Cambio climático
De las olas de calor y el riesgo de incendios a una posible dana: el cambio del verano al otoño en la C. Valenciana
El mar Mediterráneo se encuentra tres grados más cálido de lo habitual, aunque la boya de València no ha superado el récord de 29,72 grados de julio de 2023

Gente en la playa de la Malva-rosa este verano. / Miguel Ángel Montesinos / LEV

El verano de 2026 será recordado como un estío "muy cálido", el más caluroso hasta la fecha según los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), aunque el hito puede durar apenas 12 meses. La anomalía térmica del binomio junio-julio supera los tres grados y, hasta el momento, la Comunitat Valenciana ha vivido cuatro olas de calor y seis episodios cálidos, marcados por una máxima de 44,8 grados el 7 de julio en Carcaixent, y una serie de hasta 21 noches tórridas, con mínimas por encima de los 25 grados, en València ciudad. Que haga tanto calor y de forma tan persistente tiene dos riesgos: un aumento de la mortalidad por altas temperaturas, con más de 310 fallecimientos estimados por el Instituto de Salud Carlos III; y también del riesgo de incendios forestales. Pese al calentamiento global, lo esperable es que la temperatura vaya descendiendo y la precaución meteorológica pase de las olas de calor y el fuego a las posibles lluvias torrenciales -ahora recibe el nombre de dana- de carácter explosivo; el pasado otoño hubo cuatro avisos de nivel rojo por tormentas.
La masa forestal valenciana se ha enfrentado a dos grandes incendios forestales hasta el momento: el de la Vall d’Uixó declarado el 25 de julio y que ha consumido 9.600 hectáreas, convirtiéndose en el tercero más virulento de la década; y el de Tírig, notificado el 8 de agosto y con un balance de cerca de un millar de hectáreas. El primero fue provocado, supuestamente por el método del "mecherazo"; mientras que el segundo fue a consecuencia de un rayo en medio de una tormenta seca.
Asimismo, ha habido otros dos incendios que han puesto en alerta al monte valenciano: el de Soneja, declarado el 5 de julio y que afectó a más de 183 hectáreas; y el incendio de Segorbe y Gátova, que azota la serra Calderona desde el pasado jueves.
Independientemente de su origen, el monte ha llegado muy seco a los meses críticos, a pesar de que en primavera la situación de verdor y humedad era mejor a la de años anteriores, como asegura el estudio preliminar del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM) sobre el incendio de la Plana Baixa. Sin embargo, desde mayo no ha llovido apenas en la Comunitat Valenciana, lo que ha provocado dos cosas: en primavera, un aumento de la biomasa, del combustible natural; y en verano, el calor y la falta de lluvias la han secado. Según la Aemet, el suelo comenzó agosto en situación "muy seca" con una humedad por debajo del 10 % en la mayor parte del territorio. El monte es un polvorín.
El segundo riesgo es el impacto para la salud de las personas. Los meses de junio y julio se han convertido en los más letales de la historia por la mortalidad atribuible al calor, como registran las estadísticas del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo). Hubo 62 en junio y 234 en julio, datos nunca alcanzados anteriormente; los datos se remontan al año 2015. A falta de sumar los casos hasta el 15 de septiembre, las altas temperaturas se han cobrado la vida de 235 personas. Hace un año se alcanzó un récord con 416 fallecimientos tras un agosto con una ola de calor de más de 10 días de duración.
No es solo el calor diurno, con 18 jornadas bajo ola de calor y reventones cálidos, un fenómeno "más recurrente" que en el pasado, algo que la Aemet está estudiando. Lo es también el nocturno, con más de una veintena de noches tórridas en València, que impiden el descanso nocturno. En esta década, se suman tantas de estas noches como en las dos anteriores. Las temperaturas no bajan tanto como para poder refrescar los núcleos urbanos. La alta humedad no ayuda, tampoco la temperatura del mar Mediterráneo, que se encuentra tres grados por encima de lo habitual para esta época del año y de lo que estaba el verano precedente a la dana con una media superior a los 28 grados en el mediterráneo occidental. La boya de València, por el momento, no ha superado su récord de 29,72 grados de julio de 2023. Pero en los últimos días, se ha aupado por encima de los 29 grados, en valores máximos del verano. Lejos quedan aun los 33,02 grados en las costas de Mallorca, pero el aumento de la temperatura del Mare Nostrum es una realidad.
La llegada de septiembre contribuirá previsiblemente a enfriar el mar, aunque será solo superficialmente. El jefe de Climatología de la Aemet en la Comunitat Valenciana explica que "el calor acumulado durante los últimos años se difunde a capas profundas", lo que provoca que cuando vuelve el calor, vuelva a caldearse más rápidamente y no se consiga un enfriamiento real.
Un otoño en alerta
Como ya ha explicado Levante-EMV en diversas ocasiones, un mar caliente es un remanente de energía potentísimo para la atmosfera y aumenta el riesgo ante posibles precipitaciones explosivas. Pero, además, se necesita un contexto de inestabilidad atmosférica, causada por un embolsamiento de aire frío. Y el tercer elemento es que esta bolsa se sitúe en el suroeste de la Península Ibérica. Así ocurrió el 29 de octubre cuando, como contaba la Aemet, una "dana se fue descolgando de la circulación general de norte a sur hasta quedar situado su centro en la zona del Estrecho", provocando "un gran forzamiento dinámico sobre el este de la Península". La conjugación de estos tres elementos es indispensable. No es imposible su repetición, pero la virulencia de ese día podría tardar décadas en repetirse. Que no sean de tal magnitud no anula la posibilidad de que las lluvias de este otoño sean torrenciales. Se vio el pasado otoño, cuando hubo hasta cuatro avisos de nivel rojo entre septiembre y diciembre, con el envío de sus respectivos mensajes Es-Alert de carácter informativo para la ciudadanía.
El cambio climático está alterando el tradicional clima mediterráneo. El calentamiento está siendo un 20 % más rápido que en el resto del planeta. La deriva es, además, hacia "un escenario de concurrencia de fenómenos climáticos extremos y esta coincidencia multiplica su impacto", explicaba hace un año Samira Khodayar, investigadora del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM). Tanto el calor como la lluvia se cobra vidas. El primero de forma más silenciosa, día a días, pero con cifras nada baladíes. La segunda es más explosiva y su peligro es más patente, sobre todo desde la fatídica dana del 29-O que se cobró 231 vidas en cuestión de horas.
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