otro propietario, el señor Caruana, les permitió bañarse en las grandes balsas de riego de su finca, Villa Felisa.
La exactitud horaria resultaba esencial. Por orden del duque de Bivona, director general de Telégrafos, se tendió una línea especial entre Valencia y el campamento. Los telegrafistas José Vilches y Eliseo Gil conectaron Portaceli con el Real Observatorio de Madrid para sincronizar los relojes y coordinar cada fase del eclipse.

Imagen que captó el obervatorio naval de la marina norteamericana en Portaceli. / US NAVY
El día D
El miércoles 30 de agosto amaneció cubierto. Las nubes hicieron temer que semanas de preparativos terminaran sin resultado. Sin embargo, hacia las ocho de la mañana el cielo comenzó a abrirse. Cientos de personas se habían concentrado en las colinas próximas. La alcaldía de Bétera y el Gobierno Civil enviaron agentes de la Guardia Civil para acordonar el perímetro, proteger los instrumentos y garantizar el trabajo de los científicos bajo un silencio absoluto durante el ir venir de las placas fotográficas a contra reloj durante los escasos segundos de duración del eclipse. La espera final siguió una estricta disciplina naval. Media hora antes de la totalidad, una corneta tocó “Asamblea”.
Después sonó el “Zafarrancho de combate”, que envió a cada hombre a su puesto. A quince minutos, tres toques sostenidos anunciaron la proximidad de la sombra. A cinco minutos volvió a sonar la corneta. Cuando faltaban sesenta segundos, el toque de “Silencio” se extendió por toda la Calderona. El capitán de corbeta E. E. Hayden dio la orden de comenzar, ¡Ya¡ (Go!). Los segundos fueron contados en voz alta para coordinar las cámaras. Una nube apareció por el sur y amenazó la observación, pero pasó de largo. Durante 106 segundos, la corona solar brilló alrededor del disco negro de la Luna. El fotógrafo G. H. Peters obtuvo siete placas de la corona interna y el astrónomo G. A. Hill consiguió otras cuatro imágenes.
Semanas de trabajo quedaron concentradas en menos de dos minutos. Después, la luz regresó lentamente y la misión pudo darse por cumplida. Aquella misma tarde comenzó el desmontaje. El 1 de septiembre, el USS Minneapolis abandonó Valencia. Antes de partir, los expedicionarios fijaron sobre uno de los pilares una placa de bronce con las coordenadas del observatorio y los nombres de quienes habían participado en la misión.
Fue el testimonio material de una aventura científica casi olvidada. Cuando el 12 de agosto de 2026 la sombra de la Luna vuelva a cruzar el cielo valenciano, Porta Coeli recuperará por unos instantes el nombre que fascinó a aquellos marinos hace más de un siglo: la Puerta del Cielo.
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