La última pescadería de la Pobla de Vallbona ha cerrado su persiana y ha puesto el foco sobre la proliferación de carteles de «se alquila», «se traspasa» o «se vende» que pueden verse hoy en el casco urbano del municipio. No es el único; es un fenómeno que se ve cada día en cualquier localidad, consecuencia del mundo globalizado y post pandémico. En la Pobla, además conviven dos sociedades. Sus 26.000 habitantes se reparten entre el centro, con las tiendas de proximidad, y varias urbanizaciones que se nutren de zonas y centros comerciales ajenos al pequeño comercio del casco urbano. Allí, los locales cierran con frecuencia por baja rentabilidad, y aunque pronto vuelven a abrir otros nuevos, la pregunta siempre es la misma: ¿Cuánto durarán?  

Recientemente ha sido la pescadería Mari Tere quien ha bajado la persiana. Su propietario, Carlos, ha encontrado un trabajo con mejores condiciones, con menos responsabilidad por un salario parecido. Originarios de Benaguasil, Carlos tiene una hermana que regentaba también en la Pobla otra pescadería que cerró antes que él, ya que una inspección de Sanidad le obligaba a llevar a cabo reformas en el local que suponían un desembolso que no compensaba las ganancias. Como afirman varios vecinos y vecinas, ambos ofrecían un servicio cercano que incluso llevaban el pescado a domicilio. 

Algo así ha sucedido con el el Bar Juanito o el Kiosko ‘El Rajoler’, en pleno centro urbano, un comercio histórico que cerró meses atrás. Su gerente, Fernando Crespo Sanfélix, explica que regentó este negocio durante ocho años y cerró en julio porque económicamente «no era viable, cada vez había menos venta y la gente que compra la prensa iba falleciendo o tenía problemas de movilidad». 

Kiosko 'El rajoler', en la Pobla de Vallbona

La pandemia fue la estocada final para un servicio que vio cómo sus ventas caían en picado al cerrar bares, peluquerías o cualquier otro negocio que adquiría la prensa diaria. «Después del confinamiento no se recuperaron las cifras, y cuando lo dejé empezaban a subir los precios de todo, así que hice bien». Fernando ha dejado de ser autónomo para ser asalariado en una empresa donde sí tiene fines de semana y festivos y ya no trabaja de lunes a domingo. 

El último de los comercios en bajar su persiana ha sido Camp Obert, una verdulería regentada por Estefanía. Abrió sus puertas tras la pandemia para dar servicio al público que ‘Maximet’, el histórico comercio de la zona baja del municipio, había dejado desatendido, especialmente a la gente mayor. Su propietario fue la primera víctima de la covid-19 en la Pobla de Vallbona, lo que causó una gran conmoción entre el vecindario por ser un histórico del barrio. 

La persiana bajada del comercio Camp Obert, en la Pobla de Vallbona

Estefanía tomó el relevo abriendo una frutería a unos metros de allí, pero según ha podido saber este diario, una enfermedad la obligó a cerrar no mucho tiempo después: desapareció, por tanto, un servicio de alimentación en esta parte baja de la Pobla, que se mantenía también a duras penas.

La mercería Coser y Cantar, en la avenida Vicari Camarena, es otra de las víctimas depredadas por un sistema donde triunfan las grandes superficies y la filosofía del usar y tirar, algo que acecha también a las ferreterías.

El primer bache, hace 20 años

Aún así, fuentes municipales coinciden en que el verdadero bache se sufrió cuando hace 20 años abrió elCentroComercialEl Osito.Ahí sí se produjo una extinción de buena parte de comercios locales. Hoy, aunque algunos cierran, las mismas fuentes sostienen que se abren nuevas tiendas para seguir ofreciendo otros servicios. Para ello, el consistorio ha implementado varias campañas de fomento del comercio local para realizar compras en las tiendas ‘de toda la vida’, así como la convocatoria de sorteos navideños por compras en estos comercios.mica de consumo actual.