Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Aprender a leer el mar: así es el trabajo de quienes vigilan desde lo alto para evitar que el peligro llegue a la orilla

Desde la primera bandera del día hasta el cierre de la torre, el equipo de socorrismo de la Malva-rosa trabaja para anticipar riesgos, coordinar emergencias y proteger a miles de bañistas cada verano

Consejos del equipo de socorristas de Cruz Roja en la Playa de la Malvarrosa para evitar incidencias

Daniel Tortajada

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Stella López

Stella López

València

A tres metros de altura, la playa de la Malva-rosa deja de ser la misma. La multitud que desde la arena parece un conjunto de bañistas se convierte en un mapa de movimientos: una persona que nada demasiado lejos, una tabla que deriva con el viento, un niño que cambia de dirección entre las sombrillas. En lo alto de la torre de vigilancia, el mar deja de ser solo un paisaje y se convierte en un territorio que hay que saber interpretar. Y allí arriba, para un socorrista, cada detalle puede ser una pista.

«Nosotros no esperamos a que alguien esté en peligro para actuar», apunta Manuel García, socorrista acuático de Cruz Roja en la Playa de la Malvarrosa. «Muchas veces nuestro trabajo consiste en detectar antes una situación que puede acabar mal. Ves a una persona que se aleja demasiado, una colchoneta con viento de poniente o alguien que no está nadando bien y sabes que, si nadie interviene, puede haber un problema».

Su trabajo transcurre en esa frontera invisible entre el aviso y la emergencia. La mayoría de sus decisiones no aparecen en ninguna noticia, pero son capaces de cambiar el final de la historia: una advertencia a tiempo, una persona que vuelve a la orilla o una situación que nunca llega a convertirse en rescate.

La decisión de la bandera

La jornada de estos guardianes del mar comienza antes de que la mayoría de bañistas coloque la primera toalla sobre la arena. A las diez de la mañana, el equipo de Cruz Roja ya está en la posta preparando el material que acompañará la vigilancia durante todo el día: tubos de rescate, aletas, prismáticos, emisoras, botiquín, material de primeros auxilios y las banderas que marcarán el estado del mar. Sin embargo, antes de subir a las torres hay una decisión clave que condicionará la jornada: elegir el color que ondeará sobre la playa. Una decisión que desde fuera puede parecer sencilla, pero que detrás esconde un análisis constante de las condiciones del agua.

«Mucha gente piensa que la bandera depende solo de si hay olas o no, pero intervienen muchos factores. Valoramos el viento, las corrientes, la irregularidad del fondo, la previsión meteorológica y cómo puede evolucionar el mar durante el día. Si no está claro, hacemos comprobaciones desde el agua antes de tomar ninguna decisión», confiesa Raúl Vila, coordinador de playas de Cruz Roja en Valencia.

Manuel García y Manu Vila junto al equipo de socorristas de Cruz Roja en la Playa de la Malvarrosa.

Manuel García y Manu Vila junto al equipo de socorristas de Cruz Roja en la Playa de la Malvarrosa. / Daniel Tortajada

El mar cambia constantemente y obliga al resto a cambiar con él. Una mañana tranquila puede transformarse en una tarde complicada si el viento gira o las corrientes empiezan a empujar con fuerza. Por eso, una playa puede despertar con bandera verde y cambiar de color a lo largo de la jornada. García insiste en que incluso la bandera verde debe interpretarse con prudencia: «Es imposible conocer el mar al cien por cien, así que siempre hay que tener precaución. La bandera verde significa que las condiciones son favorables, pero no quiere decir que desaparezcan todos los riesgos», apunta.

Con la señal colocada comienza realmente el trabajo. La Malva-rosa y el Cabanyal cuentan con cinco torres de vigilancia, separadas por una distancia de entre 400 y 500 metros, con dos socorristas en cada una. Mientras uno permanece en altura vigilando, el otro se mantiene preparado en tierra para intervenir si es necesario. Aproximadamente cada hora intercambian posiciones para garantizar que la concentración sea máxima. «Desde arriba se ve todo de otra manera. Esos tres metros de altura ayudan muchísimo, porque abajo hay sombrillas, gente caminando y zonas que no puedes controlar igual. En la torre consigues una perspectiva mucho más amplia y puedes anticiparte mejor», insiste García.

Una coordinación milimetrada

La coordinación es una de las claves del dispositivo. Detrás de cada aviso hay un equipo formado por los socorristas de las torres, el jefe de playas, los patrones de las motos acuáticas, los equipos sanitarios, las ambulancias y el personal de baño adaptado. Todos permanecen conectados por emisora para que cada intervención tenga una respuesta organizada. El operativo se completa con la coordinación entre Cruz Roja y el Ayuntamiento de València, junto a servicios como la Policía Local, el 112 y el SAMU, que participan en la respuesta cuando la situación requiere más medios.

La emisora rompe la tranquilidad de la mañana. Durante unos segundos todos concentran la atención en la misma dirección. No es una emergencia, sino un simulacro, pero los movimientos son los mismos: cada socorrista sabe dónde colocarse, quién entra al agua y quién coordina desde fuera. Uno de ellos hace de víctima. El resto ocupa sus posiciones, listos a la señal para empezar a actuar. La escena dura apenas unos minutos, pero permite entender cómo funciona un rescate real. No hay cabida para la improvisación.

«Entrenamos constantemente porque cuando ocurre algo de verdad no hay tiempo para pensar. El primero que llega empieza a actuar y los demás se incorporan según sus funciones. Un rescate nunca depende de una sola persona, sino de todo el equipo», recuerda Vila mientras observa la maniobra. Aunque esta vez García no participa en la práctica, coincide en esa idea: «Desde fuera puede parecer que el socorrista entra al agua y ya está, pero detrás hay mucho más. Hay coordinación, comunicación y compañeros preparados para afrontar diferentes situaciones. Cada uno tiene un papel».

Los rescates nunca dependen de una única persona, sino de todo el equipo.

Los rescates nunca dependen de una única persona, sino de todo el equipo. / Daniel Tortajada

El simulacro termina y las personas siguen llegando. Para los bañistas han sido solo unos minutos de movimiento en la orilla. Para el equipo, una forma de recordar que la preparación es parte del rescate incluso cuando no hay nadie que salvar. A medida que avanza la mañana, la playa cambia. Los primeros paseantes dejan paso a miles de personas ocupando la arena y el trabajo de vigilancia se intensifica. Entre las incidencias más habituales no siempre aparecen grandes emergencias. Muchas son pequeñas asistencias que evitan problemas mayores: cortes, golpes de calor, mareos, picaduras o personas que necesitan ayuda para regresar a la orilla.

Medusas, golpes de calor y deportes acuáticos

Las medusas son una de las consultas más habituales en la posta. Muchas veces llegan acompañadas de niños asustados o bañistas preocupados más por la impresión del momento que por la gravedad de la picadura. Los socorristas intentan tranquilizar primero y actuar después: limpiar la zona con agua salada y aplicar frío suele ser suficiente para aliviar las molestias, mientras que frotar o utilizar agua dulce puede empeorar la reacción. «Al final son cosas que pueden suceder porque estamos entrando en su medio», reconoce Vila.

El calor también llega hasta la torre, aunque no venga del agua. «Cuando hay una ola de calor estamos muy pendientes de la arena, porque muchas veces recibimos el aviso desde una sombrilla en la que alguien empieza a encontrarse mal por llevar demasiado tiempo al sol o no haberse hidratado lo suficiente», cuenta García. Por eso los socorristas insisten en algo tan sencillo como planificar la jornada: buscar sombra, hidratarse y evitar las horas de mayor intensidad del sol.

Entre los nuevos retos del verano también aparecen deportes acuáticos como el paddle surf. Una actividad que en los últimos años ha ganado muchos seguidores, pero que no siempre se practica con la preparación necesaria. «Vemos gente que se mete sin conocer bien la tabla o sin valorar las condiciones del mar», señala Raúl. «Hay que saber manejarla, respetar la normativa y fijarse en la bandera. Un viento de costa puede desplazarte hacia dentro y, cuando quieres volver, ya necesitas ayuda».

Aunque la gente no quiera ponerse en peligro, muchas veces el mar parece menos peligroso de lo que realmente es. Y la confianza excesiva es, precisamente, una de las grandes dificultades del trabajo. En especial, durante la situación que más pone a prueba al equipo: la bandera roja. Porque aunque el mensaje es igual que el de los semáforos, y es evidente que el color indica la prohibición del baño, todavía sigue generando discusiones y obligando a los socorristas a repetir la misma advertencia hasta el hartazgo.

Pulseras para los niños perdidos

«Lo más complicado es que la gente entienda que no lo hacemos por molestar, sino que, si damos una indicación, es porque buscamos proteger a esa persona. Nadie quiere impedir que alguien disfrute de la playa», desvela el coordinador de playas de Cruz Roja en Valencia, quien reconoce que esos días son especialmente agotadores. «Una bandera roja no dura cinco minutos. Puede durar muchas horas y durante todo ese tiempo estás avisando, explicando y siendo precavido con personas que insisten en querer entrar igualmente», insiste.

Todos los días se realizan simulacros para practicar cualquier rescate.

Todos los días se realizan simulacros para practicar cualquier rescate. / Daniel Tortajada

Otro de los escenarios habituales se centra en los niños perdidos. En una playa tan concurrida como la Malva-rosa, un pequeño despiste puede convertirse en unos minutos de angustia. Para evitarlo, Cruz Roja ofrece pulseras identificativas en las postas sanitarias con un teléfono de contacto para que los menores puedan llevarlo durante la jornada. «Hay que tener mil ojos», resume Vila cuando se refiere a los más pequeños. «En cuestión de segundos un niño puede ponerse a jugar con otros, moverse unos metros y desaparecer entre tanta gente. A veces llevamos al menor hasta la familia y descubrimos que ni siquiera se habían dado cuenta de que se había perdido».

Horas más tarde, el sol empezará a bajar y la playa comenzará a vaciarse, pero el equipo seguirá manteniendo la atención. Recogerán el material, revisarán las últimas asistencias y prepararán el cierre de una jornada que para muchos bañistas ha sido simplemente un día más de verano. Pero para ellos no lo ha sido. Han pasado horas leyendo el mar, anticipando riesgos y tomando decisiones que probablemente nadie recordará porque -por fortuna- nada ocurrió. Y justo ahí es donde reside el éxito de su trabajo.

«Lo que más nos gusta es ayudar. Conseguir que una persona esté bien y saber que has hecho tu trabajo correctamente es una sensación muy gratificante», concluye Vila. Una percepción que suscribe García: «La mayor satisfacción no siempre la encontramos en un rescate. Muchas veces está en el hecho de poder prevenirlo. En que alguien escuche un consejo, obedezca, y ese día no pase nada».

Cuando la última bandera desaparece y la torre queda vacía, la playa vuelve a parecer lo que todos ven: arena, mar y verano. Pero durante unas horas ha sido algo más: un lugar que interpretar, un mar que aprender a leer y miles de personas protegidas por quienes se pasan el verano vigilándolas desde lo alto.

Tracking Pixel Contents