El verano del miedo en los pueblos valencianos rodeados de monte: "Tenemos pánico"
El incendio de la Vall d'Uixó y los grandes fuegos de este verano han disparado la inquietud en el interior, donde los vecinos hablan de montes más densos, menos gestión forestal y un temor que empieza mucho antes de que aparezcan las llamas

Un vecino camina por una calle de Villanueva de Viver con una columna de humo al fondo. / Francisco Calabuig / AGUSTI PERALES IBORRA

El miedo corre más deprisa que el fuego en los pueblos montañosos de la Comunitat Valenciana. No hace falta ver llamas para que aparezca. Basta una columna de humo al otro lado de la sierra, el ruido de un helicóptero rompiendo el silencio de una siesta de verano o la sirena de un camión de bomberos. También basta abrir el móvil y ver las imágenes del incendio de la Vall d'Uixó o de los grandes fuegos que han arrasado miles de hectáreas en otros puntos de España. Entonces, en decenas de pueblos del interior valenciano, todos piensan lo mismo: que no sea aquí.
El verano siempre ha sido la estación del riesgo, pero este año muchos vecinos aseguran que la preocupación ha subido un peldaño. Las lluvias de invierno dejaron un monte exuberante. Ahora, tras semanas de calor intenso y noches tropicales incluso en zonas del interior, ese verde es un polvorín. Donde unos ven un bosque frondoso, otros ven toneladas de combustible.
La sensación se repite de una comarca a otra. Los vecinos hablan del abandono del monte, de la desaparición del pastoreo, de la falta de limpieza forestal y de la acumulación de maleza. De lo de siempre en los últimos años, pero amplificado porque media España está ardiendo. No hablan como expertos. Hablan como personas que viven pegadas a la montaña y que saben que, cuando el fuego entra en un bosque, deja de haber margen para la improvisación. "Estamos en un 'ay'", afirma sin pudor Salvador Albiñana, el farmaceútico de Chelva. Con esas cinco palabras resume el estado de ánimo del pueblo... y de docenas de municipios que saltean el interior valenciano. Lleva 40 años en el municipio y ha visto demasiado para tomarse el verano con tranquilidad.

Salvador Albiñana, farmacéutico de Chelva, en la puerta de su botica. / ED
Recuerda perfectamente, por ejemplo, el incendio de 1994, el peor año de la historia forestal valenciana, y también el de Andilla. "De Casinos hacia arriba estamos todos pegados a la montaña. Hay muchísimo arbolado y ahora además hay bastante turismo rural. Da miedo, porque cualquier despiste puede convertirse en un infierno", explica.
La preocupación de Salvador aumenta cada vez que baja a pescar truchas al Túria, entre los embalses de Loriguilla y Benagéber. Allí observa cómo el bosque ha cambiado con los años. "Cada vez está peor. Antes había cabras y ovejas y lo limpiaban, pero ahora hay muchísima maleza y voy a necesitar un machete para abrirme paso", bromea. "Donde se quemó han salido muchísimos pimpollos. Donde tendría que salir un pino han salido diez. Eso es gasolina. Con una chispita de nada...".
Higueruelas: todos los caminos llevan al monte
En Higueruelas, en el corazón de la comarca de Los Serranos, Fran comparte la misma inquietud. Vive rodeado de monte y trabaja en un horno de Chulilla, otro de esos municipios donde la naturaleza es un privilegio hasta que llega el verano. "En Higueruelas no es un monte muy frondoso porque hay minas, pero está todo rodeado de masa forestal. Si se declara un incendio serio el peligro es altísimo porque solo tenemos dos salidas. Una hacia Villar del Arzobispo y otra hacia La Yesa. Las dos pasan entre monte. Es una locura". No hace falta añadir mucho más. Quien vive allí sabe perfectamente lo que significa quedarse con el fuego a un lado y la montaña al otro.
"Ves el monte, ves lo que está pasando en toda España y da miedo porque sabes que en cualquier momento puede encenderse. Estamos en estado de pánico. El otro día tuvimos un conato y enseguida lo apagamos"
Más al norte, en Ademuz, José Vicente atiende a los clientes del chiringuito Los Arenales, en plena montaña. Asegura que este verano está siendo diferente. "Antes aquí por la noche refrescaba. Bajábamos a 18 grados. Ahora estamos a 25 o 26. Eso no es normal". Para él, esa subida de las temperaturas es otra razón más para preocuparse. "Ves el monte, ves lo que está pasando en toda España y da miedo porque sabes que en cualquier momento puede encenderse. Estamos en estado de pánico. El otro día tuvimos un conato y enseguida lo apagamos".

José Vicente, junto al chiringuito Los Arenales que regenta. / ED
Su diagnóstico coincide con el de otros muchos vecinos del interior. "Está todo muy seco. Ya casi no hay ganado y tampoco se limpia el monte lo que toca. Ni siquiera dejan cortar las cañas de los ríos".
Paradójicamente, es también la época en la que la comarca recibe más visitantes. Muchos son descendientes de quienes emigraron en los 60 y 70 a Barcelona o Valencia y regresan cada verano a las casas familiares. El turismo rural llena alojamientos precisamente cuando el riesgo alcanza su punto máximo.
José Vicente no es el primero, ni el último, en lamentar la falta de mantenimiento de los montes. Es el mismo discurso de los vecinos de todos los pueblos del interior. La España abandonada se está convirtiendo en la España calcinada.
En Serra, el miedo tiene el sonido de las sirenas. "Es escuchar algo parecido, y piensas que el monte ya está ardiendo. Como todos los veranos, lo pasamos francamente mal, pero este más", reconoce Borja desde la cafetería Nou Weekend donde trabaja. "Un incendio puede dejarnos sin casa y sin negocio". Borja cree que las administraciones no están actuando con la intensidad necesaria sobre el monte. "No se invierte lo suficiente en limpiar los bosques ni en abrir las pistas forestales. Una cosa son los agentes que vigilan y otra las brigadas que limpiaban el monte. Eso sí era prevención".

Borja regenta una cafetería en Serra. / ED
En la población hay sensores capaces de detectar humo y cambios bruscos de temperatura, pero Borja cree que los esfuerzos municipales tienen un límite. "Nosotros somos 4.000 habitantes. Si el Ayuntamiento pone medios pero el resto de administraciones no hacen lo mismo, poco más podemos hacer. Luego llegan las lamentaciones".
Los recuerdos en Olocau
En Olocau, Yolanda coincide en que el miedo existe, aunque pone en valor las medidas preventivas que se han implantado. "Aquí hay sensores, avisos en tiempo real, banderas como las de las playas y grupos de WhatsApp. La gente sabe cada día cuál es el nivel de riesgo". Aun así, reconoce que la relación con el monte también ha cambiado. "Antes la gente vivía mucho más ligada al bosque. Ahora se interactúa menos con él y quizá por eso también se le tiene más respeto".
No hay un pueblo que no recuerde un incendio. El de Andilla. El de Cortes de Pallás. El de Venta del Moro. El de Viver. Los grandes fuegos de los años noventa. Las imágenes de la Vall d'Uixó han reabierto todos esos recuerdos de golpe. Los vecinos no hablan de estadísticas ni de modelos climáticos. Hablan de sensaciones. De mirar la montaña varias veces al día. De levantar la vista cuando pasa un helicóptero. De detener la conversación cuando alguien dice que ha visto humo.
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